«Es un milagro que la Casa de Alba mantenga su patrimonio y viva igual que hace 500 años»


Retirado en el campo, dirige su nueva editorial, en la que publica la biografía del Gran Duque de Alba, para limpiar su Leyenda Negra – «Siempre he ido a mi aire»

Jacobo Martínez de Irujo Fitz-James Stuart, conde de Siruela, o Jacobo Siruela, como él mismo decidió llamarse, es la marca de un editor exigente y culto que ha sabido destacar individualmente en una saga aristocrática, que no es poco, con quinientos años de historia. El tercer hijo de la Duquesa de Alba vendió hace dos años su editorial, quemó sus naves, como él dice, y se instaló en una masía del Ampurdán gerundense junto a su segunda mujer, la periodista Inka Martí. Desde allí dirige, o casi fabrica artesanalmente los libros de su nuevo proyecto editorial, Atalanta: tan exquisito como la vieja Siruela. Le auguraron lo peor, pero acabó haciendo de aquella editorial un sello de referencia. Acaba de publicar «El Gran Duque de Alba», de William S. Maltby, la mejor biografía sobre su antepasado, uno de los hombres más poderosos de su tiempo y sobre el que se acuñó la Leyenda Negra. Coincidiendo con su quinientos aniversario, aspira a situar al tercer Duque de Alba en la historia desponseyéndolo de su temible mito: «Pensé que era necesario resucitar esta obra que el tiempo había hecho olvidar injustamente». -Usted sigue la tradición más culta de los Alba, ¿herencia de su abuelo materno, Jacobo Fitz James Stuart? -Debo decir que mi madre ha hecho una labor extraordinaria que la gente no conoce: ha conservado el patrimonio histórico y artístico de la Casa de Alba. Es cierto que desde la época de mi abuelo no se había hecho ningún tipo de publicación sobre la historia de la familia, absolutamente ninguna, ni mi padre, ni Jesús Aguirre publicaron nada, salvo sus discursos académicos, lo que sucede en la mayoría de las familias, tampoco es una cosa tan extraña. Entonces, a tenor del quinto centenario del Gran Duque pensé que sería oportuno volver a publicar la que, sin lugar a dudas, es la mejor biografía, la de William S. Maltby. la historia se revisa -En el prólogo, señala que, a pesar de toda la Leyenda Negra creada en torno a su figura, no fue un hombre cruel. -Fue un hombre muy duro, como eran los guerreros de esa época, porque ellos estaban en el fragor de la batalla, pero no fue un hombre cruel. Todo lo que él hizo fue cumplir las órdenes de Felipe II y su error fue ejecutarlas con demasiado celo. Maltby incluso dice que gracias a su virtud la historia le recuerda de una manera tan negra, porque se lo tomó como un deber religioso. Lo que pasa es que ha sido víctima de la propaganda, porque los protestantes y el nacionalismo holandés, que en el siglo XVI y XVII quisieron afianzar su nación, crearon un estereotipo maléfico. Ahora los historiadores holandeses empiezan a revisar al Duque de Alba y a ponerle en su sitio. Fue un hombre humano con sus soldados y en sus gestos no había crueldad, porque la crueldad en el fondo es algo espantosamente gratuito. No es su caso: todo lo que él hizo fue por algo. -Incluso se ha llegado a hablar de él como el instigador del primer holocausto. -En esa época hay varias matanzas importantes. Una la lleva a cabo la reina de Inglaterra y otra los franceses y, sin embargo, de eso no se habla. Digamos que eso ha sucedido en todas las épocas y holocausto también fue la bomba atómica en Hirohsima y las matanzas del siglo XX han sido infinitamente peores que las del siglo XVI. No se trata de enaltecer lo que el Gran Duque hizo en Flandes, sino ponerle en su sitio. Por eso creo que en este libro Maltby lo retrata con todas sus luces y sus sombras, restituyendo la figura a la historia y sacándolo del mito. -¿También entra el revisionismo histórico en la Casa de Alba? -Yo creo que la revisión histórica es importante porque la historia se construye a través de mitos. Todo son mitos, la Reconquista, incluso la República es un mito. Pero lo que pasa es que las revisiones hacen nuevos mitos, de los que no me fío. Leo libros de historia reciente y veo un planteamiento tan maniqueo… Enjuiciar un suceso histórico es complejo y hay que hacerlo con objetividad, pero las ideologías siempre crean estereotipos. sin tiempo ni espacio -El mismo incendio del Palacio de Liria de Madrid durante la Guerra Civil sigue siendo una incógnita. -No se sabe al cien por cien. Yo pienso que es una metáfora de lo que son las guerras y cómo la propaganda de uno y otro bando utilizan el mismo suceso. Hubo unos bombardeos de las tropas nacionales y cayeron unas bombas incendiarias, aunque otras personas cuentan que, en ese desorden, los propios republicanos quemaron el palacio. Yo me inclino a pensar que fueron los dos. No es la primera vez que sucede. El castillo de Alba de Tormes también lo destruyeron, no los franceses, sino los españoles. -¿Cuál es su vínculo con el pasado familiar? -El pasado me interesa mucho, y sobre mi familia hace tiempo que leo y me fascina además porque se trata de una familia muy vital. Es un milagro que la Casa de Alba siga manteniendo su patrimonio y viviendo igual que hace quinientos años, cuando ahora hay muchas personas que ganan dinero y en una segunda generación se pierde todo. Cuando estudié esto, ya no sólo por la familia, porque nosotros descendemos más directamente de los Berwick que de los Alba, comprendí cuál era mi procedencia. -¿Cuándo fue consciente de que formaba parte de una familia con una vieja historia que valía la pena conocer? -Hace tiempo. Aunque como editor nunca he tenido nada que ver con mi familia y he sido muy independiente, económica e intelectualmente, quizá de mis hermanos he sido el más consciente de nuestro patrimonio, evidentemente otros hermanos míos también lo son, pero digamos que lo soy de una manera más intelectual. De niño te preguntas ¿qué es este espacio mágico donde vivo, estos salones, estos cuadros? Es algo que en el fondo penetra en tu inconsciente muy profundamente. -Como editor, tanto en Siruela como ahora en Atalanta, insiste en estar lejos de la actualidad. Eso sí que es un privilegio. -Mi experiencia real con la actualidad fue con la revista «El Paseante». Ahí tenía libertad total y además era una revista absolutamente vanguardista. Lo he visto ahora en los últimos números y luego lo he confirmado en las cosas que han ocurrido diez años después, porque era una revista muy de su tiempo que se anticipó a muchas cuestiones. Es cierto que como editor he querido publicar autores que nadie publicaba. Siempre he ido a mi aire. -¿Se ha planteado una nueva etapa de «El Paseante»? -Eso es imposible. Pero curiosamente hace poco vino a verme una chica que estaba haciendo una tesis sobre «El Paseante», que me hizo mucha gracia, y reviví toda esa historia. Fue una de las experiencias más interesantes de mi vida, viajé a muchos países y conocí a gente muy diversa. Lo que sí he pensado alguna vez es volver a hacer una nueva revista, incluso tengo la idea conceptual de lo que sería hacer una publicación en el siglo XXI, pero de todas formas… ¡uf!… mi entusiasmo juvenil solamente se queda ya para los libros. Es un momento difícil para hacer revistas. En los años ochenta había muchas y un público potencial; ahora son los periódicos los que ocupan ese espacio, además tienes que desplegar un gran dinamismo y yo lo que quiero ahora es llevar una vida reposada. Pero no he descartado hacer una revista anual con lo que creo que serían los temas importantes de este tiempo. -¿Por qué vendió Siruela? -Hay una razón económica: necesitaba dinero, no voy a dar más detalles. Por otro lado, estaba un poco insatisfecho porque había construido una empresa grande, pero ya sólo leía para editar. Un día me miré en el espejo y me dije: «Tú no eres un empresario». Vendamos, me dije, y me retiro a leer, que es lo que me gusta. Y fue así como, más tarde, viviendo en el campo, pensé abrir otra editorial fuera del tiempo y fuera del espacio y llevar a cabo esa utopía de las élites californianas que decían que puedes hacer lo que te dé la gana desde tu casa. -Todos sus proyectos editoriales siempre se han visto como un capricho exquisito. -Hay de todo. Hay gente que sí, que lo ve como un capricho, pero no gusta que rompas los tópicos y no gusta que uno lleve una editorial desde el campo, pero también he trabajado mucho para poder hacerlo -Se ha retirado al campo y representa ese nuevo modelo social de vida retirada pero conectado tecnológicamente. -Sí, pero trabajamos bastante, porque en la editorial somos Inka, yo y una secretaria y hacemos doce libros al año y con lo complicado que son estos libros… Por ejemplo, ahora editamos «La fuga de Atalanta», del alquimista Michael Maier, del siglo XVII, un libro que además es multimedia. Quería editarlo con los grabados originales, los busqué en la Biblioteca de Oxford, en la Biblioteca Nacional de Madrid, donde tampoco estaban, y al final los tenía un amigo, curiosamente. Cayetana, el último mito de la familia -¿Hay errores históricos en torno a la Casa de Alba que cree que se deben corregir? -Por un lado sí, porque es una historia poco investigada, aunque parezca lo contrario. Además disponemos de archivos que están al alcance de los especialistas. El primer error es sobre el tercer Duque de Alba, aunque esa tendencia ha variado, y por eso creo que es importante que salga también una biografía escrita por un español, la de Manuel Fernández Álvarez, porque resulta extraño que el siglo XVI, que fue el momento de más auge del imperio español, haya llamado tan poco la atención a nuestros historiadores. Otro caso es el de Cayetana, la decimotercera Duquesa de Alba, de la que conservamos el célebre cuadro de Goya. Por un lado, está teñida por el romanticismo por ser amante de Goya, aunque hay otros historiadores que dicen que no hubo nada. «Oye, chico, eso no vende nada» Nació en Madrid en 1954. Estudió Filosofía y Letras y pronto empezó a moldear una tímida imagen de diletante, frágil y educado, con una inclinación a la pintura y el diseño, de la que dejó clara constancia en la revista «El Paseante». Hizo añicos la urna y el diletantismo cuando fundó una extraña editorial, Siruela, por la que nadie daba un duro. «Me decían -recuerda-: oye, chico, esto de la época medieval no vende nada. El caso es que ahora todos buscan historias antiguas, novelas históricas, tramas extrañas. Yo lo hice en serio y académicamente, no como un subproducto, pero resulta que ahora sí vende la Edad Media. A mí lo que me interesa es editar libros elitistas que sean para todos». ¿Para una inmensa minoría? «Eso es lo que decía Juan Ramón citando a Goethe, ¿no? Ésa es la clave: hacer libros muy elaborados pero que puedan interesar a públicos muy heterogéneos».
Manuel Calderón

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