Tíbet y JJ.OO. Cuentos chinos

China no es Serbia y Tíbet no es Kosovo”. Lo ha dicho el gobierno de la República Popular de China y con toda la razón. Pero la brutal represión de las autoridades chinas para callar las manifestaciones de la minoría tibetana ha conseguido ganar la batalla mediática a Pekín y poner en entredicho, por primera vez casi por unanimidad, al régimen comunista. La comunidad internacional le ha advertido que su papel y su imagen como anfitrión de los próximos Juegos Olímpicos están reñidos con su permisividad ante la violación sistemática de los derechos humanos de los tibetanos.

Pero los que hoy temen que China manche el espíritu ideado por el barón de Coubertin –los cinco aros entrelazados representando un acontecimiento de hermanamiento y solidaridad entre los países de los cinco continentes a través del deporte– merecen al igual que el régimen de Pekín algo más que un tirón de orejas. La fiebre por el budismo y el Dalai Lama, que ha arrastrado a la progresía estadounidense y occidental, ha conseguido abrir los ojos a la comunidad internacional. Algo que no logró ni el apoyo de China a crueles regímenes como el de Myanmar y Corea del Norte ni su atroz inacción para frenar la mayor crisis humanitaria de la actualidad que tiene lugar en Darfur. Tampoco el mal uso y el abuso de su asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, ni la amenaza de recurrir al uso de la fuerza contra Taiwán, ni la continua negación del derecho a la libertad de conciencia, expresión, religión y asociación en muchos puntos de China y no sólo en el Tíbet, ni por retener a miles de prisioneros políticos sin cargos ni juicios. Hasta ahora nada había sido suficiente para quitarle la máscara delante de toda la comunidad internacional.

A China se le ha consentido y se le ha perdonado en exceso. Y todo por ser la gran potencia emergente, por crecer a un ritmo endiablado y por ser un enorme mercado. Consume sin medida cobre, estaño, acero, hierro, aluminio y petróleo e invade los mercados extranjeros con sus productos made in China. Pero el gobierno de la República Popular no debe olvidar que crece porque liberalizó su mercado, no por ser un estado autoritario. Y para que la libertad económica dé todos sus frutos debe ir acompañada de la libertad política.

Pekín quiere jugar a ser potencia mundial, quiere el reconocimiento del mundo occidental pero sin jugar con sus reglas, y todo con un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Y mientras engorda militarmente como cualquier potencia que se precie, con un enorme ejército y un presupuesto de defensa que crece incluso más que su economía. Los informes recientes del Pentágono consideran que China se estaría convirtiendo en una “amenaza a la seguridad regional”. ¿Acaso no dijo Deng Xiaoping que había que “esconder nuestras capacidades y ganar tiempo”?

No se trata sólo de los derechos humanos de la minoría tibetana. Se trata también de las relaciones económicas, del consumo energético mundial, de las emisiones de gases, del embargo de armas, de su presencia en África, de su ambigua política exterior. Veremos lo que dura la amenaza del boicot a los Juegos Olímpicos. ¿Cuánto tardaron los gobiernos europeos en pedir el levantamiento del embargo de armas decretado tras la masacre de Tiananmen? Al final presenciaremos unos Juegos Olímpicos espectaculares. Pero, eso sí, sólo veremos lo que autoridades chinas decidan que podemos ver, mientras aumentan las víctimas en Darfur.

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