Rajoy y Rodríguez Zapatero. Contraste de perfiles ante los debates presidenciales

Durante el pasado mes de enero aparecían en el diario El Mundo dos entrevistas realizadas por su director Pedro J. Ramírez al Presidente José Luis Rodríguez Zapatero y al jefe de la oposición, Mariano Rajoy.

Ambas entrevistas eran extensas, desvelando sin problemas la actitud de entrevistador y entrevistado en cada una de ellas. Sin duda merece la pena leerlas; una vez hecho esto queda bastante bien definido el perfil de los candidatos.

El contenido de estas entrevistas es interesante por las preguntas, más hábiles en la primera de ellas (a Zapatero) que en la segunda (realizada a Rajoy); pero lo que resulta sorprendente de veras son las respuestas: cortinas de humo en el caso del Presidente y bastante más concreción en el segundo caso.
La variedad de la temática abordada también ayuda a la hora de poder realizar un perfil de cada uno de los candidatos, aunque en el primero de los casos las preguntas se orientan a asuntos que responden a la iniciativa personal del entrevistado, y en el segundo caso los temas tratados son los que le han sobrevenido al candidato durante estos últimos años.

En nuestro propósito de ofrecer una composición del perfil personal y político de cada uno de los candidatos procuraremos hacerlo con sujeción al contenido de las entrevistas, de modo que todos podamos contrastarlo en los textos y adquirir una visión propia.

Comenzamos por la entrevista realizada al Presidente del Gobierno, y publicada en El Mundo de 13 de enero. En este encuentro Pedro J. da muestra de su callo de periodista agudo y capaz, centrado en un objetivo: hacer un buen trabajo, cerrar una entrevista al Presidente que merezca la pena leer. Mencionamos este detalle porque no es ajeno al transcurso de preguntas y respuestas que analizaremos; el papel de entrevistador exhaustivo e independiente que Pedro J. asume en la entrevista consigue descolocar un tanto a un Zapatero que quizá hubiera esperado un encuentro más amable en el sentido de una tutoría consentida a su labor política de estos últimos cuatro años.

Frente a esta posible expectativa Zapatero se encuentra con un periodista en toda regla que quiere hacer una revisión a fondo de su acción y posición política en casi todos los temas importantes. Merece un aplauso la habilidad con la que en reiteradas ocasiones Pedro J. destapa la cara del presidente que éste más se esfuerza en disimular: su hastío por la libertad de expresión, por la independencia, por la capacidad (de los medios de comunicación o de los políticos en la oposición) de interpelarle y pedirle cuentas por tantas cuestiones barajadas en años y luego pasadas por alto.

El estilo de entrevista libre acaba dando lugar a que ante preguntas “incómodas” Zapatero responda preguntando al entrevistador, asumiendo él mismo un papel de intérprete que evidentemente nadie le ha pedido que asuma.

Éstas y otras anécdotas ayudan mucho más al diseño de su perfil personal que las propias respuestas orientadas en la línea de responder para no decir nada.

Siendo ordenados en la descripción del candidato, comenzaremos por su posición ante temas que se pueden calificar como “claves”, tanto por el papel que han ocupado en la actualidad política como por el hecho de ser incluidos en la entrevista. Las grandes cuestiones que se tratan en la misma van, entre otras, desde la cuestión de la falta de pactos de legislatura entre los principales partidos, el fracaso del diálogo con ETA y las posturas del gobierno con los terroristas, el incumplimiento de la ley de banderas en ayuntamientos gobernados por el partido socialista, la cuestión de la inconstitucionalidad del estatuto catalán, hasta el enfrentamiento con la Iglesia, la cuestión de las licencias televisivas concedidas a grandes grupos afines, pasando finalmente por las expectativas ante la convocatoria electoral del 9 de marzo y su opinión en materia económica y “buenos propósitos” de cara a la relación con ETA .

En cuanto a la falta de grandes acuerdos de Estado entre PP y PSOE, Zapatero lanzó la pelota al tejado “del PP de Rajoy”, que según él, “no ha querido pactar”. Zapatero traslada la responsabilidad de la falta de acuerdos al partido de la oposición, habiendo sido él quien toma la iniciativa en todos los campos, dejando únicamente la opción de estar de acuerdo o en desacuerdo; y el desacuerdo ha sido “penalizado peyorativamente” con la alusión a la falta de apoyo al gobierno.

Respecto a la posición sobre el diálogo con ETA, es interesante rescatar varias cuestiones: en una comparación entre un comentario de Zapatero en 2006 y otro más actual en cuanto a las expectativas con ETA, se abre una gran distancia; en 2006 Zapatero hablaba de una “alta probabilidad” de que ETA dejara las armas . Recientemente se refería a que si existía una “mínima posibilidad” había que intentarlo. Ante una falta plausible de apreciación, prudencia y cálculo político Zapatero se escuda en la afirmación de que “yo creí que existía un terreno para poder llegar al final dialogado con ETA; por supuesto que lo creí”. Con ello Zapatero deja entrever su tendencia fácil a la confusión entre lo que él espera, quiere y desea y la realidad misma, que dista mucho de lo que él imagina. Además cuando reconoce que el atentado de la t-4 no podía ni imaginárselo, airea su carencia en la capacidad de análisis: “no era pensable que pudieran cometer un acto así…”

Zapatero en la relación con ETA se encasilla en esta fase de irrealidad en la búsqueda de objetivos, que en temas trascendentes como la lucha antiterrorista puede arrojar por la borda años de trabajo sin más. En relación a esta cuestión Zapatero sentencia que su ética es la ética de la responsabilidad, sin darse cuenta que su acción personal (como el mismo reconoce el diálogo ha sido responsabilidad suya), ha sido inútilmente arriesgada y desprovista tanto de cautela como de firmeza: en definitiva un concepto muy abierto de responsabilidad política.

Ante la pregunta de si no teme haber sentado un mal precedente aceptando a ETA como interlocutor político, Zapatero se molesta y responde preguntando por los encuentros de Argel y de Zurich. Y cuando Pedro J. se refiere al caso De Juana Chaos, Zapatero vuelve a responder con preguntas al periodista: “¿no me reconoce usted que hemos hecho bien?”, “¿era o no era difícil?” “¿estamos consiguiendo los objetivos? (de cumplimiento de pena sin muerte por huelga). Sí, pues ya está.” Zapatero se muestra sentencioso intentando cerrar el tema. Zapatero lleva mal los reveses y le cuesta controlar las respuestas un tanto airadas.

En cuanto al tema del estatuto catalán, Zapatero se muestra incómodo una vez más; ante la pregunta sobre la diferencia entre la “solemnidad política” otorgada al asunto, y la escasa participación en la consulta, y el lío montado en la clase política catalana con su apoyo, Zapatero responde con una acusación tamizada: “tendríamos que ser más respetuosos”, como si el entrevistador no lo fuera.

Ante la cuestión sobre la posibilidad de establecer el recurso previo de inconstitucionalidad, Zapatero responde que éste no tiene sentido; y en cuanto al debate que intentó abrir sobre el término nación, se afirma en la idea que es discutible.

Si estas respuestas y la actitud mantenida sorprenden a quien esperaba una entrevista más al uso, otros temas resultan verdaderamente increíbles tanto por la respuesta en sí, como por la actitud. En relación al problema del aprendizaje en castellano en Cataluña y la inevitable alusión al reconocimiento y aplicación de los derechos y libertades públicas, Zapatero responde que mientras no exista una sentencia que lo reconozca, eso no se da, no existe. Y en paralelo con el problema de las multas por no rotular en catalán esgrime “ni creo que sea sustancial ni que tenga que ver con las libertades públicas”.

En el tema del incumplimiento de la ley de banderas muestra abiertamente manga ancha para con los alcaldes socialistas diciendo que ellos (PSE) saben muy bien lo que tienen que hacer, y que no necesitan predicar con ningún ejemplo.

Llegado otro asunto espinoso, la sentencia del 1-M, Zapatero invita al periódico que le entrevista a “reconocer sus errores”, igual que él ha reconocido los suyos. Ante la pregunta un tanto atónita de Pedro J. sobre qué errores Zapatero recula con un “no, simplemente yo se lo sugiero…” Y por si faltara poco, entrada la cuestión del control de los medios de comunicación (cómo se las arregla para moldear a su gusto el sistema mediático y dar en cambio la sensación que no lo hace), Zapatero acusa al propio Pedro J. de hacerlo más que él. Ante esto el periodista no le queda menos que responder “oiga, que yo no soy su competidor, que yo no soy el candidato de la oposición”. Y Zapatero yendo más allá insiste “este es un ejercicio libre de un modelo de entrevista, ¿no?”

En el fondo esta actitud de reproche y respuesta en tono ciertamente desafiante desvela que el Presidente, a pesar de las afirmaciones contrarias, no admite en ningún modo la crítica. No sabe encajar con soltura que se le pueda confrontar con su actitud de amiguismo político con ciertos grupos, o su interés de manipulación en los medios de opinión. La actitud altiva de Zapatero muestra, en contra de sus afirmaciones, que no admite la connivencia con la verdad que los hechos manifiestan.

Si hacemos un recorrido en el clima de la entrevista, simultáneo a los temas que se van abordando, apreciamos cierta tensión que va creciendo paulatinamente hasta llegar a la reciente confrontación con la Iglesia Católica. Ante la pregunta de si hoy día se considera cristiano, nos vuelve a sorprender una vez más la respuesta: “Sí, estoy bautizado. Me amparo en mi derecho constitucional a no responderle; ¿me lo va a respetar?”. La respuesta se puede interpretar sólo de una forma, y es que Zapatero se ha sentido agredido por una pregunta corriente. Responde como si de un juicio se tratara, hecho que confirma la incomodidad con la que está llevando el encuentro.

Y llegamos al punto álgido, cuando Pedro J. le responde sobre la valoración que hace de la relación de los obispos Rouco y Gasco con Rajoy: “Yo creo que si la esperanza de Rouco y Gasco es Rajoy, entonces la suya son Rouco y Gasco… porque a usted le va de maravilla esta polémica”. Ni más ni menos que el Presidente le espeta de inmediato: “¿Pero usted qué está haciendo aquí? ¿Defendiendo a Rajoy?”.

Esta actitud altiva y distante, con cierto aire de prepotencia continúa cuando se habla de estos cuatro años y de la experiencia que han aportado, y en ese marco, si del PP ha aprendido algo: “la derecha no me ha enseñado nada”.

Una vez repasadas las cuestiones de legislatura la conversación se concentra en el momento actual y las expectativas de cara al 9 de marzo. El objetivo de Zapatero es ampliar su actual mayoría, y asegura que en un caso de mayoría absoluta, mantendría “su capacidad de diálogo”. Claro, esto es muy discutible, porque salvo la salvedad de ETA y los socios nacionalistas, Zapatero ha dialogado poco (con la oposición, con la asociación de víctimas del terrorismo, con los ciudadanos que se han manifestado en reiteradas ocasiones en relación a educación, familia, terrorismo, España…)

Él mismo declara que el objetivo de la mayoría estaba fijado para “erradicar la inútil crispación”. La credibilidad de esta afirmación en su momento ya era escasa, pero tras la emisión de la declaración en abierto de la necesidad de tensión -en una entrevista de televisión- se cae por sí sola. No sólo no quiere erradicar la crispación, sino que ésta es su estrategia para el 9 de marzo.

Y tocando la posibilidad de acercamiento a ETA en una próxima legislatura, el Presidente vuelve a mostrar su doblez ante el asunto: por una parte afirma que si ETA no abandona de manera unilateral y definitiva la violencia no tiene ninguna oportunidad, pero a la vez considera “absolutamente innecesario derogar la resolución parlamentaria que le autorizaba a dialogar con ETA”.

Y si el final de la entrevista arroja esta sensación de ambigüedad en el tema de la negociación con ETA, cuando sale el tema de la unidad y cohesión de España y la posibilidad de reforzarla con el blindaje competencial en materias de Estado, Zapatero responde que “el blindaje de las competencias del Estado es algo banal”.

En el área económica, Zapatero serpentea las preguntas intentando eludir la actual situación de crisis: insiste en que “en absoluto hay crisis, eso es una falacia, puro catastrofismo”. Y respecto a la actual pérdida de competitividad Zapatero declara que “no es verdad que no ahorramos”. La siguiente pregunta pudiera haber sido quién consigue ahorrar hoy. Y sobre la necesidad de haber abordado reformas económicas de prevención ante la crisis, Zapatero responde tranquilamente que estos años han sido los de mayor “paz social”; debería haber definido el término.

La negación de la realidad es otra de las formas del Presidente de evadir preguntas incómodas que no está dispuesto a responder. Éste es el caso de la siguiente pregunta: “¿sigue sin reconocer que la regularización masiva de 2005 produjo un efecto llamada que todavía perdura?”. Zapatero: “¿dónde hay efecto llamada?, ¿dónde está?”.

Sin duda son muchos más los asuntos que de manera más o menos exhaustiva se tratan en la entrevista. Para una valoración general de la posición ante los mismos invitamos a leerla detenidamente. En nuestro caso, nos ocupamos del perfil que se desprende de este cuestionario, que se debe tener en cuenta ante la cita del 9 de marzo:

José Luis Rodríguez Zapatero se muestra a escasas semanas de elecciones generales un Presidente cuanto menos controvertido. La causa de esta controversia no es otra que él mismo y su propia actitud ante variopintas circunstancias.

En primer lugar le gusta definir las situaciones, que los escenarios se muevan en torno al paisaje que él propone; esto se palpa en la entrevista desde casi las primeras líneas en las que contradice a su interlocutor cuando éste sitúa un acontecimiento de un modo que no se ajusta a lo que él quiere. No responde “esta visión no la comparto, yo pienso que…” sino simplemente “No es así” (cuando se le pregunta por esta legislatura sin consensos, ni siquiera en materia antiterrorista). Zapatero da una imagen dogmática, no por el deseo de generarla sino porque este aspecto forma parte de su personalidad.

En reiteradas ocasiones a lo largo de la conversación apela a su deseo de diálogo y a su sentido de la responsabilidad, y reconoce que arriesgó en la negociación con ETA. Argumenta que lo único que le movió a entablar la negociación fue el deseo de “salvar vidas” y a la vez niega remordimientos por haber continuado los contactos tras la ruptura de la tregua, relativizando sobre los dos muertos de la T-4 “matar siempre han matado”.

El doble ejercicio ya conocido de hacer algo y mostrar lo contrario, queda patente entre respuesta y respuesta, y da a entender que Zapatero no juega limpio, más bien al engaño o al escondite. El caso es que mantener esa actitud en una entrevista a fondo a cuatro semanas de las elecciones generales no juega precisamente a su favor.

Del mismo modo, Zapatero increpa en varias ocasiones al entrevistador, e intenta sugerir qué se debe dar por supuesto ante determinados temas. La capacidad de mediatizar se hace notoria, más aún cuando el entrevistador mantiene la línea de preguntas sin variaciones. La actitud altiva y en parte rencorosa cuando recuerda la actitud del Partido Popular o del propio diario El Mundo ante el caso del 11-M muestran que bien al contrario de lo que Zapatero afirma, éste no asume con naturalidad la crítica, ese ejercicio democrático (que en teoría respeta). Ciertas afirmaciones o sugerencias lanzadas con despecho o el intento de reconducir la entrevista asumiendo el papel de entrevistador en lugar de entrevistado, reflejan una personalidad en el fondo distante y más fría de la que con frecuencia intenta trasladar.

La falta de previsión y el exceso de cálculo en función del propio interés son otros dos aspectos que resaltan entrelíneas: el reconocimiento de la imprevisión de un atentado durante la tregua, o el empuje a la negociación en base exclusivamente a una expectativa personal abren la caja de las carencias del presidente. Efectivamente Zapatero carece de las principales cualidades de un buen político: prudencia, justicia, sentido de la realidad, capacidad de escucha a los ciudadanos, presencia con los débiles (con las víctimas). En este último caso resulta incongruente su respuesta cuando se le pregunta por la queja de las víctimas de terrorismo que no se han visto bien tratadas por él: “pero he estado cerca de ellas”; incongruente decimos por su conocida ausencia al último Congreso de Víctimas celebrado hace apenas unos meses.

Un aspecto que merece especial atención es lo que definimos como carencia del sentido de la realidad. Zapatero se aleja del mundo real en base a dos motivos: uno, que en ocasiones quiere trasladar a la realidad la planificación y los objetivos que él se ha propuesto. Esto constituye un problema cuanto más alejados de la realidad están sus objetivos, como pueda ser el caso de la negociación con ETA. Otro motivo es la evasión de la realidad; el palpar que lo que sucede a su alrededor no encaja con su deseo le lleva a un proceso sorprendente de negación que distorsiona no sólo su propia visión sino todo lo que transmite. Así, por ejemplo, ante la situación de crisis económica, y de la valoración de las consecuencias políticas que ésta pueda generar a corto y medio plazo, Zapatero niega su existencia. Parece ridículo, pero a los hechos nos remitimos, en este caso a la entrevista. Otro ejemplo es la respuesta ante la exposición del efecto llamada del proceso de regularización masiva de 2005. Él responde “¿dónde está?”; sólo cabe añadir “yo no lo veo”. Zapatero no ve o no quiere ver lo que no le interesa; y esto le perjudica en sobremanera porque el objeto de su negación es contrastable con la realidad, y la sociedad percibe más allá de los estímulos mediáticos o los mensajes dirigidos de una campaña electoral.

El perfil de Rodríguez Zapatero es complejo y opaco en definitiva. Complejo por el matiz de aventurado e imprevisor, por la razón simple de su contradicción personal difícil de disimular (mientras hace una cosa dice la contraria), y porque le falta seriedad política, el aplomo necesario para generar confianza, para mantenerse en la palabra dada.
Zapatero niega haber faltado a su palabra, pero lo ha hecho desde el momento que ha reconocido haber mentido a la sociedad española sentándose con ETA tras un atentado mortal. Zapatero falta a los españoles, pero lo más importante es que se falta a sí mismo, y su palabra pesa poco y vale menos.

El Presidente es además opaco porque nunca muestra sus verdaderas intenciones hacia ningún actor político, y con ello se convierte en un socio de escasa confianza.

Por último, Zapatero apela a los grandes principios, las convicciones profundas, el valor de la democracia. Pero, ¿qué valor podemos atribuir a esos principios bajo los cuales se veta la libertad de expresión, se ahogan las libertades y derechos de las personas y se discriminan los medios de comunicación en función de su adscripción política? Y por otra parte la consabida igualdad a la que tanto invoca, siendo fruto de la imposición, ¿es verdadera igualdad o sólo una norma taxativa más entre tantas otras?

Si revisamos al mismo tiempo la entrevista realizada a Mariano Rajoy y publicada dos semanas después en el mismo diario, podemos completar con cierta precisión las conclusiones que acabamos de desarrollar. Además esta segunda entrevista resulta interesante por varias razones: una de ellas es el valor de su testimonio como interlocutor político y testigo directo y de primera línea de los acontecimientos más importantes de estos últimos años; otra razón importante es la versión que aporta Rajoy sobre algunas cuestiones a las que también hubo referencias en la entrevista a Rodríguez Zapatero. La comparativa es imprescindible porque respecto a un mismo hecho Zapatero da una versión y Rajoy afirma lo contrario, sorprendiéndose de la respuesta del Presidente. En esta segunda entrevista Mariano Rajoy también da muestra de su personalidad, y da una opinión sin complejos sobre los más diversos asuntos de la actualidad y de esta agotada legislatura.

El valor de su testimonio es importante, como decíamos, porque nos ayuda a completar la visión ya adquirida sobre Rodríguez Zapatero. Rajoy aporta una crónica paralela de los principales acontecimientos que permite contrastar las afirmaciones del Presidente del Gobierno. Un elemento destacable es el relacionado con la carta que recibió Zapatero de Arnaldo Otegui en la Moncloa (que abrió públicamente el conocido proceso), y que aseguró en la entrevista que había mostrado a Rajoy en la reunión que tenían concertada en aquel momento. Rajoy responde a la pregunta sobre la carta que en ningún momento se la mostró el Presidente. Antes que éste otros motivos, sobre todo las reuniones entre PSE y Batasuna, llevaron desde hace tiempo al líder de la oposición a creer que Zapatero “no jugaba limpio ni con él ni con los españoles”, y a perder toda confianza en él.

Por otra parte, y en alusión a la negociación con ETA, Rajoy reflexiona sobre el engaño que este proceso encubría y la demostrada debilidad del Presidente ante la banda. Asegura que en consecuencia, ETA ya nunca tomará en serio a Zapatero, “lo verá siempre como un Presidente débil”.

Curiosamente Rajoy hace una lectura de estos acontecimientos parecida a la que esbozábamos antes; si más arriba citábamos que Zapatero se dejó llevar por la imprevisión y la falta de cálculo centrado sólo en su deseo, Rajoy afirma que a Zapatero “le cegó el voluntarismo”; la voluntad de sacar adelante el proceso, a cualquier precio. De hecho, las concesiones a De Juana y a Otegui son para Rajoy la prueba más palpable de ello.

Si Zapatero afirmaba con solemnidad en su entrevista que lo más importante para él son los principios, Rajoy desmonta inconscientemente esta afirmación cuando concluye que “la táctica, la estrategia o la conveniencia se ponen por delante de los principios” en el caso de Zapatero. Lo peor de todo es que los hechos ratifican esto último.

Y cuando Rajoy parte de la premisa que la actitud de Zapatero lleva a engaño, y que no es de fiar, se carga de razón llegada la pregunta sobre el atentado de la T-4 y el reconocimiento de Zapatero de haber mantenido los contactos después: “ésta es la plasmación material de un engaño”.

Como decíamos, la entrevista a Rajoy sirve de complemento idóneo a la de Zapatero. No obstante, y aparte de este valor testimonial, esta segunda entrevista despeja la personalidad de un Mariano R. dispuesto a alcanzar la Presidencia del Gobierno el 9 de marzo. Frente al tono huidizo y un tanto desafiante de Zapatero en su encuentro con Pedro J., Rajoy se muestra por el contrario abierto, sincero, sin tapujos, y muy natural. No me cabe la menor duda que la transparencia mostrada en esta entrevista es real; Rajoy para lo bueno y para lo malo no teme mostrarse tal cual es: como él mismo se define, un hombre de provincia (de Pontevedra), con amplia experiencia política, que no le ha restado capacidad de aprendizaje en estos últimos años.

De hecho él mismo manifiesta que ésta ha sido la etapa “más dura” de su vida, porque se ha encontrado ante situaciones no vividas antes por la dificultad de gestionar una derrota imprevista, y por la soledad en la defensa en solitario de los valores y la esencia de nuestro país.

Sin embargo, Rajoy reconoce al mismo tiempo que de esta experiencia ha salido fortalecido, que ha aprendido mucho, y lo más interesante que ahora es él mismo. Comenta que antes estaba más encorsetado, venía de la vida política con otra manera de hacer las cosas, y en estos años ha podido estar más en la calle, hablar con la gente, recibir duros golpes y aprender de ellos. Cierto es que últimamente se le ve más resuelto, con aplomo y consistencia personal, firme en lo que cree y en lo que propone, satisfecho de la labor que lleva realizando durante estos cuatro años.

Otro elemento que destaca es la honestidad en las respuestas, la naturalidad con la que habla tanto de lo que ha vivido, de lo que aprecia, de su tierra natal como del análisis que hace de estos años de desconcierto. En más de una ocasión he oído al líder de la oposición decir : “que yo sí soy de fiar, créanme”. Y la verdad, le creo. No porque él lo pida, sino porque transmite sinceridad. No será la sonrisa más mediática, ni el mejor comunicador, pero se muestra tal cual es, decidido y entregado y con un enorme interés en las dificultades de la gente de la calle, de sus familias, de su ahorro, de la educación de sus hijos, de sus problemas en definitiva. Rajoy es menos mediático, pero más cercano en las distancias cortas, más veraz.

Con esto no queremos entregar un premio gratuito al líder de la oposición, es una valoración ganada a pulso. Mucho se ha dicho de la falta de liderazgo del político, y sin embargo como él mismo comenta, ha sido capaz de llevar a su partido a las puertas de las elecciones con una tendencia de ascenso lento pero continuo; ha sido capaz de defender los intereses de muchos por encima de los intereses particulares que ha gestionado este gobierno; ha sido capaz de estar con las víctimas y escucharlas en su dolor y enfado por una negociación-trampa; capaz de defender la unidad frente a un proceso de reformas que modifican sustancialmente la configuración de España; ha defendido la cohesión y la solidaridad frente a los egoísmos soberanistas y ha soportado el aislamiento político generado por el Pacto del Tinell sabiéndose representante de más de diez millones de españoles.

Rajoy dice en la entrevista que su objetivo es el de ser “un presidente previsible, patriota, independiente, moderado y resolutivo”. Estas son características que ya de por sí encajan con su personalidad; pero lo que Rajoy desea es poder ponerlas a rendir al servicio de todos los españoles. De hecho él mismo hace un llamamiento a apoyarle en la defensa de un proyecto común, no a base de bandazos ni genialidades, sino con previsión. Rajoy desea actuar con moderación y prudencia, pero con toda la determinación y la capacidad resolutiva que las circunstancias exijan. Esto, a mi entender, es mucho decir y es una buena garantía de futuro.

Sin entrar en consideraciones, estas características resultan la antítesis de lo que Zapatero nos ha mostrado en estos tiempos pasados. Mariano Rajoy está adquiriendo un peso específico que muchos no hubieran imaginado hace tan sólo un año, y su consistencia viene de su firmeza en lo que cree, pero también de su inquietud al servicio de todos los españoles. En estos años nos ha mostrado un perfil muy batallador, y este recorrido le ha hecho ganar en el terreno personal para afrontar esta última etapa.

Rajoy está conquistando una confianza que Zapatero ha perdido, y por ello merece la oportunidad de construir el futuro común de todos.

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