La guerra islamista contra la mujer

La “muchacha de Qatif” lograba esta semana un aplazamiento. El 17 de diciembre, el rey Abdalá de Arabia Saudí perdonaba a la joven, que era condenada a 200 latigazos y seis meses de cárcel tras presentar denuncia contra ocho varones que la habían violado en el 2006. Dos semanas antes, el presidente de Sudán extendía una medida excepcional similar a Gillian Gibbons, la profesora británica condenada por insultar al islam porque sus estudiantes de 7 años de edad bautizaron Mahoma a un oso de peluche. Gibbons había sido condenada a prisión, pero las manifestaciones callejeras organizadas por el gobierno exigían a voz en grito su ejecución.
La “muchacha de Qatif” lograba esta semana un aplazamiento. El 17 de diciembre, el rey Abdalá de Arabia Saudí perdonaba a la joven, que era condenada a 200 latigazos y seis meses de cárcel tras presentar denuncia contra ocho varones que la habían violado en el 2006. Dos semanas antes, el presidente de Sudán extendía una medida excepcional similar a Gillian Gibbons, la profesora británica condenada por insultar al islam porque sus estudiantes de 7 años de edad bautizaron Mahoma a un oso de peluche. Gibbons había sido condenada a prisión, pero las manifestaciones callejeras organizadas por el gobierno exigían a voz en grito su ejecución.
En enero, Nazanin Fatehi era liberada de una prisión iraní después de que fuera revocada una sentencia de pena capital sobre ella. Originalmente había sido condenada por asesinato por apuñalar con resultado fatal a un varón cuando otros dos y él intentaron violarla a ella y a su sobrina en un parque. De haber denunciado a los violadores, podría haber sido azotada o lapidada por mantener relaciones sexuales no maritales.
La salvación de estas mujeres fueron noticias muy celebradas, por supuesto, y no fue coincidencia que cada caso hubiera provocado una reacción internacional. Pero por cada “muchacha de Qatif ” o Nazanin que se salva, hay demasiadas chicas y mujeres musulmanas más para las que la liberación no llega nunca.
Ninguna reacción internacional salvó a Aqsa Parvez, una adolescente de Toronto cuyo padre era acusado el 11 de diciembre de estrangularla hasta matarla porque se negaba a llevar el hiyab. “Simplemente quería confundirse entre el resto” declaraba una de las amigas de Aqsa al National Post, “y supongo que su padre tenía problemas con eso”.
Tampoco llegó ninguna medida excepcional para Banaz Mahmod. La inmigrante kurda en Gran Bretaña de 20 años de edad cuyo padre y cuyo tío la hicieron matar el año pasado después de renunciar a un matrimonio concertado abusivo y enamorarse de un hombre que no procedía de la aldea familiar en el Kurdistán. Banaz fue estrangulada con un cordón, introducida en una maleta y enterrada en un jardín a 70 millas. Más de 25 “matanzas de honor” así en la comunidad musulmana de Gran Bretaña han sido confirmadas en los últimos años. De muchas más se sospecha.
No ha habido ninguna reacción de enfado con motivo del asesinato e intimidación de las mujeres que llevan ropa de estilo occidental en Basora, Irak. La policía iraquí afirma que más de 40 mujeres han sido asesinadas en 2007 por islamistas; los cadáveres con frecuencia se abandonan en vertederos con notas que acusan a las víctimas de “comportamiento anti-islámico”.
Según los patrones occidentales, la subyugación de la mujer por fanáticos musulmanes y en la obsesión islamista patológica en ocasiones con la sexualidad femenina, son increíbles. Pero una y otra vez conducen a impactantes actos de violencia y depravación:
En Pakistán, un consejo tribal dictaminaba que una mujer fuera violada colectivamente como castigo a la presunta relación de un hermano suyo con una mujer de otra tribu.
En San Francisco, una joven musulmana era abatida a tiros tras descubrir su pelo y ponerse maquillaje para ser dama de honor en la boda de una amiga.
En Teherán, un padre decapitó a su hija de siete años porque sospechaba que había sido violada; dijo actuar “para defender mi honor, mi fama y dignidad”.
En Arabia Saudí, la policía islámica impedía que las escolares abandonasen un edificio en llamas porque no vestían pañuelos y abayas; 15 de las chicas fallecieron en el incendio.
El rector de la Universidad al-Azhar , un conocido centro de enseñanza islámica, describía en una entrevista televisiva el método adecuado de propinar una paliza a la esposa: “En realidad no es dar palizas”, explicaba el jeque Ahmed Al-Tayyeb en la televisión egipcia. “Es más bién dar puñetazos puntuales”.
Cuando los Talibanes se hacían con el control de Afganistán en 1996, la represión de la mujer estuvo entre sus prioridades más acuciantes. Difundieron un decreto prohibiendo que las mujeres salieran de sus casas, con el resultado de que el trabajo y la escolarización de las mujeres se detuvo en seco, destruyendo el sistema sanitario, el servicio civil y la educación elemental de la nación.
“El 40% de los médicos, la mitad de los empleados del gobierno, y siete de cada 10 profesores eran mujeres” observaba Lawrence Wright en The Looming Tower, su relato sobre Al Qaeda ganador del Pulitzer. “Bajo los Talibanes, muchas de ellas se convertirían en mendigos”.
Las mujeres no son las únicas víctimas de esta misoginia desenfrenada. Mohammed Halim, un profesor afgano de 46 años, fue secuestrado de su entorno familiar y asesinado horriblemente el año pasado, eviscerado y desmembrado por desafiar las órdenes de no educar a las chicas.
Todos estos son solamente ejemplos. La punta del terrible iceberg que nunca será demolido hasta que los musulmanes se levanten por millones contra ello. En cuanto al resto de nosotros, también tenemos la obligación de alzar nuestras voces. Se necesitó de una protesta mundial para salvar a la “muchacha de Qatif” y a Nazanin. Pero hay incontables otras como ellas, y nuestro silencio puede sellar su destino.

Jeff Jacoby ( es columnista de The Boston Globe. )

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