Bobby Fischer ¿ Quién es quién ?

Fischer pierde la última partida
El mejor ajedrecista de la historia murió en Reikiavik – En 1972 ganó el título mundial al ruso Spassky en 21 partidas míticas – Se quedó sin patria y vivía en Islandia alejado del tablero.
Henry Kissinger tuvo que obligarle, porque nadie sabía lo que iba a hacer Bobby Fischer. En 1972 tenía que disputar el título mundial de ajedrez contra el ruso Spassky en Reikiavik, pero las exigencias de Fischer complicaban el duelo. Que si las sillas, el dinero, la mesa o las cámaras. Fischer, que perdió la primera partida y no se presentó a la segunda, amenazaba con irse y Kissinger no dio rodeos: «Estados Unidos quiere que vayas y derrotes a los rusos». La tercera partida se jugó como quiso Fischer, en un cuarto sin público, sin cámaras, sin nada que molestase al genio. Talento contra talento. Y Fischer remontó hasta llevarse la victoria en las 21 partidas más memorables de la historia del ajedrez, cuando este deporte sí que fue la guerra por otros medios.
«Ha marcado una época en la historia de la humanidad, como Newton, Einstein y Gagarin», decía ayer el ruso Kirsán Ilyumzhínov, presidente de la Federación Internacional de Ajedrez. Era demasiado genio para que la época actual le entendiese. Para que él mismo se entendiese. La vida para él estaba en las 64 casillas y no puede ser casual que ayer muriese, a los 64 años.
Como el personaje de Melville, «Bartbely, el escribiente», Fischer, daba la impresión de que preferiría no hacerlo. Tres años después de centrar al mundo en una partida de ajedrez, la Federación le quitó el título por negarse a jugar contra el aspirante Karpov. Fischer desapareció. No jugó más, no dio entrevistas, se acercó a un grupo religioso que creía en un apocalipsis cercano, se gastó el dinero y se acercó a la ruina económica y psíquica. Parecía un vagabundo, un hombre abandonado que se sentía perseguido. En 1981 fue detenido en Pasadena, confundido con un atracador de bancos. Su mente, su 182 de cociente, como Einstein, le estaba ganando la partida.
Nadie entendía qué pasaba con el héroe americano. Ni siquiera jugaba a la ajedrez hasta que en 1992 reapareció para perderse: le propusieron volver a jugar contra Spassky. Sólo había un problema. Yugoslavia, la sede, estaba bajo sanciones de la ONU y bajo embargo estadounidense. Si Fischer jugaba le condenarían a 10 años de cárcel. El héroe podía ser un traidor.
A Fischer no le importó. Escupió en la carta de Estados Unidos, aseguró que no pagaba impuestos desde 1976 y fue a Yugoslavia a recordar su momento de gloria. Jugó, ganó, se llevó 3 millones de euros y el único campeón mundial de ajedrez estadounidense no volvió a pisar suelo americano.
Se marchó a Filipinas, se casó, tuvo un hijo y fue detenido en Japón al estar cancelado su pasaporte estadounidense. Se quedó sin patria, al tiempo que se quedaba sin gloria, abandonaba el ajedrez y empezaba una cruzada antiestadounidense. Su punto más cruel fueron sus declaraciones después de los atentados de las Torres Gemelas: «Ya era hora de que alguien le diera una patada en el culo a Estados Unidos». Era un señor barbudo, gordo, con los ojos idos. Muy lejos del niño de quince años que se convirtió en maestro y sorprendió al mundo.
Islandia le dio la ciudadanía. Allí murió ayer tras una larga enfermedad. «El ajedrez es la vida», aseguró. Y aunque dicen que se le podía rastrear en internet jugando como un anónimo, ya lo había abandonado.

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