El talento, condenado al fracaso

Más de 300.000 niños españoles tienen un elevado cociente intelectual, pero el sistema educativo no aprovecha sus capacidades

El 99% de los superdotados no llegan a ser reconocidos como tales

Muestran inquietud y sensibilidad, curiosidad por la ciencia y ansia de conocimiento. Frente a muñecas y coches de bomberos, prefieren los minerales, el ajedrez y el microscopio. Son menores talentosos y superdotados, una condición que debería ir unida al éxito académico, lo cual, sin embargo, nada tiene que ver con la realidad.
Lejos de potenciar sus capacidades, el sistema educativo español destierra a estos niños al olvido institucional. Así lo reconoce el propio Ministerio en su último estudio sobre el fenómeno, en el que desvela que existen 300.000 alumnos extraordinariamente capacitados en la educación obligatoria, el 99,4 por ciento de los cuales no se conoce, ya que sólo se ha identificado a un 0,6 por ciento, un total de 2.000 niños.
«La ley dice que estos niños tienen que ser identificados entre los 4 y los 7 años, pero esto no se cumple, porque el sistema educativo falla. Hay métodos eficaces que no se utilizan. Estos menores sufren un terrible abandono y se les niega su derecho a desarrollar sus capacidades», explica Yolanda Benito, psicóloga y presidenta del Centro Huerta del Rey de Madrid, especializado en la superdotación.
¿Bendición o martirio?
Lo que en un principio parece una bendición puede terminar en martirio. «Que estos niños sean atendidos como se merecen depende del profesor de turno. Si quiere implicarse y tiene vocación, funcionan de maravilla, si no, los chicos pasan un auténtico calvario. Si la enseñanza no se adapta a su estilo de aprendizaje, cuenta con todos los números para fracasar», señala José Antonio Montes Plazas, presidente de Asociación Española de Superdotación y Altas capacidades (Aesac).
Educación lo confirma: el 70 por ciento de estos escolares obtiene «rendimientos bajos», y entre el 35 y el 50 por ciento de ellos forma parte del grupo que padece el fracaso escolar. El problema, expone el presidente de la Aesac, es que los equipos pedagógicos están «saturados» para atender los asuntos de inmigración y de niños con discapacidades: «Aparte, hay equipos específicos para niños con problemas auditivos y de visión, pero no para los superdotados. Hay recursos para el síndrome de Down y las deficiencias auditivas o de visión, pero no se atiende a los superdotados, que también requieren una educación especial».
Hasta el juzgado
Lola Gil, madre de un superdotado, conoce muy de cerca esta problemática. Su peregrinaje para hacer cumplir los derechos de su hijo terminaron en los tribunales: «Desde que empezó Primaria, Javier tuvo problemas en el cole, no atendía, molestaba a los demás, sus cuadernos eran un desastre, pero la profesora nos decía que luego lo sabía todo». Al terminar tercero, Lola observó aptitudes impropias de su edad: «Se leyó en dos días ?La historia interminable? y aprendió en un momento con su hermana mayor a dividir varias cifras». Jugando al parchís, recuerda, «cuando comía una ficha llevaba directamente la suya a la casilla correspondiente sin tener que contar las veinte, era más rápido que nosotros».
Esta madre llevó a su hijo a un gabinete psicopedagógico, donde descubrieron que Javier tenía un cociente intelectual de 158, muy superior a la media. Los psicólogos le aconsejaron un avance escolar de dos cursos, algo que rechazaron desde el colegio donde estudiaba el niño. Lola presentó entonces un recurso contencioso-administrativo. La jurisdicción le dio la razón. Hoy, Javier tiene 12 años y cursa tercero de ESO: «Tiene mucho carácter y es muy extrovertido. En clase tiene pocos amigos, le ven como a un bicho raro y no le aceptan en su grupo».
Para Benito, las diferencias «son costosas de aceptar y, muchas veces, mal entendidas», algo que afecta a estos menores: «No son niños mejores que otros, sino que requieren una educación adaptada a su ritmo de aprendizaje». Frente a los niños, las niñas con altas capacidades se vuelven invisibles: «Los niños suelen tener un bajo rendimiento escolar. Las niñas son un grupo de riesgo, porque pasan más desapercibidas y tratan de integrarse. Además, los padres suelen pensar que sus hijas son muy trabajadoras pero no creen que tengan una inteligencia superior».
Montes Plaza reconoce que existen programas puntuales para superdotados y talentosos, pero que no dejan de ser «pequeños parches». Por ello, demanda adaptaciones curriculares. «Hoy, si hay suerte, aceleran el curso de los chavales, pero no se les hace un seguimiento», lamenta el presidente, quien recalca que «no son niños problemáticos, los problemas surgen porque no se les atiende adecuadamente y están abocados a educarse en un ambiente hostil, donde los machacan».
La falta de diagnóstico de estos niños les conduce al fracaso escolar, pero, como aprecia Montes Plaza, no sólo «se está perdiendo un potencial, una capacidad, un talento que afecta y daña principalmente al niño, sino que también afecta a la sociedad». La inteligencia que no se ejercita se pierde. Muchos de los niños talentosos llegan a cursar estudios superiores, pero la historia se repite. No hay datos sobre el número de superdotados en la Universidad española, que cuenta con millón y medio de alumnos, pero los expertos estiman que cerca del 1 por ciento lo son, es decir, 14.233. Otros 14.000 no cursan ninguna carrera.
Altas capacidades
Sólo ocho centros de Educación Superior tienen asignaturas de doctorado sobre altas capacidades en las facultades de Educación y Psicología. Entre ellas se encuentra la Universidad de Navarra. Javier Tourón, profesor de Psicología de este centro, recuerda que la «fuga de cerebros» empieza en la escuela: «El sistema educativo español ha olvidado que su objetivo principal es la excelencia. Los planes se organizan por edad y no por capacidad, y muchas mentes no se desarrollan todo lo que podrían. A nadie se le ocurre que un niño con retraso aprenda como los demás, y con los superdotados debería pasar lo mismo».

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