Preocupada la colonia española en Venezuela

La colonia, «muda» y preocupada

La preocupación entre la colonia española instalada en Venezuela no es nueva. Pero la inquietud se ha convertido en temor tras las amenazas del caudillo Hugo Chávez después del incidente con Su Majestad el Rey en la reciente Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile. Aunque el caudillo bolivariano bajó la cabeza ante la regia demanda de silencio (pese a tratar de disimular después, afirmando que no había escuchado el «¿pero por qué no te callas?» de Don Juan Carlos), desde entonces no ha dejado de largar contra el Monarca, contra el Gobierno, contra la historia común y contras las empresas hispanas (BBVA, Santander, Telefónica, Repsol…) instaladas en el país suramericano.
Temor en la «octava» lista
Ismael Pérez Vigil, de origen asturiano y presidente de Conindustria, sostiene que las bravuconerías de Hugo Chávez no despiertan mayor perturbación entre los empresarios españoles que la amenaza de la reforma constitucional en marcha. Ninguno de sus afiliados ha sido víctima de incidentes, pese a que Hugo Chávez invocara a los «quinientos años» de colonialismo, explotación y genocidio (que, en todo caso, serían trescientos: pronto se cumplirán dos siglos desde que su admirado Simón Bolívar rompiera el «yugo» de la Corona española).
Sin embargo, el emigrante de a pie (perfectamente integrado en el país, con doble nacionalidad y el corazón dividido entre la tierra de acogida y la de sus ancestros) tiene miedo. Hay 300.000 españoles censados en Venezuela; de ellos, el setenta por ciento son canarios, que siempre encontraron aquí «la octava isla». Les siguen gallegos, catalanes y vascos. Desde 2003 se han producido 27.000 bajas consulares, mientras que sólo en 2006 se expidieron 33.000 pasaportes españoles.
No hablar con la prensa
Las autoridades diplomáticas han recomendado a los directivos de centros regionales y de otras asociaciones que no hablen con la prensa. Pero, tras asegurarles que sus identidades no serán reveladas, los parroquianos de los hogares canario, gallego y catalán se avienen a hablar con este periódico. «Nos duele esta fractura en un país que nos acogió con calor», se lamenta una tinerfeña que dirige una asociación benéfica. Aunque no han sufrido el acoso de ningún seguidor chavista, «cualquier centro social español es susceptible —tercia otra “chicharrera”—, por el odio que Chávez les ha metido, asegurando que somos ricos y hemos venido a quitarles lo suyo».
Pero no a todos los «indianos» que vinieron a «hacer las Américas» los bendijo la diosa Fortuna (fruto de su trabajo), y a muchos la suerte les resultó decididamente adversa. Es por eso por lo que en la sede de los isleños se inaugurará próximamente un ambulatorio para ofrecer sanidad gratuita a los expatriados sin recursos.
«Muchos españoles se marcharon por culpa de la inseguridad, que es la principal preocupación de todos los que vivimos en Venezuela», asegura un señor nacido en la isla del Hierro. «Muchos jóvenes se van ante la falta de perspectivas —continúa—, y la reforma constitucional, de aprobarse, empujará a otros muchos a marcharse. Las colas antes los consulados de España, Italia o Portugal son buena prueba de que los inmigrantes cada día se sienten más incómodos».
Entre cazuelas de caldo y platos de lacón con grelos para nutrir ese sexto sentido galaico que se conoce como «morriña», los socios del hogar gallego comparten idénticos sentimientos. «Los españoles y sus empresas son respetados por el venezolano, pero esta reforma nos lleva a un callejón sin salida», sostiene un señor natural de Ortigueira, en La Coruña, mientras observa en el televisor el partido de fútbol entre el «Depor» y el Athletic. Van empatados, y mientras habla mira de reojo a la pantalla. «Nos preocupa mucho que nos quiten la doble nacionalidad», confiesa su esposa. La hija mayor se pregunta: «¿Qué pinto yo aquí? Acabo de terminar Ingeniería y sólo pienso en convalidar mi título para ir a España», confiesa.
Expulsada del médico
Aunque no conste que el incendiario discurso de Hugo Chávez haya provocado actitudes racistas entre sus seguidores (el venezolano nunca ha sido un pueblo xenófobo), una mujer de Badalona revela una ilustrativa anécdota: «Hace unos días estaba en el consultorio de un especialista médico. Éste, al ver que era española, me expulsó y no quiso atenderme». Otro catalán, taxista, dice que algunos compañeros le han imprecado llamándolo «musiú», una desfiguración de «monsieur» con que en Venezuela se designa de forma despectiva a los extranjeros.
Mientras estas líneas llegaban a su fin, una llamada telefónica desde el aeropuerto informa de que Julio Rivas, periodista español que trabaja para la radio mexicana Monitor, regresa a su país. «Aquí no es posible la convivencia», sentencia con pesar.
MANUEL M. CASCANTE

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