CARCEL LA MODELO BARCELONA (10), 2º semestre 1982

El bingo, y las comidas en el Bar Modelo de la célebre Tina, con la Letrada-Jefe Doña Pilar Pato, proporcionaron a mi mujer las horas de intimidad suficientes para el próximo paso a lo que yo consideraba, además de acabar con la esclavitud del economato, un destino más opaco, ordenanza de visavís o de Doña Pilar. Un lugar catapulta para el “tercer grado” tras el juicio con petición de doce años por la Fiscalía, el Ayuntamiento y el Consorcio de la Zona Franca. Que absolutamente todos los casos vividos por conocer a sus autores, o supuestos, en prisión, tan complejos como el del Consorcio, caso Baret, donde la Caixa ingresaba irregularmente 500 millones en una agencia del Banco Central repartiéndoselos con el director, el multitudinario y multimillonario de los Seguros Sociales con 40 detenidos (único e irrepetible en Barcelona, acabado tras más de una década en un descafeinado juicio donde nadie entró en prisión), y todos salieron con fianza, y encima de la mano de mis abogados, Pascual Estevill, y Eduardo Soler Fisas, con su cuñado uno de los detenidos, Gerente de Punto Blanco, capitaneados por Juan Piqué Vidal, me confirmaba que los del Caso Consorcio debíamos buscarnos la libertad por el simple camino de la corrupción del lugar, por lo demás más barata que en los juzgados. Si alguien pagaba, y mucho, para que nosotros no saliéramos, y encima mis acusadores los Socialistas detentaban el Poder Absoluto, y con el Presidente de la Audiencia presidiendo la Sala juzgadora cuando ya había decidido sobre nuestra continuidad en la cárcel, y por lo tanto condenaría (un pastel que él se lo guisaba y comía), los doce años los tenía asumidos al año y medio de prisión. Lo de “Sala contaminada”, o sea, que el juez que instruía y decidía la prisión no juzgaba, obligado por los varios juicios perdidos por el Reino de España en el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, no se había puesto de moda. Así pues el único posible camino a la libertad partía del piso superior al Economato.
Aquel año además de los tortuosos expedientes de la Oficina Técnica, se dieron varias fugas. Que recuerde dos por el tejado a un camión, otro por la basura, y la más espectacular el túnel de panadería. Los de la ETA, un grupo de cinco con Koldo a la cabeza (el indiscutible campeón de frontón), lo intentaron, pero el servicio de información, los chivatos, alertaron a tiempo. De hecho era imposible escaparse a las miradas del perfecto sistema de vigilancia y terror. Pero extrañamente los había que lo conseguían. Pedro, el panadero, no logró pasar por el túnel, su gordura se lo impidió, pero sí el Xiqui, ex kíe del juego y droga de la Sexta. Se escaparon seis, pero el picoleto de la entrada reconoció a Xiqui, con dos guardiaciviles muertos en su currículum (él estaba vivo de puro milagro tras pasar por todas las torturas clásicas), y le descargó una ráfaga de cetme, que tampoco acabó con él. Siempre me he preguntado que hacía Xiqui en la panadería, o como desapareció tanta tierra a través de los sacos de harina amontonándose y tapiando la pared agujereada. No menos de diez metros de túnel llenarían de tierra toda la panadería. Si Xiqui en teoría no podía salir de la Cuarta donde le destinaron tras un paso por la Quinta, y lo del volumen de tierra no tenía respuesta para mí, tampoco la tenía el continuo trasiego a la vecina lavandería, que un maricón barriochinoso al más puro estilo del Paralelo de los 50, la Martirio, tenía convertida en una casa de putas con sus pupilas, varios travestis. Unos montones de mantas entre máquinas y otras de cortinas y separación de quita y pon constituían la decoración de tan especial burdel. Los mismos funcionarios que persiguieron en teoría a machamartillo la homosexualidad en el franquismo permitían la situación, completando con el cine dominical el ambiente del Barrio Chino. El pequeño patio donde convergían panadería, lavandería, geriatría y una pequeña galería en obras, la Séptima, se convirtió en un muy curioso mundo aparte, donde lo mismo se escapaban que se celebraban banquetes de langostas (proporcionadas por unos mafiosos franceses) al horno acompañadas de los mejores vinos, y de paso unas rayas. Curiosos esos franceses que precursores y amigos del Vacarizzi muerto de un disparo desde el exterior, aportaron a la cárcel tanto dinero y droga que desde el primer momento se convirtieron en los reyes del lugar, anticipándose a lo que años después supusieron los colombianos. La Martirio moriría atracada en una operación de drogas, sin librarse del SIDA, que tanto ayudó a propagar.

Con los años he repasado la gran incidencia del juego en mi desgracia. Si el bingo de doña Pilar significó no solo un excelente año dentro de lo posible, la ludopatía descubierta muchos años después de mi abogado Luis Pascual Estevill, y como pequeña muestra la cena en el Casino de San Pere de Ribas del día anterior a mi detención, sumó en mi desgracia. Una buena baza para Piqué Vidal y Javier de la Rosa la debilidad por el juego del abogado de quien eligieron de víctima, considerando que ellos eran letrados, socios y financieros, entonces, de Arturo Suqué, dueño de Casinos de Cataluña SA.

Un año muy caliente para mí. En orden interno era difícil mejorar la situación. Ana me visitaba muy a menudo. Los visavís, aunque incómodos, de pié, los había casi a voluntad. La comida y el ambiente inmejorable, pero en mi fuero interno sabía que al año de Economato, a primera vista de todo el movimiento carcelario y aquel mejunje de números tan hábilmente cuadrados, exigían una salida en silencio y por el foro.

Si sorteaba bien la vida diaria, entrado 1982 se crearon dos situaciones que por si solas elevaban más si cabía mi capacidad de dominio del “estrés”, por peligrosas, y que otras posteriores sobrepasarían. Una, el traspaso por sorpresa de mi destino del Economato a “ordenanza” de Doña Pilar Pato. A Don Daniel no le sentó nada bien que quien se había convertido en su perfecta máquina contable, sin consultas previas, a las ocho de la mañana le dieran la orden de sustituirlo. Salió disparado a la Dirección. La escena la recordaré toda la vida, y sé que quien vive y la presenció, Don Jesús, también. El poco tiempo de su ausencia, me sentí en “capilla”. Don Daniel era uno de los hombres poderosos de la cárcel, que abortara mi pretensión y descargara su ira contra mí, más que posible. Ignoro que sucedió en el despacho del Director Camacho, pero quedó claro que el poder de Doña Pilar Pato estaba por encima del de Don Daniel e incluso del Administrador “El Cojones”. ¿O el Director les convenció que no era conveniente, dado la evolución política, que un preso supiera tanto sobre los números de la casa?. Sea como fuere, por toda despedida me soltó un “Ya me dirá usted Rafael (siempre me trató de usted pero con el nombre de pila por delante) cuánto le ha pagado a Pilar…”. Mi contestación sobre que entendiera que debía buscar mi libertad, además de mi comodidad en la cárcel, no fueron argumentos, ni me extendí demasiado en convencerle. Un gesto agrio y se acabó. Recorrí el ancho pasillo de entre cancelas hasta la escalera que conducía al locutorio de “jueces”, al visavís y a los despachos de Doña Pilar, a velocidad de vértigo, hasta reunirme con el “ordenanza” de locutorio y visavís, Camacho, mi joven contrincante de frontón.

La otra situación, más compleja, si cabía. Había llegado el momento de quitarme de encima al sinvergüenza, mi abogado Luis Pascual Estevill. La gota que desbordó el baso no sería ni siquiera sus negativas a liquidar lo que ni de lejos se le entregó para minutas, la liquidación de las cobradas letras de la venta de la discoteca Charly Max, ya pagados además por minutas unos ocho millones de entonces. Muchísimo dinero para el resultado a la vista, pero además las fábulas ciudadanas le hacían íntimo de Juan Piqué Vidal, y los demás abogados del caso, como el de Bruna, el catedrático Octavio Pérez Victoria. Todos al unísono argumentando la absoluta negativa del Presidente de la Audiencia el Excelentísimo Alfonso Hernández Pardo, y dueño del Caso Consorcio, a dictar libertad con fianza, común en todos los demás casos económicos. La clave y excusa, un recurso de competencia al Supremo. Hablado con Ana, “Rafael convéncete, vosotros sois unos pajaritos”. Yo ya estaba convencido desde antes que el juez admitiera ni siquiera mi procesamiento, por la simple lectura de la denuncia presentada por Ayuntamiento y Consorcio, no así mis compañeros de causa. Convenimos con Ana recurrir a otro abogado, y antes de que se pusiera de acuerdo con los demás, o sea, se vendiera, le enviamos al Supremo. No eran ni rumores ni mi mujer, simple intuición, allí, en Madrid, descubriría algo.

La sorpresa fue mayúscula al descubrir, no algo, ¡nada!. El pretendido recurso que según los abogados, y no solo el mío, sino Octavio Pérez Victoria, y Federico de Valenciano, un viejo fiscal militar, el de Fernando Serena, excusa de las negativas a la libertad con fianza desde hacía UN AÑO, no existía. En el Supremo no se recibió, o por lo menos nadie sabía de su existencia. Pasaría casi otro año hasta que leyera el 8 de Marzo de 1983, en El PAÍS, la noticia de que una limpiadora tiró a la papelera los “particulares” del recurso del Caso Consorcio de la Zona Franca. Era evidente que estaba rodeado y defendido por verdaderos gansters, mafiosos de despacho, sinvergüenzas sin límite, y aun no habían alcanzado el cenit de su carrera, los 90.

El 7 de Mayo Pascual Estevill entregaba a mi mujer la carta de renuncia a mi defensa. Nunca leí en la prensa esa renuncia. En el 82 porque ya se escribía poco sobre el caso, y siempre al dictado de los “otros” (nunca ningún periodista habló conmigo), y pasados muchos años cuando se escribió, primero del famoso Juez azote de la burguesía, y después como extorsionador y corrupto, se añadía en los muchos artículos y reseñas biográficas que me defendió hasta en el juicio (libro del exitoso periodista Félix Martínez). Ni que decir tiene que di por perdidos varios millones de pesetas. Inicié pues el segundo semestre de 1982 sin abogado, pero fuera del Economato. Un año por delante que dejarían en ridículo las corrupciones contables. El ancho pasillo del piso sobre el de entrada a la cárcel, donde se encontraban las cabinas del locutorio de “jueces” y en frente las “técnicas” de “clasificación” tras la condena, superaban en mucho la inmoralidad de las corrupciones de la planta baja.

Mi amigo Camacho se ratificaba en que había conseguido el mayor chollo imaginable. Ni patio exterior, ni gaitas. Limpiar la oficina, subir los cafés a Doña Pilar y Don Antonio, e ir por las galerías a avisar y traer a la oficina los cuatro o cinco presos citados para su estudio psicológico y jurídico, total, un par de horas. Después le ayudaría a fregar los largos pasillos y sala de visavis. A cambio, poder comer con Ana (según guardias), y después meterse por varios de los rincones (él ya tenía un colchón en el pequeño espacio de las ruedas de reconocimiento). Pero Doña Pilar, por desgracia para mí, desde el primer momento me destinó a otros trabajos. De nuevo una vieja máquina de escribir.

Rafael del Barco Carreras

http://www.lagrancorrupcion.com/


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