La digitalización de las ‘chuletas’ pone en jaque a la Universidad

Los móviles han dejado obsoletas las técnicas tradicionales

Los estudiantes invierten hasta 900 euros para sacar buenas notas sin estudiar

Son las siete de la mañana. Los moradores de un piso de estudiantes apuran las horas antes del examen. ¿Estudian? En el cuarto de baño, el examinado, como si del sacerdote de un culto arcano se tratara, se afeita el pecho y adhiere a su piel un pequeño micrófono mientras repite: “Probando. Probando. ¿Me oyes?”. La red de espionaje llega hasta la universidad. “Alto y claro. En el aula hay cobertura completa. ¿Qué tal me oyes tú?”.
El examinado se sonríe. El auricular es tan pequeño que es incapaz de detectarlo en su propio reflejo. Sabe que el examen le saldrá perfecto. “¡Y sin haber pegado palo al agua en todo el año!”.

Los estudiantes comenzaron a copiar el mismo día que se inventaron los exámenes. Ya en algunas estelas sumerias se describe el castigo –50 latigazos– que el alumno podía recibir si incurría en alguna falta deshonesta con el profesor. Desde entonces, se han inventado todo tipo de artimañas para engañar a los docentes: copiar a otro alumno más estudioso, notas correosas en el dorso de la siempre sudorosa mano, larguísimas lecciones miniaturizadas en chuletas, el bolígrafo tallado con los hitos de la dinastía Antonina.

Pero la aparición de los teléfonos móviles y otros gadgets han terminado por dejar obsoleta estas técnicas: En la actualidad la tecnología es la mejor aliada de los alumnos para obtener el anhelado e inmerecido resultado académico. El uso de las telecomunicaciones para copiar en los exámenes no es nuevo: ya en los años 30 era práctica habitual que los alumnos intercambiasen información utilizando sus plumas para emitir mensajes en código Morse.

Sin embargo, la tecnología ha evolucionado y, en la actualidad, el teléfono móvil y el célebre auricular –dígase lentejita o pinganillo– no es sólo un recurso de los alumnos más perezosos sino también es un lucrativo negocio. Según La Tienda del Espía, las ventas de estos artilugios se multiplican por 20 en los meses de junio y agosto.

El kit completo compuesto por auricular –prácticamente invisible– y micrófono para colocar bajo la camisa cuesta 650 euros. Algunos lo utilizan para su uso exclusivo. Otros, los más oportunistas, además lo alquilan. No es difícil dar con los usuarios del pinganillo. La mayoría se vanagloria de su picaresca. Es el caso de Fernando, licenciado en Derecho y un maestro del intrincado arte de copiar con pinganillo. “Es fundamental no hablar y mentalizarse de que nadie oye lo que te dictan. Yo me sentaba al lado del profesor para que quien me soplase las preguntas las oyera. Si no las dictaba, yo le preguntaba hasta que me la explicaban en voz alta”.

Tan importante como contar con un buen equipo y estar coordinado con el ayudante, es no pecar de soberbia. “Hay que evitar levantar sospechas. Si nunca vas a clase, no puedes sacar una matrícula de honor, basta con aprobar. Yo me licencié gracias a este sistema, pero menos mal que ya he terminado porque creo que ahora ponen inhibidores de frecuencia para anular la cobertura del móvil en las aulas”, relata Fernando.

El fabricante

Junto a la figura del copión sin escrúpulos está la del negociante. Eduardo Hernando es responsable de SOS Espías, hace más de 10 años que registró las marcas Pinganillo y Chuleta Electrónica. Hoy no sólo fabrica y surte a tiendas de toda España, sino que también exporta.

Este empresario aragonés comenta que lo que comenzó como un negocio orientado a escoltas y otros profesionales de la seguridad, pero se ha convertido “gracias a internet” en un boom entre clientes particulares. Hernando prefiere no detallar el porcentaje de ventas que efectúa entre estudiantes, aunque deja claro que no son pocos los “alumnos avispados” –así los califica él– que solicitan sus productos.

El nombre de su web no deja lugar a dudas, http://www.chuletaselectronicas.com, y los comentarios que en ella encontramos no pasan desapercibidos. Por un lado explica que sus equipos son “ideales para preparar exámenes, escuchar apuntes o estudiar oposiciones”. Por otro lanza una irónica advertencia: “Copiar en exámenes queda prohibido por el fabricante”.

Entre unos y otros mensajes comerciales, la distribuidora expone un catálogo con 12 gamas distintas de pinganillo que pueden solicitarse “las 24 horas del día” por teléfono. Los hay de entre 300 y 960 euros: “A partir de 700 euros tienes un dispositivo para el oído totalmente invisible y un transmisor que asegura la comunicación total con el ayudante aunque esté a kilómetros de distancia y haya inhibidores en el aula”, detalla Hernando.

¿Cuánto se llega a invertir por asegurar el aprobado? “La mayoría opta por la gama más alta: el que se la juega quiere calidad y arriesga lo mínimo”, asegura el experto. Luego, basta echar un vistazo por internet para descubrir que la inversión de los alumnos suele ir acompañada de la picaresca.

El ‘copión’ negociante

En torno a Fernando y Pedro, dos expertos del aprobado fácil, se formó una compleja red de copiones tecnificados. Después de invertir buena parte de sus ahorros en el pinganillo, sacaron provecho académico y, a su vez, formaron una especie de Cofradía de Monipodio para el uso y explotación del artilugio. Admiten además que la trama del copión se convierte en un círculo vicioso.

Pedro, licenciado recientemente en Empresariales, incluso incurría en delito: “Yo he terminado la carrera con el pinganillo. Aunque ni siquiera hacía el examen porque se presentaba éste –señalando a su socio–. Yo imaginaba que todo el mundo sospechaba de mí”.

Fernando, más profesional, aconseja: “También es importante que no haya micrófono en el atril de la clase, porque el pinganillo se acopla y entonces te pillan seguro. Nosotros siempre íbamos una hora antes y nos cargábamos todos los enchufes de la sala. Hay que asegurarse que no haya más gente con pinganillo porque puede haber interferencias”.

Tras probar el éxito del ingenio comenzaron a alquilarlo a otros alumnos por 90 euros. “Siempre a gente de confianza”, aclaran. Así, comentan ufanos, que hace ya mucho tiempo que lo han rentabilizado, y con bastante margen de beneficio.

Qué dice la autoridad

Las universidades no parecen preocupadas por la cantidad de alumnos que reconocen copiar. “No hacemos nada en especial. Lo profesores suelen hacer los exámenes con un ayudante. Se obliga a los alumnos a dejar todas sus cosas en la entrada de la clase”. ¿E inhibidores de onda? “No. No tenemos”, admiten desde la Francisco de Vitoria, y es la respuesta común entre todos los centros encuestados.

Tampoco hay medidas establecidas para cuando se sorprende copiando: “Lo normal es que el profesor expulse al alumno del examen y pierda la convocatoria. No se suele llevar más lejos el problema, ni conlleva otro tipo de castigo. Sólo en casos reincidentes se podría barajar la expulsión temporal”.

Nada que ver con la consecuencias que puede tener un acto similar en EEUU, donde el alumno puede ser expulsado para siempre de la Universidad, o en China, que incluso ha pensado tipificar como delito este comportamiento.

En nuestro país, muchos profesores restan importancia al asunto. “Se ha hecho toda la vida y no creemos que las nuevas tecnologías estén produciendo copias masivas”, opina José Manuel Vera, vicerrector de alumnos de la Universidad Rey Juan Carlos.

Pese a que los porcentajes de alumnos que admiten copiar superan en la mayoría de los países el 50%, España es sin duda el país más permisivo con los estudiantes que son sorprendidos haciéndolo. En 2004 a más de 4000 británicos se les suspendió la totalidad de las materias de un semestre. Mientras, nuestros vecinos franceses parecen tomarse este asunto muy en serio. El alumno que es descubierto no puede volver a presentarse a ningún examen durante cinco años.

España, país permisivo

Ted Kennedy, hermano de los malogrados Bobby y John Fitzgerald Kennedy, y senador por el estado de Massachusetts, fue expulsado de la Universidad de Harvard en 1951, al descubrirse que para aprobar sus exámenes de español se hacía suplantar por otro estudiante. No pudo retornar hasta cinco años después. Todavía muchos de sus oponentes políticos se lo recuerdan.

Las consecuencias para los copiones célebres españoles no son tan drásticas. Olvido Gara, Alaska, siempre ha presumido de haber aprobado copiando. Mientras que a Paloma Rocasolano, madre de Doña Letizia, sólo le corrió una convocatoria cuando fue sorprendida con una chuleta en un examen de Historia de Grecia en la UNED.

En efecto, en España parece que copiar es parte de la picaresca nacional, incluso puede decirse que muchos lo ven con simpatía. Es común, además, que aquellos que han logrado acabar la carrera mediante este tipo de artimañas presuman de ello, e incluso se consideren más listos por “no haber perdido el tiempo estudiando”.

Sin embargo, muchos olvidan que el expediente académico define muchas trayectorias profesionales. La mayoría de las empresas que acuden a las universidades en busca de savia nueva se fijan en las calificaciones. Un estudiante que no ha pegado palo al agua puede desplazar a otro que ha luchado con horas de estudio y esfuerzo académico.

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