Ideas o pragmatismo. ¿Qué renovación?

Los silencios de Rajoy, cuándo más ansiedad hay por conocer sus propuestas, han desata­do una cascada de artículos valorando cuál debe ser el sentido de la renova­ción que, oficial y públicamente, está en curso. El vacío atrae. La ausencia del líder desata ríos de tinta y la polémica está sobre la mesa.

¿De qué renovación estamos hablando? Hay quien considera que es cuestión de personas. Cuando hace cuatro años Rajoy llegó a la Presidencia del PP, por las razones que fuera no hizo los cambios que cabía esperar y que debían apuntar el tono y contenido programático de la nueva etapa. Como parece que hay acuerdo sobre la necesidad de realizar relevos significativos en los órganos de dirección del Partido y del Grupo Parlamentario, aunque no sobre las personas a elegir, no nos detendre­mos más en este punto.

La segunda línea argumental apunta a concentrar la atención en la estrategia. El Partido Popular vive un debate interno muy semejante al de los restantes partidos de centro derecha europeos. Por una parte están los que defien­den una política enraizada en principios y valores, muy próximos al lega­do de Margaret Thatcher o José María Aznar, que entienden la política como una batalla de ideas. Por otra parte encontramos aquellos más preocupados por lo inmediato, por la resolución de las demandas del electorado, que a falta de compromisos doctrinales buscan convertirse en un producto político atractivo para un público más amplio. David Cameron o Ruiz Gallardón parecen responder a este perfil.

Si se confirma lo publicado sobre dar más peso al Grupo Parlamentario a costa del Partido y a no tratar en el próximo Congreso temas programáticos, pues ya quedaron resueltos en el Programa Electoral, estaríamos claramente ante un giro hacia el segundo grupo, hacia los más pragmáticos. Se trataría de bajar el tono e intentar hacerse más atractivos al electorado para dejar de movilizar al sector más radical de la izquierda en su contra y para atraerse votos de la izquierda moderada y del nacionalismo conservador. El debate en curso en el seno del PP vasco refleja estas tendencias generales en un espacio determinado. Pero ese debate existe igualmente en Cataluña, Valencia o Galicia, por poner sólo unos ejemplos.

La opción pragmática presenta algunos flancos débiles. Reforzar el Grupo a costa del Partido supone creer que la política se sigue haciendo como en el siglo XIX, cuando el Parlamento era el centro de la actividad política. Desde 1945, por lo menos, ya no es así. El Parlamento tiene que compartir con los medios el protagonismo. No hay duda de que el PSOE se enteró del cambio y actúa en consecuencia. De ahí la fortaleza de su estructura partidista. Los populares podrían cometer un grave error avanzando hacia el pasado decimonónico. Si todo lo que el PP puede ofrecernos es lo que recoge el Programa Electoral, un documento vacío, lleno de prevenciones y complejos, no hay duda de que se opta por dejar de ser para hacerse merecedores del perdón y volver a ser admitidos en el corralito. El sólo hecho de que esa opción sea la que alientan tanto el Partido Socialista como los grupos mediáticos afines al Gobierno debería hacer sospechar a los dirigentes populares de que tiene trampa.

En los delicados momentos que vive España la política es, sobre todo, lucha de ideas. Hay dos modelos de país sobre la mesa. La victoria ha estado y seguirá estando en el lado del que sepa comunicar mejor. Se equivocan aquellos que piensan que renunciando a su ideario van a ganar atractivo. El aparato mediático los arrasará igual que ahora, pero además perderán identidad y votos. La movilización de la derecha es su principal activo. Si para tratar de captar nuevos electores ponen en peligro el núcleo de sus votantes tradicionales estarán cometiendo un gran error. La victoria no va a llegar tanto de la mano de nuevos simpatizantes como de la desmovilización de los electores de la izquierda y eso se logra a través de la comunicación, siendo capaces de explicar mejor por qué el Gobierno de Zapatero es una amenaza para los intereses de España y de los españoles.

La renovación que necesita el Partido Popular es más técnica que de personas o estrategias. Su problema es que es una antigualla, un resto de una época superada. O se adaptan a un nuevo entorno político, o incorporan las nuevas técnicas de comunicación y mercadotecnia al conjunto de su acción y no sólo en época de elecciones, o continuarán arrinconados a la espera de que, por puro desgaste, la sociedad española decida darles paso. Pero para entonces puede ser muy tarde. Los votantes del PP tienen claro su ideario, sólo necesitan de una máquina política capaz de llevarlo a la práctica. Ése, y no otro, es el reto que tiene Rajoy.

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