Antibióticos que curan y matan

Nada ha salvado tantos millones de vidas en la historia de la Humanidad como la generalización de los beneficios de la higiene y el uso de los antibióticos. Desde que de forma casual, en 1928, el médico escocés Alexander Fleming descubriese la penicilina y en apenas sesenta años el hombre ha ganado la partida a las bacterias. Así, a mediados de los 80 del pasado siglo, la medicina declaró pomposamente la «pax bacteriana»; pero los antibióticos, como casi todo adelanto científico, son una herramienta de doble uso y dependiendo de su utilización pueden ser una panacea contra la enfermedad o el origen de muchos males.
En respuesta a la orden prioritaria inscrita en el código genético de todos los seres vivos, ¡sobrevivir!, las bacterias desarrollan mecanismos de defensa contra la agresión exterior, es decir, se vuelven resistentes a los antibióticos. De ahí la insistencia con que las autoridades sanitarias recomiendan el uso responsable de estos medicamentos, tanto a los profesionales que los prescriben como a los pacientes que los toman. Pero con ser muy importante, el ser humano no es la única vía por la que los antibióticos llegan a la naturaleza. Se emplean con profusión, además, en la ganadería intensiva, tanto para vencer infecciones o prevenirlas como para el engorde de los animales; también en las piscifactorías y en la agricultura.
De acuerdo con los datos recogidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada año se producen alrededor de 28 millones de kilos de antibióticos, lo que significa que cada día aportamos al medio ambiente, de una u otra forma, casi 7.700 kilos de estas sustancias. De ellos, aproximadamente la mitad -52%- están destinados al consumo humano. El resto se emplea para el ganado. La Unión Europea, que junto con EE.UU. es el gran consumidor de antibióticos, concentra casi la mitad del consumo mundial. Una simple proyección apunta, en el caso de España, a un consumo diario cercano a los 330 kilos.
Dependiendo del tipo de antibiótico, entre un 50 y un 90 por ciento de los principios activos que lo integran no sufren modificación alguna a su paso por el tracto intestinal, sea del hombre o del ganado, por lo que son excretados casi en estado puro. La depuración de aguas residuales urbanas degrada una parte de los antibióticos consumidos por el hombre, mientras que los destinados a uso animal llegan sin modificaciones a la naturaleza. Este volumen ingente de antibióticos «en libertad» puede transformar el hallazgo salvador del doctor Fleming en un arma de destrucción masiva.
Legislación restrictiva
Desde 1950 se utilizan antibióticos para el ganado, y diez años después ya se habían detectado las primeras cepas de bacterias resistentes. En el Reino Unido, el Informe Swann daba cuenta en 1969 del problema, «corremos el riesgo de seleccionar en los animales unas bacterias resistentes que pasarán al hombre y no se podrán combatir con los actuales antibióticos». La CEE decidió abordar la cuestión y legisló que para uso ganadero sólo se podrían emplear antibióticos no utilizados para el hombre y a dosis subterapéuticas, cien veces menores que en terapia humana.
En una tendencia cada vez más restrictiva, el 1 de enero de 2006 la UE prohibía el uso de estos medicamentos para el engorde del ganado, aunque Estados Unidos lo permite.
Aunque en España, y también en el resto del mundo, se trata de un problema muy poco estudiado hasta la fecha, un sorprendente toque de atención lo daba el pasado 22 de enero un trabajo del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC): las colonias de buitres -tanto negros, como leonados y alimoches- de la sierra madrileña y segoviana presentan unas altas tasas de antibióticos en sangre. Guillermo Blanco, experto del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos y coautor del estudio, ha manifestado a ABC que estos medicamentos «pueden ser una de las causas fundamentales para explicar el declive de estas especies».
Efectos letales en la fauna
Al alimentarse del ganado muerto -cerdos, vacas, ovejas y pollos de engorde- abandonado en los muladares, estas aves carroñeras, junto con milanos, águilas, jabalíes, zorros, lobos y otras especies carroñeras eventuales ante la falta de alimentos incorporan de forma continuada estos antibióticos a su torrente sanguíneo. «Ello altera gravemente la flora intestinal y provoca la depresión del sistema inmune -afirma Blanco- , se concentra en el hígado y en los riñones, y favorece el desarrollo de infecciones por patógenos que acaban en pocas semanas con el animal».
No sólo la ingestión de carroña es un peligro. Otro, si cabe más grave, lo constituyen los purines, toneladas y toneladas de residuos contaminantes que acaban por filtrarse en el subsuelo, se fijan al sustrato y alcanzan los acuíferos. Una provincia con tradición ganadera, como es Segovia, puede producir 4 millones de toneladas anuales de purines.
Difíciles de eliminar
En opinión de Blanco, aunque los antibióticos se degradan en el medio ambiente, los de origen sintético, que son actualmente la mayoría, son mucho más persistentes y difíciles de eliminar. Es el caso de las fluoroquinolonas, muy utilizados en la ganadería intensiva.
Pese a la prohibición impuesta por la UE a su uso como agente de crecimiento, los ganaderos españoles los siguen utilizando. La prueba la obtuvo un equipo con el que colaboró el propio Guillermo Blanco hace apenas unos meses: como en el caso de los buitres, hallaron altas concentraciones de antibióticos en la sangre de unos córvidos -chovas piquirrojas- que se alimentaban del pienso suministrado en ganaderías de la isla de La Palma. El investigador considera que su uso sigue siendo generalizado en España.
Como experto en contaminación ambiental de Greenpeace, Julio Barea sigue muy de cerca el problema y ha manifestado a este diario que «las autoridades no consideran prioritaria la cuestión, prueba de ello es que, como transposición de la directiva marco comunitaria, una orden ministerial sobre daños al dominio público hidráulico, publicada en el BOE el pasado 29 de enero, recoge una tabla con 44 nuevos compuestos a vigilar: entre ellos no figuran antibióticos ni analgésicos».
Una de las mayores autoridades científicas españolas en la materia, Damiá Barceló, reciente premio de investigación Rey Jaime I en la modalidad de Protección al Medio Ambiente, afirma que además de los antibióticos, llegan a las aguas grandes cantidades de antiinflamatorios, analgésicos, tranquilizantes, reguladores del colesterol, antiepilépticos, betabloqueantes, hormonas… «se trata de los nuevos contaminantes emergentes, de los que hemos hallado más de una veintena en los análisis realizados en aguas del Ebro».
Pasan a la cadena alimentaria
No se trata de contaminantes demasiado persistentes, estima Barceló, «ya que se degradan, pero su aporte continuado a las aguas hace que estén expuestas de forma permanente a estos fármacos, por lo que no necesitan ser persistentes para provocar efectos perniciosos sobre los ecosistemas». Aunque es un campo de investigación muy novedoso, los expertos admiten que son muy pocos los estudios realizados hasta el presente. Se sabe, sin embargo, que pasan a la cadena alimentaria humana a través de la carne de ganado y de las frutas y hortalizas, que retienen grandes cantidades del agua de riego. En este sentido, investigadores estadounidenses han comprobado que aquellas personas que beben agua con alto contenido de antibióticos, no reaccionan después al tratamiento con esos fármacos.
Como solución para evitar su llegada al agua de consumo humano, Barceló propone, y en ello trabaja en el marco de la red europea Waste Water Cluster, potenciar y perfeccionar el tratamiento terciario de las aguas residuales. En el caso concreto de los antibióticos, la respuesta parece estar en la utilización de ozono y luz ultravioleta, cuya acción combinada es capaz de eliminar «en cuestión de horas» el 80 por ciento de los antibióticos de uso común.
«El agua del grifo está a salvo, en España suele tener más calidad y ofrecer más garantías que las aguas embotelladas», tranquiliza Barceló. Pero el gran riesgo reside en el desarrollo de bacterias resistentes a los antibióticos.
Si una depuración a fondo de las aguas residuales urbanas puede paliar la llegada al medio ambiente de los antibióticos de uso humano, aquellos empleados para el ganado son más difíciles de depurar. En este sentido, sólo cabe vigilar desde las administraciones un uso responsable. Algo que, sin embargo, chocará con los intereses de las multinacionales farmacéuticas, para las que la ganadería representa un gran volumen de negocio.
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