LA CARCEL MODELO.1982

Escribe mi querido ex juez Gómez de Liaño, además de lo de que su profesión de Juez o Magistrado era tan “prestigiada” (un prestigio basado en el absoluto silencio dictatorial, o sea, el terror), “Director incluido, se les notaba el empeño por restar importancia a las pésimas condiciones de vida carcelaria y en multiplicar las “virtudes” del sistema”. “En definitiva podía detener los abusos. Los de todos. Los de algunos funcionarios y también los de los líderes de pabellones o módulos. A veces, fuese por el papel de confidente que jugaban estos, fuese por prácticas degeneradas, unos y otros iban de la mano”. No detuvo ningún abuso. A los cuatro meses dejó el cargo. Es de suponer, concediéndole sus escrúpulos y moral, que gente como el Director Camacho en perfecta sintonía con el Presidente de la Audiencia, Alfonso Hernández Pardo, tan virrey con mando en Plaza que se había reservado mi Caso Consorcio, se lo quitarían de encima. Repito, las muchas denuncias por torturas y muertes no prosperarían, ni menos nadie ajeno a la Institución metería las narices. Quizá después de la descrita visita al Palomar dejarían de utilizar el famoso aguarrás que inyectado en una pierna sustituía brotes esquizofrénicos por abscesos y aberrantes dolores. Las prácticas degeneradas continuarían. Un estudio del número extraordinario de suicidios, que nunca se hará, revelaría lo corriente de esas prácticas tanto en los reales por desesperación como en las muertes transformadas en “voluntarias” por corrupción funcionarial.

Y si las salidas al Clínico, en alguna ocasión con cadáveres que morirían oficialmente fuera de prisión (hoy en día el juego es más sutil con unas rejas en el Hospital de Tarrasa donde se pasa de penitenciario a civil con solo abrirlas, o los de Sida terminal entregados a “organizaciones religiosas y sociales”, cobrando, para aplicándoles la libertad con el art. 90, mueran fuera de prisión), me confirmaban la suerte de haber escapado del Interior, las entradas diarias, no eran menos expresivas. Si los viejos del lugar, Juan el de Suministros, me aseguraban que ahora la policía pegaba menos, no por eso ingresaban cada día unos cuantos del promedio de veinte con evidentes muestras de “malos tratos”. Iniciada la moda de justificar las contusiones en el atestado con la “fuerza necesaria” para su detención, o autodefensa por la agresividad del delincuente. Un gran método el policial franquista, con la gran ciencia del “hábilmente interrogado” no había acusado que se resistiera, todos confesaban, todos los delitos encontraban su culpable, y si por las torturas se les bloqueaba el cerebro, con añadir algún testigo de su cosecha, ¡investigación y caso resuelto!. Con razón los juicios se resolvían en “minutos”.

Me interesaban más las entradas y salidas de gente de “bolígrafo” que lo sucedido a los de otros “palos” de la delincuencia. Si la Policía no renunciaría fácilmente al Sistema, que además les aportaba el beneficio del Terror creado y la rentabilidad de hacerse con productos del delito, sumando la adicción y placer generado por la propia violencia, tomaba conciencia que los profesionales “abogados” no les andaban a la zaga en “ilegalidades”. Lo digo, porque si ya las sospechas sobre los míos subían de tono, aumentarían al tropezarme con Pepe Bella, detenido por venta de cuadros falsos. Su amistad y relación con mi socio Parés, el administrador del Hotel Ritz, y la historia con un policía de estafas, y de éste con el abogado Juan Piqué Vidal, me iniciaba en otra arista de mi caso. Pepe sabía mucho sobre el Consorcio, aunque era evidente que revolvía lo leído en la prensa, lo escuchado en el Ritz, y podría que hasta inventos propios para agarrarse al clavo ardiendo de ese Rafael que parecía el rey del lugar. En futuros encuentros me agradecería mi intercesión para que le situaran en la Sexta, por lo demás lo normal para un primario de estafas. Un simple comentario con el preso de “auxiliaría” derivaría a una u otra galería al recién ingresado, todas a rebosar, pero entre la cuarta y la sexta había un abismo. Para mi desgracia le decretaron fianza antes de profundizar. Sobre orgías y “tráfico” en el Ritz, algo se publicaría en el futuro involucrando a “personajes madrileños” viajando a Barcelona ex profeso, y que el amigo José Luis de Vilallonga soltaría en sus escritos. Tito, a tenor de Pepe Bella, se había desmadrado.

Con Pepe aun departiría sobre el ambiente creado en el hotel desde conseguido por una de mis operaciones financieras, con asociación incluida, hacía cuatro años. Con solo unas capas de pintura y purpurina se elevó el nivel de ocupación, resucitando con el antiguo nombre “Parrilla del Ritz” el ambiente nocturno. Además de los cuadros, falsos, mezclados con verdaderos de expositores de discutible fama pagando las salas y la propia estancia y comida, surgía el tema “droga”. La noche barcelonesa preparaba su gran boom, y si algo viví en el “Charly Max” y lo vivía desde mi excelente atalaya entre “cancelas”, esas conversaciones me lo confirmaban. “¿Y de los Casas del Canari de la Garriga?”. “Todos falsos, el dueño que alardeaba de los cuadros pagados por el pintor para comer, los había vendido porque el restaurante decayó con los años, y sustituido por copias. Tito compró el restaurante creyéndolos buenos, los tiene entre los otros…alguien picará…ahora hace muchas exposiciones en el Ritz”. “Recuerdo las conversaciones de compra, el viejo dueño decía que con los veinticinco millones a plazos no se cubría ni el valor de sus Casas, yo no quise entrar en la operación, a pesar de convencido que si Parés levantaba el hotel también el restaurante de enfrente, cuya decadencia fue pareja con la del Ritz…pero había ocurrido lo del cuadro falso, que echó por tierra mi pretendida asociación para comprar el hotel con Antonio de la Rosa y Serena…”. “¿Y las relaciones con su abogado Pascual Estevill?”. “El Ritz debe años de alquileres, y la propiedad no consigue el desahucio porque Pascual tiene amistad con el juez…o sea, ya te digo, está en sus manos”. Su amistad con jueces no me sacaba, y mal asunto que mi socio “estuviera en su manos”. Años después, por el 95 (Tito murió en el 92, alejado de mi vida), Pepe se reía señalándome en una charla exposición sobre Dalí las célebres litografías firmadas en blanco. Además en el intelectual coloquio se hallaba su policía amigo. “Todo falso”, decía, añadiendo entre risas y comentarios la ya célebre colección y museo Thyssen. “Ahora tengo unos bodegueros riojanos que me compran pagándome con vino, ¿quieres comprar vino?”. “¿Buenas marcas?”. “Desconocidas, pero Rioja”. Tan falsas como los cuadros, pensé.

La importancia de Juan Piqué Vidal tomaba cuerpo. Mis compañeros de cárcel, Pedro Baret, el del Barça, y Palomeras Bigas, el del Banco de Navarra, le alababan hasta el endiosamiento. Mal tema si sus clientes los De la Rosa lo lanzaban contra mí. La simple corazonada que me dictó renunciar a sus servicios y acudir a Pascual Estevill se materializaba. ¡Y aun no lo asociaba con mi abogado!, un dúo mafioso que se agrandaría hasta diez años después cuando Pascual Estevill consiguiera la Magistratura y su fulgurante carrera Judicial. La magnitud del enemigo era tan apabullante que si bien ya no “podía ir a peor”, la prudencia era obligada. Había metido la pata, primero renunciando a la defensa de Piqué Vidal, después atacando a Javier de la Rosa, y ahora solo cabía salir del enredo.

Muy distraído atender al Vaquilla cuando se tragó una cuchara y retenida en el esófago esperaba salir al Clínico. Y más cuando la guerra en la Tercera entre negros y moros, donde cobraron también los sudamericanos, entonces muy pocos, por confusiones racistas. La Tercera, la de los “guiris”, estalló, y no por reivindicaciones, sino por conflictos entre clanes de diferentes razas. En uno de los treinta heridos marqué con rotulador no menos de veinte puñaladas. El Juez Gómez de Liaño cuenta en sus memorias que impidió la entrada de los antidisturbios. Se referirá a otra ocasión porque en aquel cisco entre los negros de la tercera planta y los moros de la segunda, entraron a saco. Me impresionó, sentado en lo alto de la escalera que conducía al locutorio de jueces, observar la formación en el ancho pasillo en espera de la orden de entrada. Los disparos con bolas de goma solucionaron muy rápido los disturbios. Tres carros de cocina llenos de primitivo armamento salido del hierro de los camastros, la Quinta (de sancionados) a tope, y los heridos por unos y otros, en nuestras manos, tendidos en el suelo del pasillo hasta que llegaran las ambulancias. “Marcar los pinchazos con rotulador”. Entre los heridos descubrí el desgarro de las pelotas de goma. Una pequeña muestra de lo sucedido en los motines del 77.

Por suerte lo de improvisado enfermero no era frecuente. No es que me impresione la sangre, o el aspecto de tanto desgraciado ante mis narices, pero añadir más ocupaciones a las habituales hubiera sido francamente imposible. Me afectó más el violador de niñas, derramada una olla con agua hirviendo, su bajo vientre quedó destrozado. Las paellas de los domingos, tras un frontón con Koldo de la ETA o Camacho, con la excelente materia prima traída por mi mujer y los verdaderos alardes del cocinero de la cocinilla de funcionarios, se agradecían.

“Ana, me has de sacar del economato…”. “Pilar me dice que estás muy bien, ¿dónde quieres ir?”. “Al patio exterior, Serena está allí, se ve con Pili, mejor que nosotros…”. “Si, pero lo veo casi imposible…él se lo ha montado con ese funcionario, el “Ricitos”, que además lo tiene enchufado en Automóviles Serena e instalado en el apartamento de la Atalaya, y un Jefe de Servicios, y algún coche regalado más arriba…”. “Ya lo sé, pero estaríamos mejor en el destino de visavís, o con la propia Pilar…”. “Estoy en ello”. No añadí que una botella de vino aparecida en la primera galería creó un pequeño terremoto. Me preocupó más que alguien me señalara sin culpa que la importancia que Don Daniel le atribuyera, pues desde el primer momento Don Jesús apostó por creerme. Renunciaría unos días a comer con vino. Demasiado protagonismo, y por tanto, envidias.

Las pasadas navidades y fin de año demostraron que el pequeño mundo entre cancelas nada tenía que ver con el interior. Aunque con las tristezas propias de la separación familiar, y la conciencia clara de cada circunstancia, se podría asegurar que un grupo de unas quince personas entre funcionarios de guardia y presos celebraban las fiestas con unas mesas tan bien surtidas que dejarían en ridículo las de la mayoría de hogares españoles. Casi un despropósito, tras año y medio de cárcel mi situación traspasaba el concepto de privilegiado, y tenía claro que podía mejorar muy mucho, simplemente con alcanzar el sueño de ordenanza en visavís o de Doña Pilar. Un sueño que podrían alterar los socialistas en el Poder Absoluto, ganadas las elecciones…

Rafael del Barco Carreras

http://www.lagrancorrupcion.com/


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