Lágrimas de cocodrilo

Sólo ella sabe si su «momento de lágrimas» en New Hampshire fue real o fingió para lograr más votos en las primarias de este estado, en el que finalmente ganó después de ir 10 puntos por detrás de Obama. Pero ayer volvió a ocurrir, después de que las últimas encuestas nacionales diesen ventaja al senador de Illinois: tres puntos de ventaja según «The Washington Post», uno le adjudicaba «USA Today» y tres la CNN. El caso es que Hillary se emocionó de nuevo. Esta vez, en una reunión con una antigua compañera de trabajo en Connecticut. En un momento en que se limpió los ojos con la mano, se dio cuenta y dijo: «Nada de lágrimas. Ya no estoy en ese momento». A qué momento se refería se quedó en el limbo político. Mientras, en Nueva York, voluntarios de campaña de los dos candidatos demócratas, se preparaban para tomar las calles. Era el último empujón antes de las votaciones de este «Supermartes» en una veintena de estados. La pregunta es: ¿qué pasará hoy en Nueva York? Se supone que Hillary juega en casa porque es senadora de este estado. Nueva York es uno de los premios gordos para sumar delegados. El republicano que gane se llevará los 101 delegados, mientras que los demócratas dividirán sus 232 en porcentajes a partir de los votos que reciba cada uno.
Con el ex alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani fuera de la carrera, el nombre del senador de Arizona John McCain se empieza a escribir de la misma forma que si ya se hiciera alusión al candidato del partido. «Cuando sea presidente de Estados Unidos, mantendré todas mis credenciales conservadoras republicanas», indicó ayer en un mitin en Boston, Massachusetts, justo el estado donde su contrincante por la nominación republicana Mitt Romney fue gobernador.
McCain ya tiene el respaldo del comité republicano de Nueva York y las encuestas le dan ya la victoria aquí y en Nueva Jersey. A falta de que el electorado lo confirme, en el lado republicano es probable que se sepa quién será el elegido cuando se hayan escrutado los resultados de esta noche. Para los demócratas Nueva York es una batalla simbólica muy importante, pero no definitiva.

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