Encarcelados, torturados y encadenados por tener el virus del sida

Dos de los chicos fueron arrestados en el centro de El Cairo en octubre, tras mantener una discusión. Uno explicó a los agentes que era seropositivo, suficiente para que fueran desplazados a la oficina de la Policía de la Moralidad, donde se les abrió una investigación por “conducta homosexual”.
Durante cuatro días fueron humillados y golpeados, esposados a un escritorio, obligados a dormir en el suelo y sometidos forzosamente a exámenes anales y análisis del VIH, pero los chicos se negaron a firmar las confesiones redactadas por la policía. Entonces fueron desplazados a un hospital, donde les encadenaron a sus camas mientras los agentes proseguían su persecución.
Dos amigos cuyas fotografías o números de teléfono fueron hallados en posesión de los jóvenes también fueron arrestados y sometidos a análisis de sida sin su consentimiento. Mientras, el apartamento de uno de los primeros fue puesto bajo vigilancia: el 20 de noviembre, dos días después de que otra persona lo alquilase, el inquilino y otros tres hombres fueron detenidos.

Según Human Rights Watch (HRW), la organización que ha realizado toda la investigación, el informe policial aclara que los cuatro estaban vestidos y que no mantenían ninguna actividad ilegal en el momento del arresto: sin embargo, fueron acusados de mantener una conducta homosexual por el hecho de vivir en la antigua casa de un seropositivo. También se les realizaron análisis, y uno resultó tener el VIH. Los cuatro han sido condenados a prisión asumiendo que sólo los homosexuales contraen el virus de la inmunodeficiencia adquirida.

El informe policial aclara que los cuatro estaban vestidos y que no mantenían ninguna actividad ilegal en el momento del arresto

“Lo curioso es que la legislación egipcia no condena explícitamente la homosexualidad, pero dada la creciente popularidad de los islamistas y la necesidad del régimen de hacer concesiones hacia ellos para ganar cierto apoyo social la presión es enorme”, explica George Azzi, presidente de la organización Helem, la única del mundo árabe que representa a gays, lesbianas, bisexuales y transexuales. De ahí que a Azzi no le sorprendiese la evolución del caso de los ocho jóvenes egipcios.

Condenados sin pruebas

Los cuatro primeros esperan, uno encadenado en el hospital, a que se presenten cargos contra ellos; los cuatro segundos fueron condenados el 13 de enero en virtud al artículo que criminaliza la “práctica habitual de perversiones”. Según los abogados no se presentaron pruebas, testigos ni importó que los acusados se declarasen no culpables. La condena, confirmada en febrero, es de un año de prisión.

“Estos arrestos y juicios estremecedores ejemplifican la ignorancia y la injusticia”, lamenta Scott Long, director del Programa para los Derechos de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de HRW. “Demuestran cómo la policía egipcia actúa con la peligrosa creencia de que el VIH no es una condición a ser tratada sino un crimen a ser castigado (…) Egipto amenaza su reputación internacional y a su propia población respondiendo a la epidemia de SIDA y VIH con prisión en lugar de con prevención y cuidados”, continúa Long.

La denuncia de HRW resulta estremecedora pero ilustra lamentablemente la situación de los homosexuales en Oriente Próximo, donde el oscurantismo y el concepto del honor de la familia condenan a la mayoría a mantener en secreto su condición sexual para no ser víctima de agresiones o intentos de asesinato, obligándoles a la larga a optar entre el matrimonio forzoso o el exilio.

En la sede de Helem –acrónimo en árabe de Himaya Lubnaniya lil Mithliyin, Protección Libanesa para los Homosexuales- una línea de teléfono atiende los desvelos de la comunidad homosexual libanesa. Actualmente funciona ocho horas cada jornada pero espera trabajar 24 horas al día en breve. Es atendida por cinco voluntarios, dos de ellos psicólogos, encargados de dar información para prevenir el contagio de enfermedades de trasmisión sexual y recomendar a los interlocutores “que no hagan pública su condición sexual, sino que esperen a ser económicamente independientes para hacerlo”, explica Azzi.

“Para las familias musulmanas, y también para las cristianas del Líbano, lo más importante es el honor, y la ley y la policía protegen a las familias, así que nos encontramos con infinidad de casos de gays y lesbianas golpeados por sus familiares. La aceptación es rara”. Las torturas son comunes pero no lo más grave: la organización, que cuenta con mil miembros en todo el país, ha lidiado con tres intentos de asesinato contra homosexuales a manos de sus familiares. En ninguno interviene la policía, entre otras cosas porque en el Líbano la ley castiga con un año de cárcel los “intercambios sexuales contranatura”, una acepción que para muchos jueces incluye la homosexualidad.

Única organización árabe

De ahí que resulte extraño que el Líbano acoja a la única organización del mundo árabe. En realidad se debe a una trampa de la legislación, que implica que si las autoridades no responden a una petición de registro en un plazo determinado, la asociación queda automáticamente registrada.

Así fue como en 2004, tras ocho años actuando en la clandestinidad, el grupo de George –que comenzó en Internet bajo el nombre de Club Free- quedó legalizado por omisión convirtiéndose en referencia de los homosexuales árabes y sin ninguna pretensión de aproximarse al concepto occidental. “Encontramos inaceptable la segregación que existe en Occidente, donde hay barrios gays, música para gays, moda destinada a los gays o gimnasios sólo para gays. No queremos imponer un modo de vida, sino defender la libertad individual”.

No resulta fácil en una región donde la prensa les califica habitualmente de ‘shawaadh’ (pervertidos). En Arabia Saudí, la homosexualidad se castiga con la pena capital, aunque no se dan muchos casos de ejecuciones. En Jordania, Palestina o Egipto las leyes no lo castigan pero la sociedad les estigmatiza empujando a la policía a actuar contra ellos a menudo con torturas y vejaciones. En Siria se les encarcela a entre tres y cinco años de cárcel; en el Líbano, hace cinco años que no se condena a nadie por su conducta sexual, aunque fuera de la cosmopolita Beirut la vida resulta terrible.

“La mayoría de las familias lo consideran una gran blasfemia y suelen enviar a sus hijos al médico, algunos de los cuales prescriben hormonas afirmando que se trata de una enfermedad curable”, continúa George. Eso convence a muchos de los ‘pacientes’ de que es mejor mentir y asegurar que se han ‘curado’ –para ello, la organización conoce a médicos dispuestos a falsificar certificados que mostrar a las familias-, pero no les libra del siguiente paso de la tradición familiar local: el matrimonio, la meta de todos en el mundo árabe, que habitualmente es arreglado por los padres. “O bien la pareja está al corriente de la situación, o bien el homosexual se sirve de su escasa experiencia, ya que las chicas son vírgenes al llegar al matrimonio, para convencerles de que es normal no mantener relaciones”.

Sólo unos pocos escapan a Occidente, en ocasiones amparados por las leyes de asilo, pero George Azzi, de 28 años, no lo aconseja. “No lo recomendamos salvo en casos extremos, porque es la opción más fácil. Lo más difícil es luchar por nuestra libertad”.

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