CARCEL LA MODELO BARCELONA (11), 2º semestre 1982


Mis tres años de Modelo, mejor dicho, los dos años diez meses y veintiún día pasados en aquel antro que por si solo definiría la gran corrupción que tras una fina capa de fariseísmo creado por dos milenios de civilización romana envuelve mi querida Barcelona, se dividieron en tres partes de más o menos un año tan diferentes que bien se podría asegurar pasados en mundos alejados. Unos muros y pasillos creando situaciones dispares, sin parecido alguno, aisladas, pero siempre con el mismo decorado y sus desgraciados habitantes.
Primer año. En expresión del lugar, “tirado en el patio”, por la simple razón según el director que la prensa se le echaría encima de conceder algún privilegio o destino a los millonarios “caballistas” del Caso Consorcio. Pasé aquel año transitando por un campo de minas pero sin que me alcanzara explosión alguna. Más espectador que actor, mejor dicho, de víctima espectadora, como si lo que me rodeaba no fuera conmigo, aunque lo fuera y mucho, intentando meterme a lo tortuga bajo el caparazón de mi retomada afición a escribir. Horas de camastro y sentado en el patio, escribiendo, miles de hojas, un largo novelón, que veintisiete años después no me atrevo ni a ojear.
Segundo año. Tras intensa labor de Ana se me concede el gran enchufe del Economato Central, donde trabajaría más que en cualquiera de las siniestras oficinas imaginables, y por el mismo camino me libero de la esclavitud y consigo mi soñado cargo de “ordenanza” de la “amiga de mi mujer”.
Y el tercer año. La recoleta, silenciosa y muy siniestra sección de Doña Pilar Pato. La Oficina Técnica, donde no se aplicaba ninguna técnica, y si escribiera lo que realmente pienso y siento de aquel sujeto femenino, me llevaría al Juzgado, donde años después le declararían inocente. Por si me quedara alguna duda que el “hombre es un lobo para el hombre”, entendiendo que la palabra hombre resume los dos géneros de la humanidad, me bastaría aquel sujeto para entender la malicia y depravación a la que puede abocar el Poder. Don Daniel, me resultaría un burócrata sin sentimientos (decían que presenció la ejecución de Puig Antich), pero inocuo, aislado en su burbuja, comparado con mi nueva jefa, o propietaria diría. Y si el abuso de Poder sobre los débiles refleja los grados de depredación y depravación alcanzable, sobre desgraciados entre rejas vilipendiados hasta la más inimaginable abyección, traspasa cualquier concepto.
La más completa visión de aquel siniestro lugar creado tras los motines de 1977, ocurridos por creer que aquello de la Constitución y Democracia iba en serio, como en las películas. El Gobierno Suárez destinó a Barcelona lo peor, más duro, más franquista, amoral y corrupto de lo encontrado a mano entre los ya muy corruptos y amorales de los funcionarios de las prisiones franquistas. Cuando años después pregunté a amigos de infortunio que fue de aquel CAMACHO, el director, todos contentos de su muerte por cáncer. Pero Barcelona debe más al Gobierno Suárez. La plaza no podía escapársele de las manos, y con la excusa que la calle hervía, algaradas sin más porque nadie pretendía un 1936, nombró a reconocidos duros franquistas en la Policía y Audiencia, asegurando la continuidad que tan rentable resultaría a los llamados “SOCIALISTAS” o “CONVERGENTES DE PUJOL”, pero también las torturas en los casos Viola, Bultó, La Escala, y miles más, con las condenas de los países realmente democráticos, y del Tribunal de Estrasburgo.
Y si además de retirarme “entre cancelas” de la primera línea de fuego, conseguía una de las primeras reconstruidas celdas de la Séptima Galería, unas veinte apartadas, donde en tiempos destinaron a los militares o gente del mundo oficial, y en otros fuera la cárcel de mujeres, mi ilusión de desaparecer se haría realidad. No sería tan sencillo, allí viví el peor y más peligroso de los momentos de mi vida. Y rompería más normas interiores, la Séptima se destinaba a los ordenanzas del patio y oficinas exteriores en un intento, decían, de aislarles para que no traficaran con el interior, pero a mi nueva jefa, esas minucias no le afectaban. Una tontería lo de aislarlos, que la Séptima diera al pequeño patio de geriatría, panadería y lavandería (la casa de putas), al que se accedía una vez traspasada la última cancela pero antes de llegar a la Rotonda Central, por lo tanto apartada del meollo interior, pero en un centro neurálgico con la cocina, me situaba igual que en el economato en medio del “tráfico”.
Celda nueva, con tres o cuatro compañeros. Tenía un inicial inconveniente, la ventana daba a la cocina. El calor, muy de agradecer en invierno, no así en verano, con los olores y grasiento humo impregnando tanto el aire que las palomas, tomando el lugar por la segura comida, terminaban tan impregnadas que se morían en una interminable agonía. El ancestral amor carcelario a los animales impedía cualquier eutanasia y el espectáculo parte integrante del lugar.
A los tres o cuatro días, con Ana inauguramos el pequeño cuartucho de las ruedas de reconocimiento. Colchón y sábanas limpias, ¡faltaría más!. Hacía dos años que no disfrutábamos de esos lujos. Creo recordar que ya no lloramos como el primer día que nos besuqueamos entre los barrotes del locutorio de jueces. Dos años endurecen, pero si suelto la vulgaridad que el amor lo puede todo, quien me lea, sonreirá y hasta quizá subvalorará la descripción. Nos amamos intensamente, y descubrimos que nuestra vida podría entrar en una hasta normalidad. Quizá el morbo del lugar magnificaba lo conseguido. Comer en las vacías oficinas de Doña Pilar, y después una siesta, sin que nadie pudiera ni sospechar que hubiera una pareja. No era diario, según la guardia, pero sería tan normal como cualquier de las idas y venidas en el locutorio de “Jueces”. Aquello duraría casi un año. Un intenso año, y no solo por el amor.
En primer lugar me extrañó que unos días antes nombraran a Camacho, mi compañero de Sexta y frontón, ordenanza del visavís. Condenado a docenas de años por noventa atracos, con causas pendientes como la fuga de los 40, no le hacían acreedor de un “enchufe de confianza”. Un magnífico enchufe, pero fuera por la causa que él alegaba, haber salvado la vida al funcionario que descubriendo el túnel de enfermería sus compañeros de huída pretendieran matarlo, o por lo que fuera, con el tiempo descubrí un gran compañero, que no podría zafarse ni de la cárcel ni de su propia existencia.
Por desgracia al primer día de mocho, cafelitos o bocadillo, le sucedió una vieja máquina de escribir, parecida a las Underwood de mis primeros años de auxiliar en el Banco Comercial. Doña Pilar, según su versión, impartía clases de Criminología y yo le copiaría los apuntes. Soñé con tener a mano las secretarias que durante años me mecanografiaban cualquier carta o documento, pero si bien ya no las tenía ni mano ni en mis oficinas, vacías tras encarcelarme, aquello era peor que los formularios de Don Daniel. De difícil explicar que si bien la contabilidad del Economato me retrotraía a más de quince años atrás dejando de ser un triste “contable” para pasar al mundo de los “negocios” con mi creciente Caja General de Crédito, Sociedad Cooperativa, ahora me trasladaba a veinticinco copiando letras de cambio todo el día. Terrible, odiaba las máquinas de escribir, además de nunca haber sido un mecanógrafo, no superé el aporrear los teclados con solo los índices de cada mano. Pero las circunstancias obligan, aunque a los pocos días pediría a Ana una solución. Alguien de fuera, aunque primero debería conocer con detalle las idas y venidas de Pilar para que no se enterara de mis “soluciones”.
“Pero Rafael… ¿Qué da clases de Criminología…y que ella es abogado, y firma como letrado?”. “Eso es lo que me ha dicho y yo lo he visto en los papeles”. “Lo de abogado nada…y lo de las clases… más bien recibirlas, pues según su madre nos contó comiendo en el bar de la Tina, le faltan unas asignaturas para acabar Derecho”. “!Qué cosas…le seguiremos el cuento…es abogado…licenciado en Derecho, criminóloga o lo que sea…pero lo que está fuera de duda es que tiene un poder inmenso…si ella dice que “a viajar”, o sea, a penales, pues eso…a penales, o tercer grado. No le será difícil acabar la carrera…por de pronto ya he visto a varios abogados…tratar con ella…e incluso al gran catedrático Octavio Pérez Victoria…el abogado de Bruna…”.
Al mismo tiempo que a través de Ana medraba para que mi lugar en la cárcel fuera el mejor posible y encima en el adecuado para preparar mi futuro tras una segura condena, los acontecimientos exteriores, la Política, incidían y mucho en la vida interior de la que solo casi me había zafado. Si el triunfo socialista de Felipe González, con el nombramiento del Alcalde de Barcelona, Narcís Serra, mi acusador, de Ministro del Ejército, y su segundo y amigo en la alcaldía, Pascual Maragall, delegado del Ayuntamiento en el Consorcio de la Zona Franca, ascendía a Alcalde, no solo reafirmaba mi cárcel, reiteradamente pedida por ellos, sino que me daba por segura la condena, en el interior, significaba la “solución final”. No lo sería tanto, aun deberían empeorar más las cosas con el número de presos hasta los 2.600 y pico.
Rafael del Barco Carreras
http://www.lagrancorrupcion.com/

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