Jaque contra la abogacía

En Arabia Saudí, una mujer ha sido violada por un grupo de hombres y, posteriormente, condenada a noventa latigazos por considerarla culpable del delito que se había cometido hacia ella. El abogado recurrió y criticó la sentencia. Por ello, el Tribunal de Apelación elevó la condena de la víctima de la violación a doscientos latigazos más seis meses de cárcel y pidió que se abriera un proceso disciplinario contra el abogado Abdul-Rahman-Al-Lahem, que se enfrenta a la posibilidad de ser suspendido o expulsado de la abogacía. En Pakistán, y durante los últimos meses, la opinión pública mundial asistió atónita a las manifestaciones de jueces y abogados que, vestidos con sus trajes negros y togas, tomaban las calles de las principales ciudades en protesta por el estado de excepción impuesto por el general Musharraf, que llevó a cientos de juristas a las cárceles pakistaníes.
Mucho se podría decir de la influencia de la colonización británica en el subcontinente asiático. Mucho se debería decir de la situación de la mujer en estos países. Desde Nigeria a Turquía y desde el Magreb al sudeste asiático: lapidaciones por adulterio, crímenes de «honor», matrimonios forzados, rostros arrasados por el ácido y mujeres condenadas por haber sido violadas. Víctimas convertidas en delincuentes. Lo publicado en los medios de comunicación, aunque apenas sean botones de muestra, basta para destruir el mito del relativismo cultural.
Sin embargo, hoy, como Presidente de la Unión Internacional de Abogados (UIA), quiero referirme al ejercicio de la abogacía y centrarme en el papel que juegan los abogados en la defensa de la democracia y de los derechos y libertades fundamentales. También quiero señalar la labor de apoyo que en este loable y, a veces, peligroso empeño lleva a cabo la UIA.
El pasado noviembre, en mi toma de posesión como presidente de la UIA en París, tuve la ocasión de señalar que los dos pilares de la abogacía son la protección de los derechos humanos y el derecho a la defensa. Ambos son esenciales, no solo para el ejercicio de la abogacía sino también, y sobre todo, para la existencia del Estado de Derecho y para la vigencia del imperio de la ley. En efecto, sin el libre ejercicio de la abogacía, el Estado de Derecho y los derechos humanos son pura entelequia. Al ejercer la defensa, el abogado lucha por el respeto al Derecho, pero sabe que la posibilidad de ejercer su labor depende de la existencia del Estado de Derecho. Solo así se explica y se comprende la reacción masiva de los abogados frente al ataque de Musharraf contra la democracia pakistaní. A veces, desde Europa no somos conscientes de las duras circunstancias en las que ejercen la profesión muchos abogados del planeta. En algunos casos, la heroicidad es pública y notoria. Las mayoría de las veces se trata de la callada y anónima defensa del cliente que pone en peligro la libertad, la integridad o la vida del propio abogado.
Y todos sabemos que nada de lo anterior es posible sin el derecho a la defensa, piedra angular de la abogacía. Es decir, sin el derecho de toda persona a ser defendida y asesorada por un letrado en un proceso justo. Por eso es necesario defender la abogacía y por eso nació la UIA, que agrupa a abogados, asociaciones y colegios de abogados de todo el mundo. Para la UIA es esencial la defensa de la profesión del abogado, pero no se trata de una reacción de tipo corporativo. No. Se trata de algo grandioso: la defensa de los derechos humanos, del Estado de Derecho, de la primacía de la ley. En definitiva, de la defensa de la democracia.
La UIA no puede quedar impasible ante abusos concretos como el de la justicia saudí contra Abdul-Rahman-Al-Lahem. Ni ante represiones masivas como en Pakistán. Los juristas pakistaníes y el abogado saudí han tenido y tienen todo el apoyo de la UIA, que es como decir de la abogacía mundial. En esta tarea, la UIA ha estado acompañada de asociaciones y personalidades activas en la defensa de los derechos humanos, pero también de preclaros exponentes políticos y sociales de la sociedad internacional que entienden que sin el ejercicio libre de la abogacía no puede sobrevivir la democracia. Esperemos que los gobiernos de Arabia Saudí y de Pakistán escuchen este clamor mundial de abogados.
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