Pizarro excita el alma chavista del PSOE

El fichaje demuestra que Rajoy ha sido capaz de ilusionar con una zanahoria a un tipo al que se rifaban las multinacionales

El fichaje de Manuel Pizarro para ser el número dos de la lista del PP ha puesto el listón de la precampaña en la estratosfera. La operación es redonda en términos publicitarios y políticos. En el primer caso, porque el mensaje al electorado es positivo y avala la impresión de que el PP puede ganar las elecciones. Rajoy aparece junto al hombre que venció a Zapatero y a la maquinaria de Moncloa en la opa sobre Endesa. Un ejecutivo que blandió la Constitución para plantarse ante el poder político como Espartaco frente a las legiones de Roma. Un ganador nato que ha aceptado el reto de batirse con un Gobierno que sale de la primera Legislatura con una valoración media aceptable. Un individuo cuya sola mención ha excitado el alma chavista del PSOE, el fondo espeso de la lucha de clases y el materialismo histórico. Sin abrir la boca, Pizarro ha recibido más cera que la Conferencia Episcopal en pleno. Es también el compareciente que salió vivo, casi a hombros, del Parlamento de Cataluña, iluminado con velas tras el gran apagón de agosto del 2007. Con Pizarro, Rajoy abre la partida, juega con las blancas, se ha comido al primer peón de Zapatero (Solbes) y ha metido el primer gol en el primer minuto, más o menos. Si es Obama o Clinton, ya se verá, pero de momento, lleva la iniciativa.
En el apartado político, el fichaje de Pizarro ha zanjado el diabólico expediente Gallardón, excluido de las listas; ha despejado todas las dudas sobre la consistencia económica del equipo de Rajoy y nos muestra a un candidato capaz de ilusionar con una zanahoria (la hipótesis de una victoria) a un tipo que tiene rendidos a sus pies a los principales consejos de administración de las multinacionales españolas.
Enfrente, Zapatero rema contracorriente en Cataluña, donde el PSC trata de zafarse de los abrazos presidenciales y flirtea con la posibilidad de prometer un grupo propio en el Congreso a sus electores. Tampoco son buenas las previsiones en el País Vasco, a pesar de que Zapatero ha sugerido entre líneas su flexibilidad ante los fenómenos «accidentales», probablemente en sintonía con un amplio sector del electorado vasco. Sin embargo, no puede olvidarse que el presidente del Gobierno no sólo se ha llevado por delante su credibilidad entre los votantes del PP sino a Imaz, el moderado, el único factor que otorgaba peso específico a la política de contemplaciones con los violentos. Ni tampoco son excelentes las sensaciones ante la Alianza de las Civilizaciones, con los guardaespaldas de Erdogan repartiendo estopa como si en lugar de estar en un foro internacional se encontraran en la portería de una discoteca de Costa Polvoranca mientras Zapatero pasa la mano por el lomo de los ayatolás. De momento, el candidato a la reelección encona ideológicamente debates como el del aborto y la familia para mantener los votos radicales que confirmaron su victoria hace cuatro años. El riesgo de esta apuesta es perder el centro.

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