Cárcel y muerte a los 95 años

Ahmed Nasser fallece en una prisión de Marruecos tras ser condenado por “atentar contra los valores sagrados” del país

Tenía 95 años y debería haber muerto en su casa, rodeado de sus familiares, o en un hospital, pero Ahmed Nasser falleció el jueves solo, sentado en una silla de ruedas, detrás de los barrotes de la cárcel de Settat ( 70 kilómetros al sureste de Casablanca). Era el preso más viejo de Marruecos.

Llevaba algo más de cinco meses en la cárcel marroquí, desde que el 4 de septiembre fue detenido a su llegada a Yussufia, una pequeña ciudad a 230 kilómetros al sureste de Casablanca, a la que se desplazó para visitar a un hermano. Dos días después, un tribunal local le condenó a tres años por “atentar contra los valores sagrados” de la nación, pero nadie informó a su familia de la celebración del juicio sumarísimo.

Cuando se enteraron, su hijo, Mbarek Nasser, y su abogada, Asmaa Mazzouzi, recurrieron la sentencia ante la corte de apelación de Safi, la capital provincial. Presentaron un certificado médico que alegaba que el anciano padecía demencia senil y una enfermedad psiquiátrica “desde hace más de 20 años”, pero el tribunal no lo tomó en consideración y ratificó el veredicto. Más tarde solicitaron en vano la gracia real para el abuelo.

“En vísperas del Ramadán, mi padre viajaba en un autobús interurbano entre Casablanca y Yussufia”, relata el hijo, Mbarek Nasser, de 43 años, “y tuvo un altercado con un gendarme”. “Profirió algunos insultos y le detuvieron”, añade. En Marruecos hay tres valores sagrados, el rey, la religión y el Sáhara, y ultrajarlos en público es un delito recogido en el código penal. El anciano la emprendió con el monarca.

En silla de ruedas
Lo único que consiguió Mbarek, físico de profesión, fue trasladar a su padre de la prisión de Safi a la de Settat, la ciudad donde él reside, y allí se mudó también su madre, de 77 años, que vivía en Casablanca. “Así le podíamos ir a ver con frecuencia, le llevábamos comida y pañales, porque su movilidad era escasa y estaba casi todo el día en una silla de ruedas”, recuerda el hijo.

Mbarek acudió el miércoles pasado a la prisión para visitar a su padre. “Le encontré mal y decidí regresar el jueves para pedir que le hospitalizaran”, prosigue. “Cuando llegué me anunciaron que acababa de fallecer, pero después, en el depósito de cadáveres, me explicaron que, a juzgar por su aspecto, llevaba horas muerto”.

“¡Es un escándalo!”, repite una y otra vez Amin Abdelhamid, ex presidente de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH). “Lo sucedido es una vergüenza para la justicia marroquí y para el conjunto de las autoridades”, insisten los internautas en los foros de debate.

La AMDH recopiló siete casos de personas condenadas el año pasado por “atentar contra los valores sagrados” del reino. “Pero puede que haya más no detectados”, indica Abdelhamid.

El más célebre de todos es el del sindicalista Mohamed Bougrin, de 72 años, que cumple una condena de 12 meses en Beni Mellal. Su apodo periodístico es el de prisionero de tres reyes, porque ingresó por primera vez en la cárcel en 1960, cuando reinaba Mohamed V, pasó 11 años detrás de los barrotes en tiempos de Hassan II y regresó a la mazmorra tras manifestarse el 1 de mayo pasado en Alcazarquevir.

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