¿Tiene futuro la Monarquía española?

Del libro La monarquía necesaria. Pasado, presente y futuro de la Corona en España de Tom Burns Marañón.

Tom Burns vuelve a las librerías, y eso es una excelente noticia. Historiador de formación (estudió en Oxford con Raymond Carr) y periodista de vocación y oficio (fue durante muchos años el corresponsal permanente en España del Financial Times), es un excelente conocedor tanto de nuestra historia como de nuestra vida política: suya es una de las obras imprescindibles para profundizar en las interioridades de la transición de la Dictadura a la Monarquía parlamentaria: la trilogía Conversaciones sobre la derecha, Conversaciones sobre el socialismo y Conversaciones sobre el Rey.

La deriva independentista de los nacionalismos, el auge del republicanismo en la izquierda española y las críticas al Rey desde posiciones liberal-conservadoras han colocado la cuestión monárquica sobre el tablero de la actualidad política. Burns ha asumido el reto que suponía todo ello para su doble condición de historiador y periodista, y lo ha resuelto con la finura intelectual a que nos tiene acostumbrados.

El lector se dejará llevar por la buena prosa, el interés del texto y los aciertos analíticos. Sin embargo, echará en falta temas que, por corrección política, por no querer desviarse de los temas centrales o porque envió el texto a la imprenta antes de que se produjeran determinados hechos, el autor no ha incorporado a la narración.

La Monarquía necesaria no es un libro de historia, sino un ensayo. No obstante, la narración histórica ocupa más de la mitad de sus páginas, si bien de forma instrumental. Burns recurre al pasado para entender el presente, y analiza errores de monarcas o políticos para comprender cómo hemos llegados hasta aquí y cómo y por qué los españoles tenemos una determinada imagen de la Corona. No espere el lector encontrar la historia de la Monarquía reciente, pero no le sobrará una línea si busca comprender la situación actual.

España es una nación, si es que todavía lo es, en la que escasea el sentimiento monárquico. Si hoy la Corona es una institución fuerte, se debe a que los españoles, y en particular las fuerzas políticas, la consideramos útil. Ésta es la clave para entender las continuas referencias al juancarlismo. Reconocemos nuestra deuda con el Monarca, que facilitó considerablemente la transición a la democracia y fue fundamental en la contención del golpe de estado de febrero del 81, pero sólo el paso del tiempo puede restablecer en la sociedad el sentimiento promonárquico que tiempo ha existió.

Para la izquierda, la república es la forma natural de gobierno. La Corona trabó una gran relación con Felipe González, pero la nueva izquierda de Zapatero va más allá. Como señala Burns, su reivindicación de la “memoria histórica” apunta a la glorificación de la II República y a la denuncia del origen autoritario de la entronización de Don Juan Carlos. Las banderas republicanas ondean en las manifestaciones de la izquierda, y el sentimiento pro-republicano es alentado desde el Gobierno.

Para algunos nacionalistas, la Corona es útil en la medida en que sirve para superar el marco constitucional y establecer un nuevo vínculo desde el reconocimiento de la soberanía. Pero otros no la quieren ni para eso. Hoy, los nacionalismos apuntan claramente a la independencia, un escenario en el que no está claro qué papel, si es que alguno, puede representar la Monarquía.

Como dice Burns, la derecha ha sido la que más ha apoyado a la Monarquía y la que mejor ha comprendido su función constitucional: dar continuidad a un pasado de siglos y representar unos principios y valores que están en la base de nuestro sistema de convivencia.

El autor apunta bien a un problema que ha surgido en los últimos años y que pone en evidencia la visión que los españoles tenemos de la Institución. Tanto la izquierda, durante la guerra de Irak, como la derecha, en su reacción al giro pro-nacionalista del Gobierno y a las negociaciones con ETA, han exigido al Rey unos gestos contra el Ejecutivo que en buena ley no le corresponden. La crispación pone en duda la “utilidad” de la Monarquía.

Burns tiene razón en lo fundamental, pero caben algunas matizaciones; incluso, en determinadas ocasiones, cabe hacerlas sin dejar de seguir sus propios argumentos.

Tanto el Rey como Felipe González buscaron mantener unas relaciones de buen entendimiento porque a ambos les interesaba. Por lo que respecta a Don Juan Carlos, pretendía alcanzar con el socialismo español un entendimiento definitivo que diera estabilidad a la Monarquía. Para ello, fue más allá de lo aconsejable en su relación personal con aquél. Se generaron vínculos, hipotecas, que han situado al Monarca en una posición delicada.

La derecha comprende y asume mejor la Monarquía, decíamos. Pero la Monarquía es una cosa y el juancarlismo, otra. Burns analiza muy bien cómo Don Juan Carlos no es sólo un monarca constitucional. Su fuerza proviene de no haberlo sido. El Rey fue un actor político relevante y exitoso. De ahí su popularidad. Pero de ahí también comportamientos impensables en Isabel de Inglaterra.

El compadreo del Rey con los políticos de su generación llegó a incomodar a Adolfo Suárez, que trabajó tanto con el monarca autoritario como con el constitucional. En mayo de 1984, quien escribe estas líneas escuchó a Suárez decir: “Hay que proteger al Rey de sí mismo”, en referencia a la tendencia de éste a ir más allá de su papel constitucional, algo por otra parte comprensible, dada su biografía.

Hoy, Don Juan Carlos resulta igualmente incómodo para los españoles más jóvenes que creen en la Monarquía parlamentaria y no valoran, sino que temen, los referidos compadreos. El embarazo crece cuando se salen a la luz comportamientos del Monarca en cenas con empresarios que, si en España la Justicia funcionara correctamente, llevarían algunos años en la cárcel.

Su Majestad acabó con la corte de aristócratas, pero con el tiempo ha ido formando otra, aún más peligrosa, en la que, con escasa discreción, en el doble sentido de la palabra, hace confidencias políticas poco afortunadas. Si a esto añadimos el viejo tema del insuficiente control de las cuentas de la Casa Real y el miedo a que el Monarca pueda ser objeto de chantaje político, podemos entender mejor la creciente preocupación que cunde en el ámbito liberal-conservador.

El incidente con el presidente Chávez ha llenado páginas de periódicos, pero quedó fuera de este libro por razones cronológicas: ya estaba en imprenta. Dudo que a Burns, como a muchos de nosotros, le haya gustado ver a nuestro Rey señalando con el dedo a otro jefe de Estado mientras le preguntaba por qué no se callaba. Podemos entender la situación y la reacción, pero ése no es el papel del Monarca. En este asunto, la derecha ha amparado al Rey; no así la izquierda. El incidente ha sido aprovechado para lanzar un duro golpe a Don Juan Carlos desde las páginas del diario gubernamental, es decir, desde el flanco que más ha cuidado el Monarca.

Para Burns, el gran reto de la Monarquía es la cuestión territorial. Es cierto; tanto, que otras cuestiones han acabado convergiendo sobre este problema. El giro dado por Zapatero al transformar el Partido Socialista de jacobino en nacionalista de donde toque, no sólo ha alimentado las tendencias centrífugas, también y sobre todo ha colocado a la Constitución en el disparadero.

La cuestión territorial ya es mucho más. Pone sobre el tapete los principios del sistema de convivencia. ¿Qué hará la Corona? ¿Podrá sobrevivir? Éstas son las grandes preguntas. Y recuérdese que la misión de la Monarquía es tratar de integrar, pero no a cualquier precio.
Florentino Portero

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