Gallardón. Olé Rajoy, viva Esperanza

La prensa afín al gobierno o en sus aledaños ideológicos se ha despertado el miércoles con feroces críticas a la Presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre, a la que culpa de chantajear al presidente del PP, Mariano Rajoy, y de haberle forzado a no incluir a Alberto Ruiz Gallardón, en las listas para las próximas generales de 9 de marzo. Consideramos que estas críticas no sólo son injustas, sino engañosas, y que sólo buscan, vengativamente, hacer daño a la persona que ha hecho más y mejor por el PP de Madrid y de toda España. Y de paso, hacérselo al propio partido de Aguirre y Rajoy, que es su verdadero objetivo. Si hay algún responsable de la decisión de que Ruiz Gallardón no recale en el Congreso de Diputados, es, por fuerza y autoridad, Mariano Rajoy. Es su decisión final y no la de otros, independientemente de cuantos factores hayan tenido que acomodar en su ecuación. Y tenemos que decir que es una decisión que le honra. Fue el actual alcalde de Madrid quien abrió este melón político, cuando antes del verano ya anunció su deseo y ambición de estar de número dos en las listas de Rajoy por Madrid. Desde entonces, ha estado desgastando al PP como en pocos asuntos. Hoy él es, por tanto, el último responsable de su propio destino. Nadie más.

Ruiz Gallardón, todos lo sabemos, se ofreció para acompañar a Rajoy en las generales no por altruismo, sino como parte de un plan mayor; el de su propia ambición. Si el PP ganaba en el 2008, su falsa generosidad sería compensada de alguna manera, más allá de un puesto como el de Madrid en el que parece haber tocado techo. Pero si Rajoy perdía las elecciones, Ruiz Gallardón consideraba que se abriría el proceso de sucesión, y en esa sucesión él quería jugar sus cartas. Para poder ser el líder de un partido político en España, hay que ser diputado, ya que es en esa Cámara, y no en la calle, donde se producen los encuentros y desencuentros con el presidente del gobierno. Sin estar en los debates parlamentarios, la prensa no hace apenas caso. Ruiz Gallardón debe de saberlo bien por –qué casualidad– su amigo José Bono, quien también mataría por sentarse en un escaño de la carrera de San Jerónimo en su infatigable camino hacia metas más altas.
No puede decirse que las relaciones entre el alcalde y la presidenta de la Comunidad fueran buenas. Y no se trata de algo personal. El alcalde puede que no tenga más principios que su figura, mientras Esperanza Aguirre está solidamente anclada en una tradición liberal–conservadora que le lleva a hacer ciertas cosas y de una cierta manera. El encontronazo entre quien como el alcalde deseaba apretar a los madrileños con más impuestos y concesiones a la izquierda, y la líder de la Comunidad, en las justas antípodas económicas, culturales y sociales, era algo cantado.

Si hay algo que se le debe reconocer a Esperanza Aguirre es el mérito de haber sido un factor relevante entre los sopesados de cara a la decisión que ha adoptado finalmente Mariano Rajoy. Si Alberto Ruiz Gallardón se ofrecía para aupar a Rajoy, el valor de la presidenta para lograr lo mismo y sumar esfuerzo no podía ser menor; más bien al contrario, bastante superior. Ruiz Gallardón no podía soportar la idea de ver a Esperanza Aguirre de nuevo en el Congreso, pues no deseaba competencia alguna en su carrera en el PP post–Rajoy. Y juegue o no esa carta Aguirre, ella sabe que contaría con muchos apoyos para esa tesitura llegado el momento. Más que Alberto Ruiz Gallardón, cuyas veleidades izquierdosas nunca han sido bien vistas en el seno del PP y mucho menos por sus votantes.

Por lo tanto, la decisión es de Rajoy a quien no se debe minusvalorar; el culpable, el mismo alcalde de Madrid, quien se ha puesto él solo en el disparadero y cuya reacción inicial, el anuncio de la pronta dimisión y abandono de la política, ha puesto de relieve sus verdaderas intenciones. Y a Esperanza se ha de dedicar un sonoro viva, porque no sólo ha mantenido en todos estos meses la cabeza bien alta, haciendo frente a un Gallardón envalentonado mientras Génova permanecía moribunda, sino que ha permitido que el líder del PP tome la decisión más justa y apropiada para el partido y para España, y además, tenga a alguien a quien echarle la culpa. Eso sí que es entrega por su partido. Viva Esperanza.

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