No soy racista, pero eres un negro de mierda

Un cargo político justifica el caso alegando que era carnaval

El Movimiento contra la Intolerancia pide una fiscalía especial La Federación de Automovilismo ha amenazado con sancionar a España

Las vibraciones del altavoz transforman la saliva voladora de un individuo atrincherado junto al cuartel general, el box de la escudería McLaren, en una ametralladora de ofensas contra el piloto británico Lewis Hamilton. Ofensas racistas. Inequívocas. Expresiones del corte de “negro de mierda”. Sucedió en el circuito catalán de Montmeló el 2 de febrero durante unos entrenamientos privados de la escudería inglesa. Los responsables, “cuatro tipos”, según la organización, ni siquiera fueron expulsados del recinto. “Dos se marcharon y a los otros se los dispersó”. Y es que, en España, “negro de mierda” (dicen) no siempre significa “negro de mierda”.
Los españoles somos primerizos en convivencia con otras razas
Hay una explicación esencial, más profunda y oculta, que transforma la crudeza del insulto en otra cosa. “Se trata de ofender, de herir al otro. No hay racismo de fondo asociado”, explica el veterano investigador y sociólogo Juan Díez Nicolás. Unos matices que no se aprecian en otros países de Europa, especialmente en el Reino Unido, donde el asunto sigue siendo uno de los temas estrella de la semana y produce asombro e indignación a partes iguales: “El racismo es debate en el deporte en España y refleja a parte del conjunto de su sociedad”, dice con rotundidad la BBC.

En España, ciertamente, se ve de otro modo. “Eso no es despreciar a alguien por su raza”, asegura una de las psicólogas consultadas y es el diagnóstico de buena parte de los agentes sociales implicados. En este caso (dicen) el exabrupto significaba: “Es el rival de Fernando Alonso y fue malo y desleal con él la temporada pasada cuando compartieron equipo”.

“¡Entonces por qué no le llaman cabrón directamente!”, se pregunta entre ofendido y extrañado Paul Hamelos, corresponsal de Guardian, que llega al cénit de su confusión y perplejidad cuando recuerda que un cargo de la Administración le llegó a argumentar como disculpa al incidente que era Carnaval. “¡Carnaval!”, repite entre el enfado y la incredulidad. Algunos de los sujetos que insultaban al inglés llevaban la cara pintada de negro, pelucas de pelo ensortijado y una camiseta con la frase “la familia Hamilton” estampada en el pecho. Era día de disfraces y eso “los ingleses no lo entienden”.

La tesis más repetida en España es que la adrenalina asociada al anonimato entre la masa que asiste a los grandes eventos deportivos, impulsa a estos excesos. Una observación repetida por sociólogos, como el propio Díez Nicolás, y algunos psicólogos, que desvelan que esos mismos individuos en cualquier otro contexto no se atreverían a decir con esa crudeza “¡negro de mierda!”. “Se les caería la cara de vergüenza”, señalan. Pero, entonces, ¿por qué en un ámbito deportivo sí?

Cada vez que el deporte español es noticia por un suceso bochornoso de esa naturaleza (gritos de mono en el Bernabéu en un partido internacional, la arenga desbocada del seleccionador Luis Aragonés contra el futbolista francés Thierry Henry por el color de su piel), el discurso imperante es el de reinterpretar las palabras.

“España no es racista, así lo avalan todos los estudios”, dice el sociólogo Díaz Nicolás. Es otro asunto. Es “falta de imaginación y gamberrismo. Está mal. Claro está, pero no hay que confundir los términos”. “Es como si llamaran gordo o enano a alguien”, sostiene este académico.

Los medios especializados en deportes no fueron tan teóricos cuando el escándalo afectó a Aragonés: “Son cosas de Luis, sus cosas”. “Se les pitaba por ingleses”, insistían en referencia al encuentro contra la selección inglesa en el que el público ofendió sistemáticamente al negro Wright Phillips con aullidos simiescos.

Una permisividad y afán en encontrar dobles lecturas que se traduce en que ayer mismo las páginas de Internet de algún periódico deportivo muy popular albergaban comentarios de sus lectores explícitamente racistas. Y en el célebre portal de vídeos YouTube estaban colgados cuatro vídeos de Lewis Hamilton asociados al epígrafe “negro de mierda”. Todo sin provocar ninguna reacción particular. Casi con indiferencia.

Una indulgencia que contrasta con la corrección política que impera en países como Alemania, por ejemplo, donde según un experimentado cronista deportivo los propios espectadores denuncian y acorralan a quienes gritan este tipo de expresiones. En Inglaterra los escándalos con cualquier suspicacia de racismo por medio concluyen con dimisiones, como la del comentarista y ex entrenador Ron Atkinson, que se vio obligado a abandonar la ITV tras olvidar el micrófono abierto mientras descalificaba al “negro vago ése”.

Por eso tal vez, hoy, los británicos claman porque las instituciones españolas no hacen nada. Pero las instituciones españolas, concretamente el Consejo Superior de Deportes, dicen que sí hacen algo. Por ejemplo, “una ley muy completa y de tremendo consenso que no existe en muchos países”, reivindica Jaime Lissavetzky, el secretario de Estado. A Lissavetzky le encantaría que sucediese como cuando alguien lanza un bote, que el resto del campo le acusa, pero cree que se avanza en esa dirección.

Esa ley contra la violencia y el racismo en el deporte se aprobó el pasado mes de julio. Ahora falta que se articule su normativa con sucesivos decretos, para lo cual se le han presupuestado más de 200.000 euros. La ley ha servido para duplicar el número de sanciones económicas por altercados varios en los campos de fútbol. “¿Eso es que hay más racismo, o más control?”, se pregunta Lissavetzky. Y se contesta: “Creo que más control”, aunque el dirigente socialista concede que “la clave” está en la educación.

Una visión con la que coinciden los propios deportistas, como el camerunés Eto’o o el ex internacional brasileño del Deportivo Mauro Silva, ambos negros: “El deporte refleja lo que pasa en la sociedad. Y allí no todo es bueno”. Eto’o llegó a abandonar el campo de La Romareda, del Zaragoza, porque se sentía insultado por el color de su piel.

Pero a la espera de esa concienciación social, la nueva norma suple un vacío. “Es una buena normativa para reglar la convivencia en el deporte”, señala sobre esta reciente ley Javier Durán, del Observatorio Contra el Racismo, organismo auspiciado por el Gobierno. “Pero aún es muy joven”, matiza Durán.

Profesor universitario, Durán cree que los comportamientos xenófobos en el deporte son “tremendamente graves porque parten de un gran escaparate social”. Y, aún peor, piensa que los incidentes en la F-1 son un indicio de que estas actitudes han saltado desde el fútbol, su salsa habitual, a otros deportes. Durán no comparte la tesis que minimiza los sucesos como el de Montmeló. “Se le quita hierro, y eso es peligroso. Al final, podemos convertirlo en algo normal que no provoque rechazo social”. Una situación especialmente alarmante “cuando la llegada de personas de otras razas a España ha sido continua en los últimos cinco años”. Hoy son el 10% de la población.

Una advertencia que no comparte el CSD. En su opinión, el mensaje de la Administración y las instituciones es unívoco: “Tolerancia cero”. Lo que sucede, según ellos, es que los entrenamientos en los que fue insultado Hamilton eran “privados” y la ley se circunscribe a eventos oficiales organizados por las federaciones deportivas. Sin embargo, la alarma social y las peticiones públicas de sus homólogos británicos han convertido el caso Hamilton en una piedra angular de las últimas reuniones de la cúpula del deporte español. “Es inaceptable”, fue la sentencia inapelable del máximo dirigente deportivo británico, Richard Carbon.

No ha sido el único organismo en llevarse las manos a la cabeza. La Federación Internacional de Automovilismo ha amenazado a los circuitos españoles con suspender las carreras que les corresponden en el calendario de la fórmula 1.

Pero los clubes españoles de coches están tranquilos. Creen que el verdadero aficionado no está representado “por esos impresentables” y esgrimen un curioso argumento de índole económica: “En las carreras la entrada vale 90 euros y no asisten esa clase de chavales. Aquellas prácticas de McLaren costaban sólo seis euros y entró todo tipo de gente”.

Todos los estamentos deportivos relacionados con la F-1 consideran que el tema no les afecta. No les corresponde y es de “índole social”. Y, claro, administrativa, con las nuevas normas puestas en marcha por el CSD.

Aun así, “no es suficiente”. Eso, desde la óptica del incansable Esteban Ibarra, presidente del Movimiento contra la Intolerancia. Ibarra cree que es necesaria una fiscalía específica para combatir este tipo de delitos. Hasta que no se cree, opina, todo seguirá siendo igual “porque sale gratis” y porque “todo queda en la epidermis”.

Más allá de la epidermis, el análisis de algunos académicos británicos citados por Times sobre el fenómeno sitúa a la sociedad española como “no racista, pero sí primeriza ante la convivencia con la inmigración”. Y, eso, sostienen, hace a la gente “ver con ligereza e indulgencia” las descalificaciones por el color de la piel. Según esta tesis, los españoles no son más racistas que cualquier otro país de su entorno, pero tienen menos experiencia en tratar con gente diferente y en las sutilezas que ello conlleva. Hasta el punto, de que, denuncian, los españoles no saben calibrar la importancia de esos insultos.

En los bares, según, entre otros, Javier Durán, se repiten las expresiones ofensivas contra Hamilton. “No es nuevo, le llaman de todo”, certifica el profesor. La diferencia con respecto al suceso del otro día es que el interesado no les oye.

Pero no todos los actores comparten esa visión. Desde sectores ligados a la Administración, se preguntan por qué las instituciones españolas no claman ni piden explicaciones por el comportamiento de los célebres hooligans británicos cuando algún equipo de las islas juega en España. “Nosotros no decimos que los ingleses son borrachos y vándalos por el hecho de que algunos de los hinchas de sus equipos sí lo sean”, insisten con un punto de reivindicación nacionalista. En definitiva, se apunta a que los ingleses “exageran” cuando se trata de estas cuestiones.

Un maximalismo azuzado por la tradición sensacionalista de parte de sus medios. Sin embargo, entre los más conspicuos denunciantes se encuentran medios de la solvencia y seriedad de la BBC, que dedica un notable despliegue al caso Hamilton.

“¿Nosotros lo minimizamos o ellos lo maximizan?”, se preguntan altos cargos de la Administración española. Para Ibarra, sin duda, la primera opción. “El discurso oficial desde hace años y años es que esto no crece y de que son cuatro gatos aislados”, dice, antes de ponerle la coda… “y eso es falso”. Según Ibarra los hechos relacionados con el racismo en España han crecido hasta afectar, el año pasado, a 200 municipios de todo el país. Un crecimiento que, claro, tiene su reflejo en el deporte.

Por de pronto, la propia escudería McLaren parece, sin embargo, más proclive a la segunda opción. Hamilton, después de confesar su tristeza por lo sucedido y su amor por Barcelona, volverá a entrenarse en España dentro de dos semanas.

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