Elecciones 9-M. Agravar los problemas o empezar a solucionarlos

Desde que en marzo de 2004 Rodríguez Zapatero llegó al poder, su proyecto, más que de gobierno, ha sido de cambio de régimen político en España. Sobre ello se votaba este domingo, y sobre ello se han pronunciado los españoles. El Partido Popular ha mejorado los resultados de 2004, ampliando la representación liberal-conservadora. Se trata de una derrota dulce, pero una derrota. De estas elecciones pueden hacerse múltiples lecturas, para las que ya habrá tiempo. Pero a efectos históricos, debemos preguntarnos qué ocurre en España cuando sus ciudadanos refrendan la ruptura con la Constitución, el pacto con la ETA y el harakiri económico español.

¿Cómo es posible? El más grave problema político que padece España es la existencia una asimetría cultural anómala. Cuando la izquierda llega al poder lo hace con un proyecto ideológico profundo y penetrante. Impulsa hacia su lado la moral ciudadana con todos sus medios, y no escatima en métodos, legales o ilegales para ello. El proyecto de Zapatero, aun simplón y suicida para la nación, no deja de ser un proyecto de reforma profunda y total de la sociedad española. Zapatero es causa de muchos problemas, y más que lo será. Pero su figura es también consecuencia y fruto de una situación histórica de más alcance; la izquierda tiene el terreno social allanado para el ejercicio de la agitación, la propaganda y el aleccionamiento. A esto se ha dedicado estos cuatro años y a esto se va a dedicar a partir de ahora.

No ocurre lo mismo cuando lo hace la derecha. En nombre de la convivencia y la moderación, el PP nunca ha tocado temas que son fundamentales para formar a largo plazo la conciencia del votante: la ética, la cultura, la sexualidad, la religión, los “derechos”. Jamás ha ofrecido alternativa a los temas fundamentales a la izquierda; no ha propuesto unos principios alternativos a los de la apología gay-lésbica, la defensa de la muerte, la descristianización, el odio a la historia de España o la manipulación de la guerra civil. Durante años ha callado, y al callar ha otorgado. Y si alguien se cree que con apelar al “sentido común” o al bolsillo de los españoles durante tres semanas se soluciona este problema, la respuesta la derrota estará justificada.

Y es que cada vez que el PSOE gobierna hace girar la sociedad a la izquierda, y cada vez que lo hace el PP deja, en el mejor de los casos, las cosas como están. La derecha no ha perdido las elecciones en esta campaña; las ha perdido en los últimos treinta años, incluidos los ocho últimos en el Gobierno, cuando se gestionó y se administró bien, pero se olvidó hacer política, hacer pedagogía, educación y cultura política. Zapatero sólo ha continuado el proyecto social donde lo dejó González, porque nadie se ha preocupado de combatirlo.

Con esta deriva histórica de dejar hacer a la izquierda en sociedad y dedicarse sólo a la gestión, la derecha política española tendrá cada vez más difícil ganar las elecciones, y si lo hace, lo hará girando obligadamente a la izquierda. Si renuncia a proponer una cultura alternativa a la de la ideología socialista, o perderá elecciones o perderá el liberalismo. Aún hoy esta derrota deja capacidad de maniobra, a condición de retomar desde ya unos principios que el PP parece haber dejado de lado, y a condición de no rehuir un enfrentamiento ideológico y cultural al que hace tiempo que no se presenta.

Hay además dos fenómenos que hay que reseñar. En primer lugar, pese a la inexistencia de una contrapolítica liberal-conservadora, millones de españoles han dado su voto al Partido Popular. Lo que significa que existe una base social formidable a partir de la cual construir una alternativa real y antagónica al proyecto de Zapatero y de la izquierda en general. Una base social que está yendo por delante del PP, y que en última instancia le está sacando la cara elección tras elección.

En segundo lugar, en los últimos años se ha originado una eclosión civil liberal-conservadora, que desde periódicos, editoriales, radios, pocas televisiones y organizaciones varias han vertebrado la respuesta cívica a Zapatero. Éste no se lo va a perdonar, y sobre ellos va a caer ahora toda la furia del “ansia infinita de paz”.

El Partido Popular deberá contar con estas dos poderosas fuerzas si quiere dentro de cuatro años expulsar a Zapatero y tratar de arreglar los desaguisados que va a provocar en esta legislatura. Y sobre todo deberá ser capaz de proponer una cultura política no sólo alternativa sino antagónica a la socialista. En caso contrario no hará más que agravar el problema.

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