El fracaso de Kosovo

El momento esperado llegó. Durante meses la diplomacia norteamericana, junto con las cancillerías de las grandes potencias europeas, ha estado presionando a las autoridades kosovares para evitar una declaración de independencia prematura. Era necesario dar tiempo al tiempo.

En primer lugar, no se podía dar la impresión de que se ignoraba al Consejo de Seguridad, reconociendo la independencia de un país sin, por lo menos, haber agotado todas las vías negociadoras con Rusia. Estaban muy presentes tanto la primera crisis de Kosovo como la reciente Guerra de Irak, dos cuestiones que habían dañado mucho el maltrecho prestigio del Consejo. Había que enviar el mensaje de que se optaba por prescindir de él ante la imperiosa necesidad de solucionar un conflicto enquistado.

En segundo lugar, las cancillerías y opiniones públicas europeas estaban divididas en cuanto a la bondad de tal medida. Era conveniente dar una oportunidad a la diplomacia para acercar posiciones y convencer a los más remisos de que era inevitable para que las reacciones negativas fueran las menos posibles.
El trabajo se ha realizado con notable éxito. Rusia ha quedado aislada en el Consejo. Su amenaza de veto sólo ha logrado, como en anteriores ocasiones, dejar fuera de juego al Consejo de Seguridad. A diferencia de lo ocurrido durante la crisis de Irak, al haberse sumarse los europeos a la posición norteamericana lo ocurrido ni es inmoral, ni ilegítimo, ni ilegal. Es sencillamente sensato. Ya pasó lo mismo durante la anterior crisis de Kosovo, cuando la izquierda europea presionó para “hacer algo”, es decir, para obligar a los norteamericanos a realizar una operación militar sin respaldo del Consejo de Seguridad. En Europa el escepticismo es grande, pero casi nadie se atreve a decir que hay una alternativa, que es posible mantener Kosovo dentro del territorio de soberanía de Serbia.

Cuando la OTAN se vio forzada a intervenir en la crisis de Kosovo, el objetivo no era apoyar su independencia. Se trataba sólo de proteger a un sector de la población de los abusos del Gobierno. Era el primer caso de “injerencia por razones humanitarias” en Europa, reinterpretando el hasta entonces sacrosanto principio de “no injerencia en los asuntos internos de un estado soberano”. La diplomacia norteamericana, dirigida en aquellos días por Madeleine Albright, dio a entender en alguna ocasión a los kosovares su buena disposición al reconocimiento de la independencia, lo que sólo produjo escándalo entre los socios europeos. No habían ido hasta allí para jugar a redefinir fronteras, sino para realizar una acción humanitaria.

Desde entonces hasta hoy se ha avanzado en la comprensión de la complejidad del problema, lo que explica la nueva posición europea. Unos y otros reconocen que se fue con precipitación, ante la presión de la opinión pública. No dio tiempo a evaluar las consecuencias de situar fuerzas internacionales en aquella tierra, sobrada de historia. Una vez allí cabían dos opciones. O imponer la ley, exigiendo a los kosovares aceptar la soberanía serbia y a los serbios los derechos kosovares a la autonomía, o reconocer la independencia. La decisión actual no se ha tomado en función de lo que es correcto o incorrecto, legal o ilegal. Ha primado el propio interés de los gobiernos con fuerzas allí presentes. La primera opción hubiera supuesto enfrentarse a las guerrillas kosovares, con el corolario de muertos propios y ajenos y una presencia indefinida. La segunda implica castigar de forma desmedida al agresor, seccionando parte de su territorio, abandonando a su suerte a la minoría serbia en Kosovo y, de hecho, forzando su emigración. Así si la campaña comenzó para evitar una operación de limpieza étnica contra los albano-kosovares puede ser que se resuelva con otro movimiento de población, en este caso de serbios, algo mucho más llevadero para los miembros de la OTAN.

La declaración de independencia de Kosovo tiene implicaciones que a nadie se le ocultan, pero que se asumen como inevitables.

En Europa ya es posible segregar nuevos estados, sin el consentimiento de la parte afectada y sin necesidad de que intervenga el Consejo de Seguridad. Los mismos que dijeron todo tipo de barbaridades de la Administración Bush por actuar en Irak sin que una resolución lo aprobara claramente, ahora consideran que no es necesaria su intervención para desgajar un territorio de un estado soberano y reconocerlo como uno más en el concierto de las naciones. Más aún, se amenaza a la víctima, a Serbia, con no entrar en la Unión Europea si persevera en la irresponsable exigencia de mantener la soberanía sobre el conjunto de su territorio.

Aquellas minorías que demandan incorporarse, o reincorporarse, a su Madre Patria ya disponen de un precedente. A nadie le podrá extrañar que, como ya ha amenazado veladamente Rusia, se produzcan cambios territoriales en Moldavia o en Georgia.

Los dirigentes nacionalistas habrán tomado buena nota de que, cuando sus objetivos resulten inalcanzables, la opción más inteligente es provocar una crisis violenta que obligue a un despliegue de fuerzas internacionales para separar a las partes y estabilizar la situación. Ese será el primer paso para el “inevitable” reconocimiento de la independencia ante la imposibilidad de que las partes lleguen a un acuerdo. Pero ¿por qué buscarlo si su ausencia es la garantía del apoyo internacional para lograr las aspiraciones secesionistas?

Europa vive un resurgir de los nacionalismos secesionistas, en parte alentados por el éxito de la Unión Europea y el relativo debilitamiento de los estados-nación europeos. En el Reino Unido, Bélgica, Italia o España se pone en duda la pervivencia del estado de aquí a unas décadas. La forma en que se ha resuelto el conflicto de Kosovo supondrá un aliciente para que estos grupos perseveren en sus objetivos.

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