Hecho real: Aguanté por necesidad

Las razones por las que me decidí a contar mi historia, son por que pienso que a pesar de que sabemos que esto esta ocurriendo, no conocemos la peor parte, lo que sentimos las afectadas, ni sabemos los detalles más escabrosos de cada vivencia, por que no son cosas que nos guste contar, aunque pienso que es necesario.
Mi historia comenzó hace ya algunos años, estaba en una época bastante dura, mi marido se había quedado en el paro y con un niño pequeño en casa, todo era más complicado, así que me puse a buscar trabajo mientras que mi marido conseguía algo.
Una semana después de andar buscando, me llamaron de una tienda de ropa para hacerme una entrevista.
Me presenté allí con gran optimismo y después de algunas preguntas la chica me puso quince días a prueba, menos es nada pensé, y mientras podía seguir buscando por si me salía algo mejor. La encargada de la tienda era una chica un poco mayor que yo y parecía muy agradable, en todo momento estaba pendiente de mi por si tenía alguna duda.

Me mostró el pequeño almacén que tenían en la parte trasera, donde debía clasificar las prendas nuevas que llegaban y ponerles el precio en las etiquetas, además de doblar los pantalones para que no se arrugaran demasiado, era una tienda de ropa mayormente vaquera.
La primera semana todo iba muy bien, mi marido seguía buscando trabajo y ambos éramos optimistas.

Yo mientras, en la tienda aprendía cada vez más rápido y era más independiente, cosa por la que la encargada siempre me felicitaba.
Comencé incluso a hacer amistad con muchos de los clientes habituales y la chica me solía comentar que le gustaba mucho como me desenvolvía en la tienda y que posiblemente me quedaría con el puesto.

Yo ya había trabajado antes, pero nunca en una tienda así, por lo que me encantaba la sensación de estar aprendiendo un oficio nuevo y que además me felicitarán por ello.
Pero no es oro todo lo que reluce, y lo descubrí aquel primer sábado. Me ofrecí a ir al almacén a primera hora para clasificar las nuevas prendas que habían llegado el viernes.

Estaba absorta revisando la lista de nuevos precios cuando sentí como alguien me cogía por la cintura, me sobresalté pero al oír su voz todo se calmó, era la encargada, le sonreí y le dije entre risas que me había dado un tremendo susto. No le di importancia a aquella muestra que yo consideraba de confianza, puesto que era habitual en ella ya que habíamos congeniado desde los primeros días.

Pero el hecho de que no me soltará me resultó algo incomodo, le pedí con educación que me soltará y al escuchar su rotunda negativa se me puso la piel de gallina, me insinuó que le resultaba muy atractiva y que debido a los problemas de dinero que tenía no me iba a convenir perder aquel puesto de trabajo.

No podía creer lo que estaba pasando, por un momento pensé en quitármela de encima de un manotazo, pero pensé en que tenía demasiadas facturas que pagar y aún mi marido no había encontrado trabajo y mi hijo… mientras pensaba en todo aquello, ella ya había echo acopio de mis pechos, manoseándolos a su antojo.

Me sentí sucia y avergonzada, siempre había pensado que hacer si me encontraba en una situación similar, pero en aquel momento entre la incomodidad, el asco y el miedo a no encontrar otro trabajo para poder pagar mis deudas sólo me quedé quieta.
Por suerte no duró mucho. Me soltó y me miró fijamente, sonrió y me dijo que no me preocupara si no rechistaba podría seguir con mi puesto de trabajo y me haría un contrato.

Los días siguientes los pasé fatal, quería contarle todo a mi marido, no volver allí, pero la situación en mi casa cada vez era peor, teníamos muchas facturas atrasadas y el es muy orgulloso como para pedir dinero a la familia, muchas veces pensé en hacerlo a sus espaldas pero temía que pudiera llegar a enterarse.

El lunes siguiente me presenté de nuevo en la tienda, con la mirada apagada y el temor de entrar de nuevo al almacén no me dejaban concentrarme, fue una semana horrible, agotadora en todos los sentidos. Cada vez que podía aprovechaba para obligarme a ir al almacén y saciar su lujuria, nunca pasó de mis pechos, pero eso no le quita importancia al asunto, me sometió durante una semana a un constante acoso y abuso.

Hasta que ya no pude más, mi marido hacia tiempo que estaba preocupado por mi estado de ánimo, siempre había sido una mujer alegre y habladora, y me había vuelto algo triste y gris, amenazó con presentarse en la tienda y averiguar que estaba pasando, pues sabía que desde que me puse a trabajar allí yo estaba cambiando.

Le conté todo, por un momento se quedó sin saber que decir, después se culpó de todo, por su estúpido orgullo, fue una noche muy larga.
La decisión que tomamos nos pareció lo mejor en aquel entonces, pero ahora se que nos equivocamos.
Decidimos no denunciar nada y olvidar todo lo que había pasado.

Durante un tiempo me crucé con aquella mujer por el barrio, ambas hacíamos como que no nos conocíamos, pero yo me ponía a temblar cada vez que la veía.
Hoy día no se que habrá sido de ella y la verdad poco me importa, a veces pienso si a alguna de las otras empleadas que tuvo y habrá tenido les hizo lo mismo y si alguna de ellas fue lo suficientemente valiente como para denunciarla.

Se que fui una estúpida, se que había mejores formas de salir adelante que aguantar aquellos abusos, pero era joven, ignorante en gran parte de este tipo de cosas y ante todo sólo podía pensar en mi hijo.

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