«El Solitario»: Un miserable asesino

Lo habían perseguido durante una década, pero desde 2004, cuando mató a dos de los suyos, «El Solitario» era el enemigo de cabecera de la Guardia Civil. En julio lo apresaron y encontraron los restos desguazados del Suzuki del crimen en una nave de Pinto. Un grupo de agentes puso el coche del derecho y del revés para demostrar que era el vehículo esquivo. Tenía el número de bastidor borrado, pero al aplicarle los reactivos químicos descubrieron una nueva sorpresa, otra burla del atracador asesino: «Chúpame la polla, madero», había escrito Giménez Arbe imaginando que algún día caería. El juez incluye en su auto de procesamiento el episodio completo sin recoger la frase ofensiva.

Tampoco habló de ella «El Solitario» a los psicólogos ni al juez. «Como no querían personas que les dieran problemas, me excluyeron. Yo estaba bajo los efectos del ácido, pero les decía que quería hacer el servicio militar, que quería aprender a disparar, aunque a veces perdía el control cuando salía el cielo rojo. Básicamente lo preparé todo para engañarles y no hacer la mili». Es una de las «confesiones» que Jaime Giménez Arbe, «El Solitario», hizo a los dos psiquiatras que le evaluaron el 30 y el 31 de enero por orden judicial.
En esas sesiones repasó su agitada vida con bastante detalle, casi siempre al borde de la legalidad. Los médicos elaboraron un informe que el juez hizo suyo en el auto de procesamiento -ayer se le comunicó al imputado- por los asesinatos de dos guardias civiles en 2004 en Castejón.
Liceo italiano y porros
El informe consta de dos partes: un examen para determinar si sufre trastorno de personalidad y un test psicométrico de personalidad. Primero se mostró reticente, pero al final se avino a colaborar. «El Solitario» fue un buen estudiante en el Liceo italiano de Madrid, y un precocísimo músico, casi tanto como consumidor de drogas. A los 14 empieza a fumar porros y a los 15 el aprendiz de guitarrista comete su primer delito: roba cuatro guitarras y un equipo de música para el grupo con el que tocaba. Sigue su «minicarrera» musical y de adicciones hasta que lo llaman a filas y monta el numerito descrito por él mismo con el que consigue librarse de la mili.
«Yo no pasaba desapercibido, era bromista, burlón, sociable, no quiero ponerme medallas, era atractivo no sólo físicamente, sino también de personalidad. He tenido muchas novias, dos mujeres y estaba a punto de casarme con otra», admite con la misma falta de pudor que sus frecuentes infidelidades.
Expropiación bancaria
En 1976 Giménez Arbe se muda a Suecia. Allí conoce a su primera esposa, una finlandesa de «contigo pan y cebolla» con la que comparte el cobro del subsidio y sus ingresos de músico callejero. Aprovecha el tiempo: aprende inglés y sueco y va y viene a España para redondear ingresos. Compra anfetaminas en las farmacias y las vende en Oslo. En uno de los viajes narcos acaba entre rejas en una cárcel sueca. Allí, cuenta «El Solitario», conoció a un grupo de franceses anarquistas que le inician en la carrera delictiva «dura». Él mantiene que sus primeros atracos los comete en Francia bajo el paraguas ideológico de lucha política y expropiación bancaria.
En 1979 regresa a España y trabaja durante los tres años siguientes como instalador eléctrico y técnico de frío industrial para una empresa en Libia y para otras nacionales a la vuelta. En 1985 conoce a su segunda mujer, esta vez inglesa, con la que tiene dos hijos en Las Rozas en 1987 y 1990. Sobre esta relación se podría escribir otro libro de Arbe, que se separa entre 1994 y 1996, en plena carrera de atracos a bancos, pero retoma el matrimonio y permanece con su mujer hasta 2003. «El Solitario» ha negado que su familia estuviera al tanto de su carrera delictiva, aunque los interrogantes permanecen.
La culpa no existe
Dicen los psiquiatras que Giménez Arbe, piloto de helicóptero, patrón de yate, cocinero con excelencia y ligón, manifiesta una clara «autosuficiencia», una negación de los criteros de los demás y de las normas sociales». Su perfil retrata a un individuo frío y meticuloso, que planifica sus actos al milímetro sin tener en cuenta a los demás -el juez explica en base a la pericial caligráfica que es el autor de los cuadernos incautados en los registros donde figuran las vías de huida tras los asaltos-. La culpa no existe para él y escoge «externalizarla hacia los otros».
Es un experto en el manejo de las armas, tiene «una gran riqueza de conocimientos» y una más que correcta expresión verbal. Ambos aspectos descartan también para los especialistas un trastorno en su capacidad intelectiva.
«No es psicótico ni esquizofrénico», se recoge en el test psicométrico, pese a que «carece de realismo» y tiene «una marcada tendencia a la negación de problemas y debilidades», así como a ofrecer una imagen de autosuficiencia y autocontrol. «No hay alteraciones intelectivas ni volitivas ni ahora ni cuando sucedieron los hechos. Sufre un trastorno de personalidad de tipo mixto con rasgos disociales, histriónicos y paranoides que no disminuyen su capacidad psíquica para la comprensión de sus actos ni disminuyen su capacidad para dirigir libremente su comportamiento. Su sola existencia no es criterio para concluir una enajenación mental o exención de la imputabilidad».
Los psiquiatras son contudentes. «No se debe equiparar trastorno de personalidad con responsabilidad disminuida o irresponsabilidad». Como indicador aportan la planificación detallada de los atracos y las medidas antipolicía.
Su familia dice que se va a mudar al Reino Unido porque no aguanta la presión. Uno de sus hijos declaró al juez que ignoraba en qué trabajaba su padre. A veces se marchaba varios días, pero mejor no saber. Una vez vio un molde de cera, un camuflaje, en la buhardilla. «Es para un proyecto», respondió Arbe. Aún le quedaban muchos bancos por robar.

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