Izquierda Hundida

Probablemente a estas alturas el juego de palabras haya dejado ya de tener, a fuerza de manido, la gracia que tuvo en su día; aunque también es probable que a más de uno no le hiciera la más mínima gracia ni entonces ni ahora. Pero a la vista de cómo andan las cosas de un tiempo a esta parte en Izquierda Unida, lo cierto es que no se me ocurre una manera más oportuna de referirme a esa supuesta coalición que en Madrid coordina Gaspar Llamazares y en la Comunidad Valenciana ya no sé quien, que por el apelativo con el que ya casi todos la conocen en el mundillo político: «Izquierda Hundida».

Los recientes rifirrafes al hilo de la elección de los cabezas de lista para el 9-M parecen haber dejado a la coalición al borde de un hundimiento que, si las cosas no cambian, podría ser tan colosal como el descrito en el filme de James Cameron. Las razones que podrían explicar este proceso son numerosas y complejas, y vienen en algunos casos de muy atrás, de modo que ni comprenderlas, ni explicarlas resulta tarea sencilla. Pero, aun así, parece razonable aducir al menos cuatro.

La primera –y seguramente la más irremediable- de esas razones es la de su indefinición ideológica. El comunismo, que desde 1921 dio nombre y vertebró ideológica y estratégicamente al PCE, dejó hace ya veinte años de ser una ideología presentable, sobre suyos cimientos pudiera construirse una alternativa política realista. Sin embargo, el hueco dejado por el comunismo no ha llegado a ser cubierto por ninguna otra construcción teórica, de modo que IU ha navegado casi desde su fundación en una suerte de vacío ideológico, que se ha pretendido rellenar con vagas alusiones al progreso, la igualdad o la participación. Esa falta de vertebración ideológica y programática ha conducido a la coalición a una continua -y a veces, contradictoria- búsqueda de causas perdidas a las que adherirse, en la convicción de que si consiguiera reunir en torno a sus siglas y junto a los comunistas más inasequibles, a ecologistas, pacifistas, feministas, homosexuales, republicanos, nacionalistas, antisistema y demás, sería posible a la postre construir una mayoría de izquierdas. El problema es que para captar el voto de un determinado sector de opinión no basta con proclamar sin más que el partido o la coalición se identifica con esa concreta reivindicación: es menester acreditar además una efectiva capacidad para llevarla hasta las páginas del Boletín Oficial de Estado. Y a nadie se le escapará que, desde hace mucho tiempo, ha sido el Partido Socialista, y no Izquierda Unida, la única formación capaz de -y, a lo que parece, dispuesta a- transformar en políticas públicas una buena parte de esas reivindicaciones.

Una segunda razón debería buscarse en la dramática falta de líderes que IU ha padecido desde que a finales de los noventa la forzosa retirada de Julio Anguita dejara a Francisco Frutos al frente del PCE y a Gaspar Llamazares en el puesto de Coordinador General de la coalición. Ni el uno ni el otro -con permiso de Montilla, los dos políticos más tristes que ha producido nuestra democracia- han sido capaces de dotar a IU de ese activo tan extraordinariamente importante en tiempo de elecciones que es un líder dotado de autoridad, prestigio y popularidad, con el que el elector pueda identificarse. Pero es que además de una alarmante falta de liderazgo, el PCE -primero- e Izquierda Unida -después- han sufrido en los últimos veinticinco años una auténtica hemorragia de cuadros dirigentes, que en su mayoría han acabado engrosando las filas del PSOE, llegando en no pocos casos a ocupar importantes responsabilidades orgánicas en el Partido o políticas en el Gobierno. Nombres como Jordi Solé Tura, Cristina Almeida, Diego López Garrido o Enrique Curiel -a nivel nacional- o como Emérit Bono -a nivel autonómico- son solo unos pocos entre los miles de dirigentes comunistas que, cansados en algunos casos de estar en la oposición, o hartos en otros casos de las rencillas internas, acabaron marchándose de ésta para labrarse un futuro político más confortable en las filas socialistas.

Un tercer motivo que debería ser tenido en cuenta para comprender la crisis de Izquierda Unida es el derivado de su peculiar estructura organizativa. Todos los analistas coinciden en señalar que Izquierda Unida es, con mucho, la formación política con mayores dosis de democracia interna del panorama político español. La tradición asamblearia de PCE, por un lado, y el mero hecho de que estemos ante una coalición de partidos en la que cada uno conserva una cierta dosis de autonomía, por otro, ha hecho que desde siempre las decisiones en Izquierda Unida fuesen tomadas después de amplios procesos de debate, y que a menudo las diferencias en el seno de la coalición se dirimiesen en asambleas, comités, primarias o consultas a la militancia, ante la mirada atenta de medios, curiosos, y hasta adversarios. El problema radica en que este gusto por la democracia interna como medio para la adopción de decisiones, se ha solapado con ese estado de desorientación al que antes nos referíamos, y no siempre se ha visto correspondido con la existencia de una cultura democrática suficientemente arraigada entre sus militantes y sus dirigentes. El resultado de lo primero ha sido un permanente estado de tensión orgánica y una imparable multiplicación de conflictos, y el de lo segundo una enfermiza proliferación de corrientes internas y escisiones, de las que dan buena cuenta los últimos sucesos vividos por la coalición en la Comunidad Valenciana.

Por último, nos encontraríamos con los perjudiciales efectos que para las expectativas electorales de la coalición ha supuesto el clima de creciente tensionamiento que la vida política española ha experimentado en los últimos años. A simple vista, parecería que esa radicalización de la vida política española debería ser positiva para las expectativas de una formación que, al fin y al cabo, se sitúa declaradamente a la izquierda del Partido Socialista. Pero del mismo modo que en su día los electores situados ideológicamente a la derecha de Alianza Popular tomaron la decisión estratégica de renunciar a sus posturas maximalistas y concentrar su voto en una formación más moderada, pero con mayores posibilidades de llegar al poder; en los últimos años los electores situados a la izquierda del PSOE han entendido cada vez con mayor nitidez que el voto más inteligente y más útil para hacer avanzar su agenda no era el que tenía por destinatario a una coalición capaz a lo sumo de hacerse con media docena de escaños, sino a un partido como el PSOE capaz de conquistar -y de repartir- el poder. A este efecto ha contribuido de manera decisiva la configuración de nuestro actual sistema electoral, que como es sabido prima a los dos grandes partidos a nivel nacional, e incluso a las grandes formaciones nacionalistas, mientras penaliza a todos los demás. Pero no estaría de más que la Izquierda Unida post-Anguita valorase con detenimiento hasta qué punto su seguidismo respecto del PSOE no ha contribuido decisivamente a consagrar a esta última formación como la única opción inteligente para el votante de izquierdas y, en consecuencia, a situar a Izquierda Unida cada vez más en el papel de formación puramente testimonial.

Una reflexión, por cierto, que los interesados deberían llevar a cabo con una cierta premura. Porque no es descartable que el 9 de marzo marque para Izquierda Unida el tránsito de la marginalidad política a la irrelevancia social, que es la antesala de la pura desaparición física. Torres más altas han caído -las del Muro de Berlín, por ejemplo.

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