Adolf Hitler en un hotel

Un nuevo hotel de la capital serbia ofrece habitaciones con líderes del siglo XX

Adolf Hitler es el mal y ella lo sabe. No sé si a ella le fascina el mal – parece una buena chica-, pero sí detecto que está muy atenta a la expresión que pone el cliente al entrar en la habitación 501.
Intento no darle el placer que ella busca: inspecciono el amplio baño, abro el frigorífico y repaso la salita y el sillón como si el Führer no existiera, como si su mirada no asfixiara con su gas todo el aire de la habitación.
– Main attraction, main attraction…suelta la recepcionista al observar satisfecha cómo el cliente, tras un difícil pulso interno, clava finalmente su mirada en el óleo y acaba succionado por la imagen de Hitler-.
Me acerco al cuadro. La factura es mediocre. Está pintado por un tal Robert Kalmarevic, y lo más inquietante del asunto es que lo hizo en el año 2000 y este hotel sólo tiene pocos meses. ¿Para qué pintó hace ocho años al Führer?¿Para quién?

La recepcionista se va feliz y me quedo solo frente al austriaco. Pienso en la carta que Abraham H. Foxman – superviviente de la shoah y director de la Liga Antidifamación- acaba de enviar al hotel: “Promocionar la oportunidad de dormir bajo el retrato de Hitler denigra la memoria de los que murieron en el holocausto, que en Belgrado incluía a judíos, serbios y gitanos”.

Y creo, justamente como este superviviente, que la idea de esta habitación – aunque no sea la intención del Mr. President Design Hotel- es “inapropiada y profundamente ofensiva”.

La del Führer – la más solicitada- cuesta 129 euros y es una de las diez suites del hotel, como la Teodor Ruzvelt o la Silvio Beluskoni.Tampoco tiene desperdicio la suite Putin, con esa mirada tan cortante que parece decir: ¿pero de verdad os creéis que voy a dejar el poder?

Pero la habitación más cara, la penthouse,es la del mariscal Josip Broz Tito. Provoca mucho menos yuyu que la de Hitler, tiene jakuzzi en medio de la sala y hasta el 1 de marzo está de oferta: 330 euros la noche en lugar de los 450 habituales.

En el folleto que hay sobre la mesa se insiste en lo de “Design Hotel” hasta la horterada. El desplegable nos informa – por si no nos habíamos enterado- de la creciente tendencia mundial a construir hoteles de diseño “desde que Philippe Starck hizo el primero en Londres” – si Starck viera este le daría un ataque-, y que “nosotros hemos hecho el nuestro, serbio”. Un hotel – todo hay que decirlo- con el personal impecable y simpático.

Cae la noche, y para ventilar un poco este espacio enchufo en el ordenador el poema sinfónico La caída de Berlín de Dimitri Shostakovich mientras leo un sorprendente relato de Daniïl Kharms, el escritor ruso represaliado por Stalin – que todavía no tiene adjudicada una habitación- y que murió de hambre durante el primer invierno del bloqueo nazi de Leningrado.

“Mi opinión sobre los viajes – leo echado en la cama- es breve: si viajas, nunca vayas excesivamente lejos porque, si lo haces, verás tales cosas que después serás incapaz de olvidarlas”…

Miro al Führer antes de sumergirme en las sábanas y pienso en la fascinación por el mal: es algo muy estudiado por la psiquiatría y que – mucho me temo- explica media historia de la humanidad. Hay una fascinación y hay una banalización del mal. ¿Cuál de las dos cosas explica esta habitación? ¿Cuál de las dos cosas es peor?, me pregunto cerrando la luz para dormir: las estrellitas de colores y los focos se apagan y sumergen a Hitler en la oscuridad. Ya no veo su bigote. Pero el bigote sigue ahí. Sobre los cojines. Sobre mis sueños…

La luz de la mañana revienta la habitación: la ventana sobre Belgrado es inmensa y, saliendo de la ducha, la imagen del Führer se contempla unida al perfil de la ciudad que él ordenó arrasar. Eso hace la luz del Danubio todavía más extraña.

Duchado, vestido y asombrado, pongo otra vez la música de Shostakovich y La caída de Berlín inunda de nuevo la habitación 501. Me echo sobre las sábanas arrugadas de la cama y medito sobre esta situación.

He dormido por el mundo sobre colchones bombardeados, pienso inquieto, pero nunca había dormido echado sobre un dilema moral. ¿Es correcto pasar la noche en esta habitación para hacer una crónica? ¿Aunque sea para denunciar la misma habitación donde el reportero ha dormido tan profundamente?, me pregunto algo perturbado, hasta que alguien llama a la puerta y me rescata del tormento…

Es el servicio de limpieza.

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