Marichalar, del cese temporal a la separación real

Jaime de Marichalar no sólo ha tenido que afrontar una nueva vida como hombre separado, sino también comprobar cómo los muchos conocidos que antes le bailaban el agua ahora se han convertido en invisibles y le frecuentan cada vez menos. La corte de los milagros que rodeaba al yerno real en forma de aduladores o ilustres ociosos casi no existe. Eran los mismos que en cualquier reunión social multitudinaria comentaban públicamente las muchas horas que se pasaban al teléfono “hablando con Jaime” o las cenas distendidas y sin protocolo en el Vips que hay frente al que hasta hace muy poco era el domicilio conyugal.

Y no se crean que se trataba de gente con currículo de altura, sino vendedores de marcas que utilizaban al duque en provecho propio. ¡Qué pena que las paredes de alguna joyería del barrio de Salamanca o el local del zapatero prodigioso Manolo Blahnik no hablen! Sería la bomba, sobre todo porque algunos/as que lo recibían a golpe de trompetas y fanfarrias hoy quieren saber poco del consorte destronado. Incluso los telefonazos intempestivos del duque contando chistes verdes que antes les hacían muchísima gracia, ahora las definen como “salidas de pata de banco” o simplemente como ordinarieces impropias de su estatus.

También se han reducido los convites en restaurantes de lujo donde Jaime de Marichalar era el invitado estrella y, por lo tanto, nunca pagaba. Hace poco, en los desfiles de París a los que acudió como consejero de LVMH coincidió con el periodista Jesús Mariñas. En un momento de debilidad le confesó encontrarse muy solo. Para bien o para mal, esas confidencias han servido para definir la situación emocional en la que vive actualmente el todavía marido de la Infanta Elena. Aunque según parece, hace ya tiempo que la pareja ha iniciado los trámites legales convirtiendo el cese temporal en separación real.

Todo esto viene a cuento porque a la desbandada general de interesados se ha unido la desaparición de ciertos privilegios. Hace unos días, la periodista Beatriz Cortázar informaba de cómo el duque organizaba visitas privadas al Palacio Real fuera del horario habitual. Según parece, la mayoría de las veces se trataba de grupos formado por compromisos profesionales y las menos por amigos personales del extranjero que disfrutaban de un paseo por las estancias del palacio sin compartir aglomeraciones y esperas con la ciudadanía de a pie. Estas prerrogativas han desaparecido y las llaves deben estar como en la canción “en el fondo del mar, matarile, rile,rile…”.

Otra de las ventajas de ser el primer yerno -Urdangarín vino después- era la capacidad que tenía para hacer y deshacer en las firmas de las que era consejero. Por ejemplo, en los mejores momentos acudía a cualquiera de las tiendas de Loewe -preferentemente la de la calle Serrano- con la intención de cambiar el escaparate. Una decisión para la que no tenía potestad porque las directrices llegaban directamente de París. El estilista oficial se encargaba de disponer los objetos de lujo en los escaparates siguiendo una misma línea argumental para todos los establecimientos. Entonces llegaba él, que en esos momentos era algo así como el megaduque y decía que no le gustaba y que había que cambiarlo. Los responsables solían desaparecer y las dependientas, sin capacidad de decisión, pasaban del tema. Con el tiempo, esta fiebre organizativa desapareció para tranquilidad de los trabajadores.

Coincidiendo en tiempo y espacio con el abandono del domicilio conyugal por parte de la Infanta Elena, también hubo cambios en sus horarios deportivos. Antes aparecía en el gimnasio alrededor de las once de la noche con el consiguiente descontrol de horarios para los responsables del centro. Ahora acude como todos los clientes a horas normales. En cambio, lo que no ha cambiado han sido los temas relacionados con su seguridad. No es cierto que se le haya retirado la escolta como se dijo en su día.

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