Hillary Clinton y sus lágrimas

Cuando Marianne Pernold preguntó a Hillary Clinton por su peluquera, no se imaginaba que acababa de revolucionar las primarias estadounidenses. Sus palabras demolieron la hierática fachada de la candidata demócrata, cuyos ojos se encharcaron ante las cámaras. Y ahí mismo comenzó su remontada electoral: o al menos así lo creen los analistas electorales, deseosos de buscar una excusa a sus fallidas prediciones demoscópicas. «Hillary era tan profesional que daba repelús a la gente, así que sus lágrimas la volvieron más humana», explica Antoni Aira Foix, experto en Comunicación Política de la Universidad Ramón Llul.
El repentino subidón de popularidad de Clinton ilustra hasta qué punto ha cambiado la política en las últimas décadas. En 1972, Ed Muskie era el favorito para la nominación demócrata hasta que una llorera en público hundió su reputación. Tampoco ayudó que alegase que las lágrimas captadas por los fotógrafos eran copos de nieve derretidos. El mensaje fue claro: los americanos no aceptaban que su comandante en jefe se pusiera a gimotear ante cualquier contratiempo.
Ojos acuosos
Todo esto cambió en los 80, con la irrupción de Ronald Reagan en la escena política. Tal era su carisma que sus lágrimas no se interpretaban como síntomas de debilidad, sino como chispazos de humanidad propios de un gran líder. Así se inauguró una nueva era en la que los políticos más exitosos, como Bill Clinton o el propio George W. Bush, han convertido los ojos acuosos en uno de sus recursos más eficaces. «La figura del líder se ha desacralizado», explica Manuel Hidalgo, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Carlos III. «Ahora no queremos que los presidentes sean perfectos, sino que se acerquen a la gente».
En ocasiones, un lagrimón es el atajo más corto para llegar al corazón de los votantes. Blair alcanzó su récord de popularidad tras su empalagoso discurso por la muerte de Diana de Gales. E incluso la gélida Margaret Thatcher derramó una lagrimita furtiva cuando la echaron de Downing Street. ¿El resultado? Que incluso sus detractores más cerriles se preguntaron si no habían sido excesivamente crueles con esa ancianita de gesto compungido.
De todas formas, Thatcher tuvo que esperar a su dimisión para mostrar su faceta más vulnerable. Porque este es uno de los escollos para las mujeres metidas en política: que se enfrentan a más riesgos que los hombres si muestran sus emociones. Mientras a ellos se les presupone la fortaleza y el coraje, ellas han de ganarse el respeto día tras día poniendo gesto mohíno, como Angela Merkel. Y no olvidemos que el ganador de las elecciones tendrá en sus manos el botón nuclear. «Lo que en un hombre parece entrañable, en una mujer se interpreta como una debilidad intolerable», asegura Aira.
De ahí los riesgos de la nueva imagen de Clinton. Aunque sea injusto, seguro que más de un votante se ha preguntado si Mahmoud Ahmadineyad se derretiría ante los morritos de la demócrata. Pero, de momento, las ventajas de su llorera de New Hampshire pesan más que los inconvenientes: la candidata tiene el flanco de la fortaleza más que asentado y sólo pasaba apuros en el campo de las emociones, donde Barack Obama es un talento natural.
Ahora , Clinton se enfrenta a un dilema: ¿hasta qué punto debe dejar que la nueva Hillary acapare el protagonismo? La tentación de recurrir al sentimentalismo cuando se tope con dificultades le resultará difícil de resistir. Pero, según los expertos, su llorera de New Hampshire fue similar al «porquénotecallas» del Rey Juan Carlos: un gesto inesperado que sólo funcionó por su espontaneidad. Si tratara de repetirlo durante la campaña, parecería un gesto forzado y oportunista. «El secreto es mantener el equilibrio para ganar humanidad sin resultar débil, como lo consiguieron Tony Blair o Bill Clinton», apostilla Aira.
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