¿Por qué seguimos en Kosovo?

Los serbios han iniciado una campaña de incidentes en el norte de Kosovo, en torno a la ciudad de Mitrovica, donde son mayoría frente a los albano-kosovares. Es pronto para saber si estamos ante una estrategia de desestabilización o, simplemente, frente a hechos aislados. El miedo a la primera opción crece, más aún cuando hay temas a negociar y, sobre todo, una gran potencia, la renacida Rusia de Putin, que está dispuesta a jugar sus bazas. En el hipotético caso de que los serbios hayan dado por perdido Kosovo, tratarán de renegociar la frontera norte de su antigua provincia. Si de lo que se trata es de conformar estados con identidad nacional, lo lógico es que Serbia recupere la franja norte. Más aún, si como parece ya se ha dejado atrás la idea de mantener comunidades distintas bajo un mismo estado, el gobierno de Belgrado puede estar considerando que ha llegado el momento de segregar la República Srpska de Bosnia, también de mayoría serbia, incorporándola a su territorio de soberanía.

Rusia advirtió con tiempo de las consecuencias que la independencia de Kosovo podría tener. Citó el caso del País Vasco, pero sobre todo hizo referencia a territorios de población rusa que forman parte de otros estados. Osetia del Sur y Abjacia, ambas provincias de Georgia, ya han reclamado a Naciones Unidas su independencia. Pronto puede seguir el Transniester moldavo.

El Gobierno español se opuso desde un primer momento a la independencia de Kosovo. La presencia de tropas españolas en aquel territorio estuvo condicionada al respeto por la integridad territorial de Serbia. Zapatero no modificó esa condición. Más aún, ante el auge de las demandas independentistas durante su primera legislatura temió que un precedente como éste podría legitimar sus ansias segregacionistas. El resultado es que España es uno de los pocos grandes estados europeos que no ha reconocido la soberanía kosovar.

Hasta aquí todo normal. El problema llega cuando toca ser coherente con las decisiones tomadas. Zapatero ha repetido que nuestras tropas no actuarán fuera de territorio nacional sin el amparo de una Resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Desde el día en el que Kosovo declaró su independencia las resoluciones vigentes del Consejo han perdido su eficacia. Más aún, no sólo nuestras tropas están en Kosovo sin una Resolución que las respalde, es que están en contra de la Res. 1244 que claramente vincula el envío de un contingente internacional a la preservación de la integración territorial de Serbia. Creo que estamos ante la primera ocasión en que tropas españolas actúan fuera de nuestro territorio en flagrante violación de una Resolución del Consejo de Seguridad.

Dejando a un lado el derecho internacional, lo que hemos visto estos días es a policías y militares españoles enfrentándose a serbios y protegiendo los intereses del nuevo estado, a pesar de que no lo reconocemos. Se imaginan que unidades de la guardia civil y del ejército español se enfrentaran a grupos constitucionalistas y en defensa del recién declarado estado independiente del País Vasco. Pues exactamente eso es lo que estamos haciendo allí.

Una incoherencia tan grande sólo se explica por las inseguridades que atenazan a nuestra política exterior. La apresurada y vergonzante retirada de Iraq ha tenido un alto coste en prestigio. El futuro de nuestra presencia en Afganistán es incierto. Las cosas no marchan bien. Para poder reconstruir antes hay que garantizar la seguridad. O se combate a los talibán o estos reconquistan el territorio. Ante ese escenario se está barajando una segunda retirada, con su previsible coste diplomático. En estas circunstancias ¿cómo irnos también de Kosovo? ¿Qué quedaría del prestigio de España? Realmente poco.

La operación para proclamar la independencia de Kosovo se inició a la vuelta del verano del año pasado. España ha tenido tiempo de sobra para comunicar que retiraría sus tropas en ese caso. En los Balcanes nuestra solidaridad con nuestros aliados está sobradamente demostrada y avisando con suficiente anticipación la OTAN podía haber enviado otro contingente o reagrupar los ya presentes. Decir ahora que la retirada sería un caso de insolidaridad es un sinsentido. ¡Claro que lo es! Porque cuando se tenía que haber hecho era en septiembre u octubre y no ahora. Si entonces no se hizo fue por la incapacidad de Zapatero para mantener una política coherente y, como hemos indicado anteriormente, por miedo a acumular tres heroicas retiradas en un tiempo breve.

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