En casa con un enfermo mental

Las familias que conviven con personas con patología mental aseguran estar «desbordadas» por la falta de ayudas ? Denuncian el desconocimiento de estas dolencias y el retraso en la atención

No todas las familias son capaces de cuidar a estos enfermos, pero sólo hay dos caminos: o en casa o en la calle.

Para la mayoría de ellos, la enfermedad se presentó casi sin avisar. No sabían lo que les pasaba, como tampoco las personas de su entorno que, desesperadas, llamaban a una puerta tras otra para buscar respuesta. Por fin un diagnóstico: esquizofrenia, trastorno bipolar, trastorno límite de la personalidad… A partir de ese momento, lo más complicado: poner los pies en el suelo, asimilarlo y actuar.
Sin embargo, cuando gracias al tratamiento la normalidad vuelve al hogar, la incomprensión de la sociedad golpea sobre las cicatrices que parecían sanar. Carmen ha sentido como suyos los golpes con los que la sociedad ha fustigado a su hijo. Hace 20 años éste tocó fondo tras convivir durante demasiado tiempo con los malos tratos. De buenas a primeras cambió de carácter e incluso imitaba a su padre. Desesperada, removió Roma con Santiago para poder atenderle y ayudarle de la forma adecuada. Se volvió un «ratón» de biblioteca e incluso hizo un curso de auxiliar de clínica en el madrileño sanatorio de Ciempozuelos: «Quería saber en qué condiciones se quedaría mi hijo cuando yo no estuviera». Convertida en una «experta» y ayudada por sus muletas ha estado día tras día al pie del cañón: «Salvo en una ocasión, en 20 años no he encontrado a nadie que me preguntara si me podía ayudar».
Incomprensión
Para ella, los efectos secundarios de la medicación son una bendición comparados con la incomprensión de la calle: «El mayor lastre es que se rían de mi hijo, tanto en la calle como en los medios de comunicación y en las series de televisión. Tendría que haber una campaña de sensibilización al respecto». Otra de las cosas que le aterran es la soledad: «Es tremenda, es lo peor que puede pasarles a estas personas. No tienen amigos, no tienen a nadie… Hay mucha solidaridad para otras cosas, pero nada para ellos». Con el paso de los años, y gracias a los profesionales de la asociación a la que acude, su hijo se ha convertido en un profesional de la forja: «Antes llegó incluso al autismo, ahora habla, tiene amigos, juega al fútbol». «Para mí, mi hijo no es mi obligación, es mi devoción», concluye.
Araceli también ha aprendido a sobrellevar el problema desde que a su marido le diagnosticaron una enfermedad mental. No obstante, denuncia que «las familias nos encontramos desbordadas, no se han creado recursos suficientes. La salud mental no es sólo ir al psiquiatra una vez al mes, hacen falta muchas más cosas». Cuando todo se desencadenó, Araceli no sabía ni que existía la salud mental: «Tenía mucho miedo, no sabía cómo afrontar el problema». Después de años informándose, consiguió normalizar la vida cotidiana. También denuncia los perversos efectos del estigma. De hecho, muchos allegados se quedaron por el camino. Su principal reivindicación es que se permita a estas personas desarrollarse de cara a la sociedad y que no tengan que limitarse a tomarse la medicación y sentarse en el sillón.
José María Sánchez, presidente de la federación de Familiares de enfermos mentales Feafes, denuncia el desconocimiento sobre todo lo que rodea estas patologías y el retraso que existe en la atención. A su juicio, se trata de un problema grave que afecta a muchas personas aunque no sea visible. Y lo peor está por venir. «La situación se va a desbordar». Uno de los tópicos que más le molesta es el de asociar enfermedad mental con violencia. En cuanto al papel de la familia, reconoce que es fundamental para el tratamiento de las personas aquejadas por estas enfermedades. De hecho, el 22 por ciento de los denominados sin techo las padecen. Asegura que, con la debida medicación y atención, pueden desempeñar cualquier trabajo que se propongan. De hecho, conoce casos en que los compañeros de estos enfermos -con un nivel de autoexigencia que roza el estrés- han tenido que pedirles que no pisaran tanto el acelerador. Según él, la «salud mental es un problema, pero lo importante es que se puede tratar. Un alto porcentaje de estas personas pueden ser recuperables, como otra patología cualquiera».
Silvia Monge es la gerente de Afemen, una asociación que tiene en marcha en la provincia de Cádiz numerosos programas enfocados al desarrollo de las personas que sufren enfermedades mentales. Talleres, charlas, actividades deportivas y atención a la familia son algunas de las fórmulas para paliar las carencias de este colectivo. Monge también reconoce las dificultades de las familias para ayudar a sus enfermos: «Al principio lo pasan muy mal, hay muy poca información, no lo asimilan. Llaman a muchas puertas, a muchos médicos, dan muchos rodeos hasta asimilarlo. La primera fase es muy dura». Con el paso del tiempo, la situación varía radicalmente: «Al final se convierten en expertos de las enfermedades. La familia es una parte muy importante para rehabiltar al enfermo». Para la responsable de Afemen la incomprensión de la sociedad es sangrante: «Hay poca información, y la poca que sale es por casos trágicos. No son agresivos, todo lo contrario. Es el mayor problema con el que se encuentran y que les cierra puertas a nivel personal, formativo y laboral».
Aprovecha la ocasión para lanzar un mensaje de esperanza: «Hay que perseverar. La familia viene con la idea de que se le va a arreglar el problema en dos días. La familia tiene que ser activa, concienciarse de que tienen que participar, luchar y reivindicar».

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