UN HECHO REAL: Yo fui una prostituta

Me llamo Irina, tengo 23 años y por suerte nací en Bucarest, la capital de Rumanía.
Desde muy pequeña comencé a trabajar en la cocina con mi madre. Y poco a poco conseguí ahorrar lo suficiente para pagarme las clases de violonchelo, una de mis pasiones.
Mi vida era dura, en mi casa entraba el dinero justo para llegar a fin de mes y yo poco podía aportar en casa.
Mi padre trabajaba día y noche, muchas veces no le veíamos en toda la semana, y mis hermanos eran pequeños por lo que aún no podían trabajar.
La vida aquí es muy difícil y cada vez estaba peor.

Mi sueño era venir a España y convertirme en una gran violonchelista, siempre pensé que sería imposible, pero los sueños nos dan esperanzas.
Un día mientras cuando salía de clase, un hombre me paró en medio de la calle.
Decía haber estado escuchándome tocar, y le parecía que yo tenía talento.
Me propuso llevarme a España, y presentarme ante una amiga suya directora de una escuela de música, si yo le gustaba podría quedarme allí y seguir estudiando.

Me ilusioné tanto con la idea que cuando se lo comenté a mis padres, no quise escuchar los consejos que ellos me dieron.
El hombre estaba dispuesto a pagarme el viaje, yo sólo debía abonar la matrícula de la escuela si me aceptaban.
En unas semanas estaría en España.

Preparé el viaje, me sentía realmente afortunada, con ganas de comerme el mundo.
No sospechaba a donde me iba a llevar mi grave decisión. Y es que con 18 años nos creemos capaces de todo.
Durante el viaje aquel hombre no hacia más que repetirme las maravillas de España, si lo hacia bien mi futuro estaba asegurado.

Cuando llegamos a suelo español, nos recogió un coche conducido por un tipo con un semblante muy sombrío.
Estábamos en Madrid, el coche nos llevó hacia unos edificios, en bastante mal estado, me recordaban a las calles de mi ciudad.
Una vez allí, entramos a una casa, donde nos recibió una señora de unos 40 años, muy desaliñada y con poca educación, yo empecé a asustarme, y más aún cuando me cogieron el bolso y me quitaron el pasaporte.

Me puse a gritar y a cambio me golpearon para me callara, me encerraron en una habitación, sola sin mis maletas ni mis documentos.
No sabía que iban a hacer conmigo, comencé a rezar y a pensar en mis padres, en mis hermanos, algo me decía que ya nunca los volvería a ver. Estaba agotada y me dormí llorando.

Al día siguiente me levantaron a empujones, y me dieron ropas extrañas, obligándome a ponérmelas delante de dos hombres.
Me vistieron de prostituta, y entonces supe, que me habían metido en una red de trata de blancas, como pude ser tan estúpida, como pudieron engañarme de esa forma.
El infierno acababa de comenzar.

Me amenazaron con que si no les obedecía mi familia pagaría las consecuencias, me explicaron que para volver, debía pagarme el billete, vendiendo mi cuerpo, pero además debía pagarles a ellos, por la habitación, la comida, el agua, la ropa y la “protección.
Sólo tenía 18 años, nunca había mantenido relaciones sexuales, quería morirme, pero la idea de que podría volver a casa, me dio fuerzas para no rendirme.

Fue una época, que aún me revuelve las entrañas, recibía palizas diarias, insultos y amenazas.
Cada vez que recibía un cliente, sólo cerraba los ojos, y me imaginaba en casa, con mis hermanos, mis padres, mis clases de violonchelo, el crudo invierno de Rumanía, me encantaba la nieve.

Llegué a perder la noción del tiempo, pasaron 3 años y yo seguía allí sumergida en un mundo, de agresiones y drogas.
Sufrí dos abortos ya que muchos clientes no usaban preservativo, padecí mil y una infecciones vaginales.
Sentía que mi vida se apagaba cada día que pasaba y la idea de que jamás volvería a ver a los míos, crecía desgarrándome por dentro.

Hasta que un día la policía irrumpió en la casa, la gente corría de un lado para otro, yo me escondí en mi habitación, debajo de la cama.
Uno de los agentes tiró la puerta abajo, y me sacó de allí, no me resistí, supe que mi libertad había llegado, era una redada.
A pesar del miedo, por mi familia, por mi seguridad, declaré en mi favor y poco tiempo después, mi familia, pagó mi vuelta a casa.

Han pasado 2 años de todo aquello, y aún me despierto en medio de la noche entre sollozos y angustia. Estoy en tratamiento desde que volví pero se que nunca volveré a ser la misma, aquella gente destrozó mi vida.
Aunque me siento a salvo en casa, me da miedo salir sola a la calle. Y no puedo acercarme a ningún hombre, sin recordar todas aquellas violaciones que mi cuerpo sufrió.

Es difícil salir de esto, puedo considerarme afortunada, pero se que hay muchas chicas, que no lo han logrado.
Y las que lo han conseguido, tampoco volverán a ser las mismas…
Esta es mi historia.

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