LA CARCEL MODELO.1983

Si tardaría muchos años en entender el porqué de aquella tortura, o sea, las relaciones financieras de los Socialistas, Serra y Maragall, la acusación, con Javier de la Rosa , en mi opinión el culpable junto a su padre del desfalco en el Consorcio de la Zona Franca , el inmediato devenir de la prisión, aun un tanto escondido en las dependencias de Doña Pilar Pato, la “Oficina Técnica”, ¡menudos tecnicismos los que se aplicaban!, se me mostraba clarísimo. La Cuarta con 700 individuos, multirreincidentes, el lumpen, amontonados en celdas de nueve metros, siete, ocho o nueve presos, y las había visto hasta de diez, sin apenas nadie en actividad alguna, con el patio estallando en continuas peleas, y con unos cabecillas resucitando las viejas siglas de los motines de 1977, la COPEL , Coordinadora de Presos en Lucha, iniciándose huelgas de hambre y multiplicándose las autolesiones, en progresión ante la reticencia funcionarial a aplicar las soluciones que acabaron con los motines, o sea, el terror sin límite, el panorama se mostraba transparente, aquello estallaría. Si la Tercera , extranjeros y más o menos delincuentes primarios, después de la entrada de los antidisturbios, se apaciguó, la Cuarta , el segundo semestre de 1982, no solo amenazaba, sino que saltó de acciones individuales, o de pequeños grupos, a masivas.

En la primera huelga de hambre de toda la prisión se demostró la capacidad de crear tensión, eslóganes, y adhesión. Nadie pasó hambre aunque se rechazara casi todo el rancho durante unos días, y muy pocos entraron en la enfermería, pero se evidenció una segunda lectura, la posición de la Dirección y funcionariado. El Socialismo, para los funcionarios peligrosas consignas progresistas, amparado por los propios vecinos que a los últimos alaridos por palizas en la Quinta salían al balcón sin retenerse en sus gritos de ¡asesinos!, ¡asesinos!, con algún que otro comentario en la prensa, y hasta el propio Xirinachs rondando ante la puerta principal sin que lo detuvieran, lanzándole a un estercolero, como antes, les tenía desconcertados. Hubo días que ni entraron a las galerías. Los kíes campaban a sus anchas, y los duros del funcionariado soltando sin recato que ellos lo solucionaban en un plisplás, repitiendo la fórmula de los motines del 77, entrada a saco de los antidisturbios, selección a dedo de los revoleras, y a la furgoneta, no sin antes ablandarlos a palos.

Pero lo dicho, había una evidente diferencia con 1977. Si entonces surgieron por convencidos que la Democracia les otorgaba el derecho a reclamar reformas de la Justicia y del trato carcelario, ahora a lo mismo se añadía las no solo pésimas, sino indescriptibles, solo comparables a los campos de concentración nazis o las vistas en películas de lo peor del tercer mundo, condiciones de vida. “El expreso de media noche”, la más célebre entonces película de “cárceles”, era una broma comparado con la Cuarta. El Sistema, basado en unos veinticinco funcionarios de guardia ¡para 2600 presos! con sus incondicionales los “cabos” y red de chivatos, con duras actuaciones (palizas y torturas) al más mínimo conflicto, y las había a diario por la extrema situación, y por contrapartida, una pirámide de presos, en muy variadas circunstancias y retribuciones, manteniendo con su trabajo el deficiente y en apariencia perfecto funcionamiento, no encajaría con las proclamas y la realidad social. La Democracia, muy descafeinada, española, no aguantaría demasiado tiempo denuncias en cantidad, y lo peor, el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo y la prensa extranjera situando España entre uno de los países donde la tortura era poco menos que habitual. Los socialistas solucionarían la situación, aunque por el momento nadie adivinaba de donde iban a sacar tantas cárceles y funcionarios para en principio aligerar la primera de las tensiones, el hacinamiento.

Y surgió lo nunca visto en prisiones, un político madrileño, el fiscal Martínez Zato, se reuniría con los llamados la COPEL, todos de la Cuarta, los kíes del entorno de los Ugal, los Cuenca, el Julián, el Vaquilla y primos. Las varias reuniones se celebraron en la sala vacía anexa a las oficinas de Pilar Pato.

Una sorpresa en las reuniones, la presencia en alguna del célebre abogado Juan Piqué Vidal. Le estreché la mano en el pasillo. No me cabía duda de su incidencia en mi prisión, y tampoco ignoraba “su peso en la Ciudad”, por lo tanto mordiéndome la lengua le sonreiría. Su despacho ya no se dedicaba al “penal” como se entendía en la cárcel, el de sus inicios, defender a la delincuencia, solo el “penal financiero”, de ricos. Sabría de las reivindicaciones de sus antiguos clientes, incluso entendía su lenguaje y maneras, pero tenía mis dudas de a quien representaba allí, y tampoco creía que un fiscal “franquista”, por muy socialista que se declarara, encajara en las reivindicaciones a favor de los presos. Los autoelegidos de la COPEL, se mostraron contentos. Jamás imaginaron ser interlocutores de nada, y menos reunidos en una sala como representantes “oficiales”. Primera victoria, la tensión disminuía. Un matiz que no se me escapaba, por lo oído, si la otra COPEL era gente entre los extremismos políticos (“presos políticos” con delitos comunes, del PCr, MIL, FRAP, GRAPO, CNT o FAI, incluso la ETA) con tropa de la pura delincuencia, en la “nueva” el nivel intelectual se centraba en sus porros, chutas y tráficos, y la fraseología alrededor de la amnistía, reinserción y rehabilitación se traducía en simplemente “a la calle”. Razón tenían, la única solución vaciar las cárceles a su nivel de habitabilidad.

Pero si los políticos iban a su ritmo, es decir, ese que desespera a quienes viven en situaciones límite, y además con promesas sin gestos directos a través de meses, los crecidos interlocutores se atrevían a más presiones. Se pasaría de las ineficaces huelgas de hambre y las dolorosas autolesiones a detener la cárcel. Si todo funcionaba, más mal que bien, se debía detener la prisión con una huelga general de “destinos” y talleres. Nada de subirse por los tejados, clamando por las pésimas condiciones o porque los juicios no llegaban nunca, y gritando lo de amnistía con poco eco social en cuanto significara vaciar las cárceles en un momento en que la delincuencia subía. Paralizarían la cárcel.

Ni que decir tiene que un cuarto de los presos se oponía sin el más mínimo resquicio. La diferencia de circunstancias, aunque tampoco era para repicar campanas, entre los “destinos”, “talleres” y los “tirados en el patio” era abismal, y por experiencia se sabía que quien se adhiriera a cualquier postura antisistema entraba de lleno en el delito “motín” y nunca jamás conseguiría destino o trabajo, y clasificado en “primer grado”. Total, las famosas furgonetas de finales de los 77, y a “penales”.

Mi compañero Camacho, participe de los célebres motines y de la fuga de los 40 con el fervor de un adolescente, lo tenía claro, él ni loco se prestaría a motín alguno. “Rafael, ver a mi hija…”. Una preciosa rubita corría por el pasillo mientras sus padres se metían en el cuartucho de las ruedas de reconocimiento. Toda una historia de amor aquella parejita. Aprovechó la fuga con apenas 18 años para ir a su pueblo en Extremadura y llevarse a la novia de 15 años. Tras la denuncia del padre por rapto, y una vez detenido con 98 atracos a cuestas, se casaron. Por si fuera poco, sabía buscarse la vida, y en el pasillo de “jueces” el abanico de posibilidades era total. Las explosivas novias de los mafiosos franceses, hasta la propia del tiroteado y asesinado desde el exterior, Vacarizzi, no paraban en remilgos. Que ellas, como mi mujer, consiguieran de inmediato “comunicarse en el locutorio de Jueces”, me demostraba que la corrupción abarcaba a todo el que tuviera algo para dar a cambio.

Las navidades de 1982 se celebraron, pero con un detalle, sin la participación de funcionarios. Mi mujer y yo, y Camacho con la suya y su rubita preciosidad. La convivencia con mi único compañero, más que aceptable. La exigencia, que cualquier trapicheo se realizara a mis espaldas, la cumplió a la perfección.

Hasta Don Daniel parecía olvidarse de mi deserción, aunque a sus saludos añadiera con sorna que de seguir así las cosas desaparecerían todos los privilegios. Un aguafiestas, pero cualquiera adivinaba que de una u otra forma las circunstancias debían cambiar, y una de las primeras que los presos no ejercieran de funcionarios.

A las huelgas de hambre individuales les siguieron dos generales, pero muy devaluadas, por lo que la genialidad de detener la cárcel se impuso. Tratar la prisión como una fábrica, donde los intereses comunes son parejos, no es que fuera un error político, fue una maldad de quienes sabían por experiencia las reacciones humanas en aquellas circunstancias. Pero antes de tracas finales, rompiendo la poca unidad entre tan dispares individuos y situaciones, me involucraron en una historia que pudo acabar con mi vida.

Como tantos domingos fui a la Sexta, donde me parecía no existir peligro alguno, a jugar a frontón. Las conversaciones, las de moda, “reforma del Código Penal”, poco menos que la calle para todos. Pero surgido de entre el numeroso público salta una voz señalándome, “Rafael…si tú…cuéntanos eso de que has ofrecido un millón por la cabeza de los de la COPEL…”. ¡Coño!, yo no conocía ni al individuo ni a los dos o tres que se adelantaban. Al poco, cercado, y con pinchos a menos de un metro apuntándome.

Nunca me había significado, ni siquiera entre los que formaban una unidad con los funcionarios, la mayoría de las veces los propios kíes y traficantes, pero era evidente que alguien me involucraba. Por el momento la situación se solucionó con la entrada en el patio de Camacho blandiendo un gran “baldeo”, espada artesanal, y lanzándose en mi ayuda, que con la participación de otros amigos de mi estancia en el Sexta solucionaron el entuerto. La Sexta se convertía en otro tabú para mí, pero la escena tendría repercusiones futuras, entre ellas situarme contra la llamada COPEL sin comerlo ni beberlo. Pero antes de conclusiones que alguien pudiera tachar de fantasías, debo relatar la pieza clave y cumbre que solucionó las huelgas de hambre y los anunciados motines. Continuará.
Rafael del Barco Carreras

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