Una ventana hacia el cerebro

Una de las mayores obsesiones -y obligaciones- del hombre como científico ha sido siempre estudiar el funcionamiento del cerebro, y más en profundidad, cómo afecta éste a las capacidades y sensibilidades humanas, o ¿por qué si todos tenemos a priori la misma dotación neuronal algunos enarbolan una mayor sensibilidad hacia la escucha de la Pastoral de Beethoven, o una apreciación más detallada de un cuadro de Modigliani?
Las técnicas actuales de toma de imágenes del cerebro han abierto interesantes perspectivas de investigación. Estos métodos pueden clasificarse en dos grandes grupos: las técnicas estructurales y las de neuroimagen funcional. Éstas últimas son las que están relacionadas con los cambios asociados a las funciones cerebrales y son la Tomografía por Emisión de Positrones (PET), la Resonancia Magnética Funcional (FMRI) y la Magnetoencefalografía.
Ver la mente en acción
Para Benedicto Crespo-Facorro, psiquiatra y director del programa de investigación del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla de Santander, «la verdadera importancia está en que las técnicas de neuroimagen funcional presentan una ventana al cerebro. Son la única forma de obtener un parámetro biológico del mismo mientras el cerebro está funcionando». Sin embargo, la suma complejidad de la empresa que se pretende acometer lleva a coger con alfileres toda nueva conjetura que los expertos airean acerca del funcionamiento del lado más orgánico de la mente humana. En palabras de Crespo-Facorro, «hay que tener cuidado con las noticias que aparecen respecto a estos hallazgos, porque en su mayoría son trabajos muy mediáticos que sería necesario matizar».
El psiquiatra salmantino, que se ha servido de técnicas como el PET para realizar muchos estudios de respuesta enfocados a desenmarañar la esquizofrenia, desconfía de muchos de estos trabajos, «ya que, en un 99% se realizan con muy pocos pacientes. Las verdaderas diferencias aparecen cuando se realizan comparaciones grupales, por tanto, no se puede sentenciar», arguye. «De ahí a que tengamos el conocimiento de cómo funciona realmente el cerebro hay un paso, no sabemos si grande o pequeño, pero lo hay».
Uno de sus trabajos, llevado a cabo entre 1995 y 1997, y que fue publicado en «JAMA», analizaba los mecanismos neuronales de la anhedonia (pérdida de la capacidad para experimentar placer) en pacientes tanto esquizofrénicos como sanos. Realizando tomografías de los mismos mientras éstos realizaban tareas olfativas de un olor agradable y uno desagradable, demostró el fallo de activación de las regiones límbicas y paralímbicas del cerebro como característica clínica de la esquizofrenia al ofrecerles el olor desagradable. Al trasladar la tarea a zonas de la corteza frontal, se producían en los enfermos «alteraciones emocionales».
Precisamente, la influencia de estos factores biológicos en el espectro emocional o conductual de los seres humanos han dado paso a una miríada de hallazgos basados en investigaciones para las que se empleó algún método de imagen por resonancia: en 1998, un estudio dirigido por el psicofísico de la Universidad de Southern California Adrian Raine ligaba una disfunción en la corteza orbitofrontal derecha con la aparición en el individuo de ciertos impulsos homicidas.
Tras analizar imágenes del cerebro de 38 asesinos divididos en dos grupos -aquellos que habían sufrido de traumas en la infancia y los que habían crecido en entornos «normales»-, Raine llegó a la conclusión de que «si se es antisocial pero de una familia normal, los motivos que llevan al individuo a desarrollar un comportamiento violento pueden tener más que ver con la biología que con la educación y el ambiente en que se ha vivido», aunque a pesar de ello no dejaba de reconocer que las raíces de la violencia «son una mezcla compleja de naturaleza y educación».
Biología de lo artístico
Pero ¿qué sucede si en lugar de homicidas tomamos como muestra a un grupo de músicos? ¿Comparten un mismo patrón genético? Un estudio de 2002 llevado a cabo por científicos estadounidenses y belgas analizó mediante resonancia magnética el cerebro de ocho músicos, concluyendo que contenían más células neuronales en determinadas zonas del cerebro. En particular, en el área rostromedial. Esta zona, encuadrada dentro del córtex prefrontal es la responsable de almacenar los conocimientos sobre las relaciones armónicas de una pieza musical.
Del mismo modo, existe un área, la dorsolateral del córtex prefrontal, cuyo nivel de actividad determina la capacidad para asignar diferentes grados de belleza a los objetos que observamos. Un estudio del Laboratorio de Sistemática Humana de Palma de Mallorca y el departamento de Neurobiología de la Complutense reveló en 2004 estos datos, sometiendo a magnetoencefalografía a ocho mujeres mientras observaban imágenes artísticas.
Alguien que ha liderado estudios de este tipo en los últimos tiempos ha sido el lisboeta Antonio Damasio, Premio Príncipe de Asturias de Investigación en 2005. Damasio y su mujer, Hanna, demostraron en 1999 la importancia de la estructura de la corteza prefrontal en la incapacidad de muchas personas para aprender y asumir con racionalidad los principios morales y sociales imperantes. Ocho años más tarde descubrió, estimulando con electrodos y tomando imágenes por resonancia, la zona del cerebro donde se resuelven los dilemas morales: la corteza prefrontal ventromedial, demostrando que los daños en esta zona abocaban a la desaparición de la duda y los prejuicios.
Pero estos descubrimientos son sólo la punta de un iceberg cognitivo en cuyo centro se espera encontrar una respuesta a por qué los seres humanos somos diferentes, y en qué grado ésto se ven afectado por la biología, por la educación o por el contexto. O cómo se suele decir, ¿El hombre nace o se hace fumador, consumidor compulsivo, artista, psicópata o funcionario?
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