No olvidaré la visión de mi padre esposado

El barrio barcelonés del Raval, en el que reside la mayoría de los 15.000 paquistaníes afincados en Barcelona, intentaba ayer pasar página tras la jornada del pasado sábado, en la que saltó a primera página de los periódicos por ser el escenario de uno de los golpes más contundentes en España contra el terrorismo islamista. La expectación mediática no ayudó.

Unos metros más allá de la mezquita en la que se produjeron las detenciones, en pleno corazón del Raval -antes conocido como Barrio Chino- , Naveed Ayub, hijo de Muhammad Ayub, uno de los 14 arrestados en la operación, relató ayer a ABC cómo vivió los hechos.
«Es una confusión terrible» «Es imposible que mi padre esté relacionado con una red islamista. Es una confusión terrible. Estoy convencido de que pronto le dejarán en libertad y nos pedirán perdón por todo lo que estamos pasando», decía indignado.
Naveed vive desde hace años con sus cuatro hijos, su hermano Nadime, y sus padres en un piso situado en la Rambla del Raval, eje neurálgico del barrio y donde se encuentran instalados muchos comercios de gente de su comunidad. Naveed Ayub asegura que las pruebas contra su padre no son contundentes y que éste, ya jubilado y dedicado en pleno a su familia y a la religión, no tenía contacto directo con todos los detenidos. «Las fotos sólo demuestran que la Policía encontró cables y algunas pilas. Estos cables son los que utiliza la gente que vende en las Ramblas para realizar estatuillas para los turistas», dijo el joven. Al ser preguntado sobre el resto de material incautado, Naveed prefirió no pronunciarse.
Este joven paquistaní asegura que tanto él como su familia llevaban una vida normal y estaban perfectamente integrados en España. «Mi padre lleva aquí más de 30 años y ha tenido varios trabajos. La gente le respeta porque le conoce», afirma. Según relata, el detenido, de 63 años, estuvo empleado durante muchos años en un negocio de la calle Fontanella, próximo a la plaza Cataluña. Naveed, que ahora ejerce de taxista, también ha tenido varios empleos. «Trabajé durante siete años de cocinero y después seis más en una tienda de ropa de la calle de la Cera».
Él y su hermano Nadime, que regenta una pastelería muy cerca del domicilio familiar, en la confluencia de la calles Hospital y Riera Baixa, no pueden borrar de su cabeza la imagen de su padre esposado entrando en la pastelería. «Fue el sábado a las siete de la tarde, entró con las esposas y la cara descubierta como si fuera un delincuente. Estaba desanimado. Nunca olvidaré su mirada», dijo Nadime Ayub a este diario. Explica que en abril cumplirá 40 años y nunca se ha sentido tan mal como ayer. «No es lógico que lo llevaran a cara descubierta, con un español no lo hubieran hecho nunca», denunció. Durante el registro en la pastelería los agentes se llevaron dos ordenadores, un ejemplar del Corán y varios pasaportes de compatriotas.
Un imán entre los detenidos Nadime desveló que otro de los detenidos es el imán Sheikh Mirza Maroof, que llegó a Barcelona hace tres meses. Según Ayub, el detenido instruía en el islam en la mezquita de la calle Hospital y también recibía clases de castellano y catalán en diversos centros del Raval. Entre los arrestados figura también, según Nadime Ayub, «un indio llamado Jamal».
El padre de Nadime acudía muy a menudo a la mezquita de la calle Hospital, aunque fue detenido en la de la calle Massanet. El presidente de la asociación Camino de la Paz, Mohammad Iqbal, admitió ayer que conocía a cinco de los detenidos. «Son gente de la corriente Taglib y la mayoría llevan muchos años en España. Sólo son predicadores itinerantes de la fe», apuntó Iqbal, quien añadió que «me cuesta pensar que pueden estar relacionados con actos violentos». Otro paquistaní, amigo de uno de los detenidos, prefirió mantenerse en el anonimato. Quiso, sin embargo, dejar claro que «no es justo que a la gente con fe se la identifique siempre con radicales».
La mayoría de los paquistaníes consultados por ABC coincidieron en que «hechos como éste no ayudan a fomentar la integración». Este barrio multicolor celebró ayer precisamente la Jornada Mundial de las Migraciones. En los aledaños de la plaza del Raval, colectivos de inmigrantes filipinos, latinos y árabes hacían ayer auténticos esfuerzos para recuperar la normalidad. Ni el chocolate, ni la comparsa lo lograron.
«No todos somos iguales» «No es justo que se juzgue a todos los paquistaníes por igual. La mayoría venimos a trabajar», dijo Jahokk, propietario del supermercado Pakissta de la calle Riera Alta. En el locutorio de la Rambla, Aftab, de 33 años, recuerda: «Es una pena que sucesos como este estigmaticen a una comunidad».

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