Estafar a la propia empresa, una práctica habitual

ESTUDIO DE PRICEWATERHOUSECOOPERS
Un 43% de las empresas reconocen haber sido estafadas en los dos últimos años
Si el fraude lo comete un alto cargo, el golpe moral puede ser muy alto

Aproximadamente una de cada dos empresas ha sufrido un fraude económico en estos dos últimos años. Estafas perpetradas muchas veces por los propios empleados de las compañías, incluidos altos cargos, que pueden llegar a convertirse en un duro golpe para la moral de los compañeros.
PricewaterhouseCoopers (PwC) ha elaborado un informe bienal de estos fraudes entrevistando a 5.428 firmas de 40 países. El documento, ‘Crimen económico: Gente, cultura y controles’, refleja que un 43% de las empresas han reconocido haber sido estafadas en los últimos 24 meses, tanto por agentes externos como por sus propios trabajadores.
A mayor tamaño, más negocios afectados: un 62% de las empresas de más de 5.000 empleados han sufrido este problema, porcentaje que se reduce cuanto menor es la plantilla, como prueba que el 32% de defraudadas tenían menos de 200 trabajadores. El anonimato es un factor clave.
Para cometer un delito así hacen falta tres condiciones: presentarse una oportunidad, que ofrezca un incentivo, y, sobre todo, tener habilidad para saber actuar. Por ello no es igual el tipo de fraude que pueda cometer un directivo que un simple empleado. El primero hará trampas más complejas y beneficiosas que el segundo, aunque ambos serán, a su manera, víctimas de la avaricia. De todas formas, lamentablemente para aquellos que estén en los últimos eslabones de la cadena productiva, tampoco pagarán igual si son pillados.
La investigación de PwC prueba que las acciones emprendidas contra los altos cargos son menos severas que contra el resto de empleados. Una situación injusta, según la consultora, que provoca un claro daño a la plantilla al demostrar que existe “una regla para ellos y una para nosotros”.
Un ejemplo: según los datos del estudio, si un alto cargo comete cualquier fraude, hay un 30% de posibilidades de que ello afecte al estado de ánimo del personal. Además, el impacto puede ser ‘muy fuerte’, señala PwC, lo que ocurre en uno de cada cinco casos (20%), aunque esta probabilidad puede reducirse al 10% si actúa la Justicia.
Daños colaterales para la empresa
Hay delitos como el robo de dinero que dañan directamente a las compañías, pero hay otros, como la corrupción, los sobornos y las infracciones de la propiedad intelectual, que pueden ser aún más nocivos sin apenas llamar la atención.
Cuatro de cada cinco empresas estafadas han reconocido que estos delitos han afectado a la imagen de su marca, a sus relaciones con otros clientes y compañías, a la moral de la plantilla, e incluso a su valor bursátil.
El problema reside en que los controles contra los fraudes suelen centrarse en conceptos muy concretos, como robos materiales, pero dejan de lado a enemigos más abstractos y peligrosos, como aquellos delitos que hacen enfermar la confianza depositada en una empresa por sus clientes (sobornos, amiguismos). El empresario puede ver el hielo sobre el mar, pero el ‘iceberg’ es mucho más profundo de lo que aparenta.
Estafados en el extranjero
Los países emergentes (Brasil, China, India, Indonesia, México, Rusia y Turquía) son una oportunidad en la que hay que “moverse rápido para tomar ventaja”, señala PwC, aunque son un ‘avispero’ de timadores. Un mal “endémico” al que las empresas se acostumbran a considerarlo como un simple “obstáculo” para su expansión, añade el informe.
La forma de hacer negocios suele ser muy diferente respecto a Occidente, asegura la consultora, ya que allí es una práctica muy común aprovecharse de la posición en una empresa para que amigos y familiares tengan algún tipo de beneficio. Además, son países con una tradición de libre mercado muy escasa o nula.
Para la percepción empresarial, los problemas de seguridad para los empleados son un inconveniente en Rusia (67%) y Brasil (70%), mientras que la falta de un firme marco jurídico es importante para las inversiones acometidas en Rusia (85%) y China (83%).
Por otra parte, cabe destacar que en los países en vías de desarrollo los intentos de soborno han sido mucho mayores que en Occidente durante estos dos años. Un 30% de las empresas de Europa del Este han sido tanteadas, igual que América Central y Sur (26%) o África (29%). Por el contrario, en Europa Occidental se reduce el porcentaje al 9% mientras que en Norteamérica se sitúa en el 3%.
Uno de los países que centran la atención de PwC es China. De la potencia asiática destacan la corrupción y los delitos de propiedad intelectual, muchos de ellos perpetrados a raíz del trasvase tecnológico occidental producido gracias una mano de obra mucho más barata.
Así, el estudio destaca que un 44% de las infracciones referidas a la propiedad intelectual sufridas por las compañías en territorio extranjero se han producido en China. Un problema que se acrecienta por la inseguridad jurídica que sienten los empresarios al operar allí, ya que necesitan de un buen ‘guanxi’, según PwC. Este concepto supone una visión muy distinta de la manera de hacer negocios occidental. Esta idea incide en el beneficio mutuo, en la relación entre dos personas basada en la dependencia, en la confianza y en la paciencia. Un vínculo interpersonal que va más allá del trato comercial.
Sin embargo, muchas veces la confianza lleva a la decepción. El ministro chino de Seguridad Pública, Zheng Shaodong, reconoció recientemente que desde el año 2000 han sido detenidos unos 370.000 sospechosos por cometer todo tipo de fraudes económicos contra empresas. Una prueba de lo extendido que puede estar este problema, aunque sólo es una gota más en un océano mundial de estafas.

JAVIER GONZÁLEZ
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