UN HECHO REAL: El poder de las sectas.

Cuando una persona se vuelve vulnerable, es cuando más necesita de los suyos y requiere sentirse protegido por ellos.
Hace ya muchos años perdí a mi hermana pequeña en un accidente de tráfico, yo iba conduciendo la moto por lo que siempre me culpé a mi misma de todo lo que pasó.
Mis padres me apoyaron en todo lo que fueron capaces, pero me hundí en una depresión de la que no veía salida.

Con el tiempo me aconsejaron apuntarme a un grupo de auto ayuda y pensé que no podía perder nada. Durante las primeras sesiones conocí a un chico un poco mayor que yo, bastante misterioso.
Apenas hablaba sobre sus experiencias, más bien se dedicaba a escuchar con demasiada atención.

Para mi el grupo de auto ayuda no cumplía su función, yo seguía sumida en mi depresión y cada vez con menos esperanzas de volver a sonreírle a la vida.
Un día en medio de uno de los descansos, el chico misterioso se acercó a mí y se presentó. Con educación le dije que no me sentía dispuesta a entablar amistad con nadie, pero el lejos de marcharse se quedó mirándome con compasión.

Comenzó a hablarme de algo a lo que el llamaba su familia, un grupo de personas que se auto ayudaban y prestaban atención a cualquiera que tuviera problemas. Me habló de lo importante que es la unión y el amor para superar los problemas más difíciles.
A medida que avanzaba su discurso iba enfocando mi atención sobre sus palabras.

Me comentaba que a veces una forma de redimir la culpa es ayudando a otros a redimir la suya propia. Aquella frase despertó en mi un deseo enorme de conocer la historia de esas personas, de saber más, quizás ellos podrían ayudarme.
Tenía miles de preguntas que hacerle y me invitó ese fin de semana a una de sus charlas conjuntas, una especie de debate donde aclararían mis dudas.

No estaba segura de lo que estaba haciendo, pero la necesidad de salir de aquel pozo sin fondo en el que se había convertido mí día a día se hizo más fuerte que la duda.
Ese mismo fin de semana hice mi pequeña maleta y me fui al seminario. Era en una pequeña casa de campo, cuando llegué allí me recibieron entre abrazos y frases de apoyo, estaba un poco sorprendida por la confianza con la que trataban a todos.

Nos hicieron pasar al salón de la casa, enorme por cierto, donde nos invitaban a sentarnos en el suelo sobre las alfombras y unos cojines bastante cómodos.
Nos ofrecieron algo para beber y un par de folletos explicativos sobre los temas a tratar en el seminario.

El alegre bullicio de la sala no se me hacia molesto mientras leía el folleto, lleno de referencias hacia el amor, la fraternidad, el apoyo mutuo, las buenas obras, formas de auto ayudarse ayudando a otros que se me hacían bastante atractivas.

El silencio inundó la estancia cuando el apareció, era un hombre alto, mayor, su barba larga y blanca parecía muy bien cuidada. Su mirada era intensa y llena de vida. Me di cuenta de como a su paso la gente se quedaba cautivada con el, tenía el porte de cualquier líder político que se precie.

Comenzó a hablar, su voz era profunda y fuerte, cargada de seguridad. Durante todo el tiempo que duró la charla me sorprendió como la gente le prestaba atención, todos inmóviles no desviaban su mirada de el y no perdían el hilo de ninguna de sus palabras.
Yo por mi parte me sentía tranquila, una sensación de bienestar se había apoderado de mí y yo no me resistía a ello.

Nos habló de que su comunidad se dedicaban a recoger a los jóvenes que habían destrozado su vida con las drogas, los sacaba de ella y los reintegraba en lo que ellos llamaban su familia. Muchos pedían la palabra para contar entusiasmados y con lágrimas en los ojos, como fueron ayudados y devueltos a la vida.

Pasé allí todo el fin de semana y me di cuenta que aquella gente me había devuelto algo que perdí, la esperanza.
Una vez en casa, sentía la necesidad de volver, de quedarme con ellos, de ofrecer mi ayuda y mi amor a todos los que como yo, lo necesitaban.

Mi familia se preocupó, me decían que les resultaba sospechoso todo aquello, me prohibieron acudir a mas reuniones, pero no les escuché, les recriminé que ellos no querían que me recuperara, que no se entrometieran en mi vida.
Esa misma tarde llamé al chico del grupo de auto ayuda, quería quedarme con ellos.

No puso ningún problema, al día siguiente con un poco de ropa y algún neceser personal, me fui con el a la casa de campo. El mismo orador me recibió con un abrazo y me dio la bienvenida a mi nueva casa, con mi nueva familia.
La ilusión se desbordaba por cada uno de los poros de mi piel.

Me costó un poco acostumbrarme a la rutina diaria, las mujeres trabajamos en la casa, haciendo de comer a nuestros hermanos y cuidando de los niños pequeños, lavando y limpiando.
Los hombres cuidaban de un huerto precioso que teníamos y de los animales, había un granero y poseían varios terrenos para pastar.

Rezábamos y escuchábamos las lecciones del orador y dos veces a la semana íbamos a dar comida a los pobres.
Todo aquello me parecía un sueño, me sentía feliz ayudando a mis hermanos y cada día recobraba un poco más de fuerzas para seguir adelante.

Me deshice de todos mis bienes, todo el dinero que tenía lo doné a la comunidad y vendí mi casa y mi coche para ayudar a pagar los gastos.
Mi familia trataba de contactar conmigo pero yo no era capaz de perdonarles por no haber confiado en aquellas personas que tanto bien estaban haciendo por mí.

Pero mi sueño se truncó una tarde, en la que nos visitó un médico amigo de la comunidad. La curiosidad pudo conmigo y trate de preguntar por que estaba aquí, a que había venido.
Nadie me respondía, todos guardaban silencio, la preocupación se hizo latente y por más que buscaba una respuesta nadie me la quiso dar.

Esa noche una hermana entró en mi habitación y lo que me contó me parecía imposible. Me confesó que el médico había venido por que uno de los niños había tenido un desgarre anal y necesitaba atención.
Por un momento en mi cabeza traté de buscar una respuesta lógica a sus palabras, me resistía a pensar que estaban ocurriendo ese tipo de cosas.

Discutí con ella, la llamé blasfema y la increpé por hablar así de la comunidad, ella me miró fijamente y calló mi voz con una frase “te daré las pruebas, sígueme”.
Ambas salimos de la habitación en silencio, me temblaba todo, estaba demasiado confusa como para mantener la calma.

Me condujo hasta la sala de los rezos donde se nos prohibía entrar pues era la habitación del orador y sólo aquellos designados por el podían permanecer allí.
Nos acercamos con sumo sigilo y al acercarnos a la puerta, podíamos escuchar distintas voces, algunas de adultas y otras de niños.

Un sentimiento de irá nubló mi capacidad de razonamiento y de una patada abrí la puerta. lo que vi en aquella habitación era escalofriante, no tengo palabras para describir aquello. No podía creer como durante tanto tiempo se me había ocultado tal atrocidad, como había estado tan ciega.

En ese momento me di cuenta de donde me había metido, de como había arruinado mi vida y ayudado a otros a arruinar la de esos niños.
Me persiguieron hasta mi habitación, donde trataron de convencerme que las enseñanzas nos hablaban del amor y que aquello no era pecado.
Que yo aún no estaba preparada para alcanzar esa etapa.

En un momento de lucidez, les convencí de que aceptaba su explicación y que necesitaba descansar.
Casi al amanecer sin nada más que mi pijama, me escapé de allí. Anduve unos pocos kilómetros por la carretera, hasta que un coche me recogió y me llevó al pueblo más cercano.

Desde la comisaria de aquel lugar llame a mis padres que enseguida vinieron a por mí. La policía me explicó que llevaban tiempo tras ellos, que tenían a varias personas infiltradas dentro para conseguir las pruebas necesarias y cogerlos a todos.
Me mandaron a casa con la promesa de que testificaría si se producía un juicio contra ellos.

Pero nunca me llamaron, ya han pasado algunos años y lo único que se de aquel lugar es que ahora esta abandonado, poco tiempo después de aquel suceso huyeron a otro lugar, pero la policía les siguió la pista.
Por un lado dicen que la comunidad se deshizo y por otro dicen que se dividió en pequeños grupos para poder pasar desapercibidos.

Yo por mi parte con la ayuda de mi verdadera familia pude superar mi depresión pero aún hoy cada noche, me asaltan a la mente las imágenes de aquel día.
Y sólo puedo decir, que cuando más perdido te sientas, cuando no encuentres una salida, la gente que de verdad te quiere, tu familia y tus amigos, siempre estarán allí para echarte una mano.

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