España ha perdido Cataluña


El autor, que presentó «Adiós, Cataluña», Premio Espasa de Ensayo, afirma que se alcanzará cierto grado de secesión o independentismo

Es inevitable preguntarse qué está ocurriendo en una sociedad cuando un hombre sólo es capaz de encontrar la salida en el autoexilio. Pocas imágenes resultan tan tristes como la del ciudadano que abre el armario, coge la maleta, guarda la ropa y se va cerrando la puerta de su casa, sabiendo que no la va a volver a abrir. La historia está llena de rostros cansados y aunque Albert Boadella se define como una persona batalladora que jamás va a consentir que la política borre el sentido del humor de su carácter, la lectura de «Adiós, Cataluña. Crónica de amor y de guerra», Premio Espasa de Ensayo, desprende, aparte de cierta socarronería, algo de inevitable tristeza. -¿Qué ha ocurrido para llegar a esto? -El que se entromete en el camino del nacionalismo es señalado, degradado por los medios y al final insultado. Los ciudadanos obedientes te marginan. Es la muerte civil. -¿Existió alguna vez la Cataluña que afirma que soñó? -Las aspiraciones, en los sueños. La realidad era diferente. Hubo algo. Ahí está Josep Pla y en su obra, en sus percepciones, se ve la sensatez, la inteligencia… pero siempre ha cojeado. Esta Cataluña tiene mal rollo. Se pudo romper en la transición, cuando España tendió la mano y restituyó a Cataluña la Generalitat y lo que le debía. Ahí debió acabarse, pero al día siguiente se entró en el revanchismo. Sin ningún lastre -¿Después de lo que ha ocurrido aún mantiene el humor? -Yo dejo de trabajar en Cataluña para no perder el sentido del humor. Quiero sacarme esta cruz de encima. Ahora soy feliz sin su lastre. Cataluña hoy es como Birmania. No siento nada por ella. -¿Ni tristeza? -Mis pasiones han sido una gran atracción por las mujeres y una absoluta lucha por defender mi libertad. He ganado muchas batallas. Acepto que he capitulado en esta última, pero lo he hecho por mi libertad. Yo quiero hacer teatro y que la gente disfrute con él. No soy el único artista que se ha tenido que ir a alguna parte. -Ya no volverá con su compañía a Cataluña. Eso es muy duro. -Nosotros somos una compañía privada. Buscamos más clientela y más simpática y que, por supuesto no no esté boicoteando. Ya he dicho que no regresaré a hacer un acto público en Cataluña. Hoy presentaré mi libro en un barco en mar abierto. -¿Qué va a suceder? -Cataluña tendrá alguna forma de secesión o de independencia. España ha perdido a Cataluña sentimentalmente. Es curioso, porque no ocurre igual con el País Vasco, allí se sienten más ligados a los españoles. -Y en caso de independencia… ¿Qué vaticina? -Al final lo que va a pasar es que España terminará diciendo «váyanse de una vez». Lo de Cataluña es muy pesado. No se puede plantear cada tres meses qué es España. Pero ésa es una imagen terrorífica. Imagínese a Carod-Rovira dirigiendo una Cataluña independiente. Sería la sublimación del provincianismo. Aunque quizá así la gente reflexionaría sobre todo lo que pierde y se daría cuenta de la estafa de la independencia, de tanta falsificación sentimental. -Y una vez que ya no exista ningún enemigo externo, ¿qué? -El nacionalismo hace listas de buenos y malos ciudadanos. En Cataluña ocurre lo mismo. Existen amigos y los que no los somos, y a los que se llama colaboracionistas. Aunque, a lo mejor, y sería incluso fantástico, no ocurriría nada. Pero no por eso iría mejor. -¿Qué han hecho los españoles, en estos treinta últimos años, para merecer tanto rechazo? -El revanchismo catalán no está inducido por España o los españoles. Está siendo aprovechado por los del negocio del nacionalismo, que incluyen la paranoia, la patología más fácil de extender. Decir que España es el problema de todos los males es jugar con los sentimientos de la gente. Debería haber algún día un tribunal para juzgar a estos estafadores de los sentimientos. -¿Qué opina del comportamiento que ha tenido la izquierda durante estos años? -Después de Pujol, que es el que ha esparcido el humus, ellos son los máximos responsables de lo que está ocurriendo en Cataluña. Podían haber tamizado, haber ayudado a contrarrestar toda esta política sentimental, pero no lo hicieron y con Maragall, incluso, subió la temperatura. Su responsabilidad en este caso es enorme. Pero lo que existe no es una izquierda, porque la izquierda nunca es nacionalista. -¿Qué sintió cuando empezó a borrar el nombre de viejos amigos de la agenda de teléfonos? -Ese fue justamente el momento en que yo lo pasé peor, cuando el entorno reflejaba ciertas señales sospechosas. Primeros son las amistades alejadas, luego las cercanas, después los vecinos y la familia. La espiral te va cercando poco a poco. El círculo se va estrechando. Es cuando comencé a reflexionar sobre lo que estaba sucediendo y tomé la decisión de marcharme.
Javier Ors
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