La maquinaria Clinton contra Obama. La doble cara del Partido Demócrata

Detrás de los elogios mediáticos a Barack Obama y a Hillary Clinton se esconde una lucha feroz por parte de los Clinton y la maquinaria del Partido Demócrata por echar a patadas a Obama de la carrera presidencial. En eso, los Clinton y sus seguidores progresistas -incluidos los reverendos negros que se dicen seguidores de Martin Luther King, Jr.- hacen piña. El triunfo de Obama sería poner en evidencia la farsa de varias décadas que nutre a la izquierda norteamericana y su supuesto apoyo a las minorías. Ahora era el momento con Obama, pero no les interesa. Es la doble cara del Partido Demócrata.

Cualquiera que haya seguido la política norteamericana y, en concreto, las andanzas del Partido Demócrata no puede llamarse a engaño. Estos que se llaman progresistas y que tanto se enorgullecen de ser anticonservadores –los “Liberal Democrats”- sufren una patología interna no sólo en lo moral, sino también en lo ético. Lo vimos a finales de los sesenta y ya desde los setenta con personajes como George McGovern, luego Jimmy Carter y ya hasta hoy con la maquinaria del Partido Demócrata engrasada cada día por los Clinton. Se trata, supuestamente, del partido defensor de las minorías y de los derechos civiles de los negros. Nada de eso. Algún día habrá que contar el importante papel del Partido Republicano para aprobar esos derechos y la turba segregacionista de políticos demócratas como James W. Fulbright -mentor de Bill Clinton- o antiguos kukluxklaneros como el actual senador demócrata Robert Byrd.

Cuando resulta que en estas elecciones presidenciales de 2008 sale a la palestra Barack Obama -el primer político negro en Estados Unidos con posibilidades reales de optar a ser el candidato presidencial por el Partido Demócrata- las cosas ya no gustan tanto en el seno de la progresía norteamericana alojada en ese partido. Es por eso que la inmediata reacción del perverso aparato político de los Clinton sólo busca destruir a Obama, pero no con ideas o debates, sino con ataques personales incluidos algunos de talante racista. Al inicio, a los Clinton les importaba poco que Obama fuera un aspirante en la carrera presidencial porque lo veían como un peso menor, un advenedizo sin opciones. Conforme crecen las posibilidades de Obama y su popularidad supera a la de la Hillary Clinton, entonces el objetivo es terminar con él como sea.

Se deduce entonces que si realmente el Partido Demócrata creyera en sus falsas promesas en favor de las minorías y cumpliera todo lo que dice respecto a su apoyo a la comunidad negra o “afro-americana”, entonces –por lógica- debería haber un movimiento serio para apoyar a Obama desde el mismo seno del Partido Demócrata. Pero nada de eso. O muy poco. No se trata de sugerir que Hillary Clinton o John Edwards dejen paso en la carrera presidencial a Obama para probar su verdadero apoyo a estos grupos minoritarios. No planteamos eso. Se trata simplemente de no utilizar tácticas sucias para atacar particularmente a Obama como ya se ha hecho repetidamente desde el cuartel de los amos mayores, los Clinton, o sea quienes siguen mandando en el Partido Demócrata.

Y es que a estos “Liberal Democrats”, a estos progresistas del Partido Demócrata les importa un bledo lo de las minorías. Es todo vana palabrería para aparentar un buenismo artificial que luego les permite mantenerse en el cargo y atacar a la derecha conservadora y llamarla racista, homófoba y toda la ristra conocida de disparates infundados. Basta ir a la historia. Por eso, cuando Obama acecha con su posible avance en las primarias, los Clinton y su maquinaria –incluido el acomodado sector de aprovechados políticos negros como Jesse Jackson y Al Sharpton, además de parlanchines como Bob Kerrey- atacan a Obama sacando trapos sucios aquí y allá. No es cuestión ya de mera política, sino de un meditado esfuerzo por echar al atrevido negro Obama de la carrera presidencial. Faltaría más.

Desde luego, la derecha conservadora norteamericana intentará que Obama no gane, y hará bien porque el Senador de Illinois muestra importantes lagunas en su ideario. Pero esa oposición se realizará -cuando se dé el caso, si es que a Obama le dejan avanzar sus correligionarios de partido- sobre el sano debate de los temas que interesen a los ciudadanos, no sobre ataques personales o escondidas descalificaciones raciales o personales –como ya han hechos los Clinton y sus “esclavos”-. Tal es una de las muchas diferencias entre el Partido Republicano y el Partido Demócrata, al menos en lo que se trata de defender los principios y responder en la práctica por ellos.

Lo paradójico del tema es que Si Barack Obama acabara ganando la nominación de su partido y aun la presidencia, esa sería la peor cosa que le podría ocurrir al Partido Demócrata porque su falso argumento de que Estados Unidos es un país racista, se caería por la borda. El tenderete de negocio montado por los Clinton en comparsa con los negros Sharpton y Jackson sobre el tema de la discriminación racial quedaría en evidencia y la doble cara del Partido Demócrata también. Porque Obama habría llegado a la Casa Blanca sin tener que pagar peaje, ni dádiva, ni favores ni a los Clinton ni a esos hipócritas reverendos de la negritud anidados en el Partido Demócrata y siempre a las órdenes de sus amos de Arkansas. Y todo para guardar el puestecito, aunque sea incluso a costa de ir contra otro hermano negro como Obama.

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