Una defensa conservadora de McCain

Que gran parte del electorado conservador se opone amargamente a John McCain y está horrorizado a causa de que el hombre al que consideran un apóstata Republicano pueda ser pronto el candidato presidencial del Partido Republicano no es noticia. Desde la radio a la blogosfera pasando por la prensa conservadora, muchos en la derecha están enfurecidos ante la posibilidad de que lo que Mitt Romney llamaba la semana pasada “la Casa que construyó Reagan”, el Partido Republicano moderno, pueda proclamar como abanderado al candidato que a su juicio es el menos probable que siga los pasos de George Gipp.

A los conservadores se les ponen los pelos como escarpias al pensar en un Presidente Republicano que podría subir los impuestos de la renta y a los ingresos. O ampliar el gobierno federal en lugar de reducirlo. O nombrar al Tribunal Supremo a jueces que son de todo menos construccionistas estrictos. O extender una amnistía incondicional a millones de extranjeros ilegales.
Bien, yo no creo que un Presidente McCain fuera a hacer cualquiera de estas cosas. Pero el Presidente Reagan las hizo todas. Reagan también proporcionó armas a la teocracia jomeinista de Irán, presidió déficits presupuestarios astronómicos, y ordenó que tropas americanas salieran corriendo del enfrentamiento contra el terror islamista en Oriente Medio. Es improbable que McCain cometiera cualquiera de esos pecados.

¿Significa esto que en realidad, Reagan no fue un gran conservador? Por supuesto que no. Tampoco significa que McCain no haya dado a sus críticos de la derecha motivos legítimos de desconcierto. Mi argumento es simplemente que el líder conservador inmaculado al que muchos en la derecha anhelan votar es una fantasía; la pureza ideológica y la política presidencial nunca encajan a la perfección. Los conservadores que afirman que McCain no es ningún Ronald Reagan tienen razón, pero Mitt Romney tampoco es ningún Reagan. Tampoco Mike Huckabee. Y tampoco lo fue el verdadero Ronald Reagan — en comparación con el mito.

El argumento de la acusación contra McCain está bastante claro; lo establecí yo mismo cuando se presentó a presidente hace ocho años. Los asuntos que han granjeado a McCain el sambenito de “rebelde” -restricciones a la financiación de campaña, calentamiento global, los recortes fiscales Bush, la inmigración, el obstruccionismo judicial- son precisamente lo que se atraganta a los electores conservadores Republicanos.

Pero este año, la defensa conservadora de McCain es sumamente más apremiante.
En los asuntos más allá de la seguridad nacional del momento -confrontar la amenaza del Islam radical y ganar la guerra de Irak- nadie es más firme. Hasta los críticos más feroces de McCain, como el presentador radiofónico conservador Hugh Hewitt, lo dicen. “Los malos del mundo”, escribe Hewitt, “nunca pensarán que vacilaría ni por un momento en ningún enfrentamiento, o que dudaría en tomar represalias contra cualquier enemigo que cometiera la audacia de volver a intentar mutilar a Estados Unidos a través del terror“.
Ciertamente, McCain nunca fue un conservador conducido por la agenda del movimiento. Pero “ingresó en la vida pública como infantería de la Revolución Reagan” según sus palabras, y en conjunto su historial ha sido el de un conservador firme y comprometido. Es partidario de vigilar el gasto y enemigo del desperdicio político y de las asignaciones. Nunca ha votado a favor de subir los impuestos, y quiere hacer permanentes los recortes fiscales Bush por el mejor de los motivos: “Funcionaron”. Es defensor a ultranza de libre comercio y partidario de la elección escolar. Es inflexiblemente contrario al aborto y partidario de la Segunda Enmienda. Se opone al matrimonio homosexual. Quiere contenidas las prestaciones sociales y las cuentas personales de jubilación ampliadas.

El conservadurismo de McCain ha sido en general más cuestión de instinto que de visión intelectual rigurosa, y ciertamente se ha desviado de la ortodoxia Republicana en algunos asuntos serios. Pero hasta con todo eso, sus cifras de popularidad entre los colectivos conservadores de referencia siempre han sido altas. “Incluso con todos los defectos”, observa el National Review, un importante diario de la derecha (y partidario de Romney), “McCain tiene un historial conservador más consistente que Giuliani o Romney …. Aquí reside la perenne fuerza de su candidatura”.

Como conservador de toda la vida, desearía que McCain manifestase un mayor entendimiento de que el gobierno limitado es indispensable para la libertad individual. Desearía que fuera más escéptico con el ecologismo políticamente correcto, y que fuera menos dado a expandir integralmente la regulación. Pero no hay ningún candidato de ningún partido que represente tan exhaustivamente el conservadurismo de la tradición y el honor americanos como McCain, ni ninguno con mayor autoridad moral para invocarlos. A pesar de todas sus transgresiones y reincidencias, McCain irradia integridad y firmeza, y si sus deslices heterodoxos en ocasiones han sido motivo de enfado, también son testigos de su resolución. Una y otra vez ha adoptado una postura impopular y se ha mantenido en ella, poniendo en peligro su carrera cuando habría sido más fácil salir del paso discretamente con la mayoría.

Conservador perfecto no lo es. Pero es valiente y constante, un hombre de carácter y estándares elevados, un héroe genuino. Si “la Casa que construyó Reagan” va a permanecer fiel este año a sus mejores y más elevados ideales, hará mal en no cerrar filas en torno a John McCain.

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