La herencia de Zapatero

Zapatero recibirá de sí mismo una herencia mucho peor que la que recibió en su primer mandato de manos de José María Aznar. En 2004, los socialistas recibieron una economía en expansión que creaba empleo, con una inflación controlada y que convergía aceleradamente con Europa. ETA se encontraba entonces en su momento de máxima debilidad histórica y en pleno desconcierto estratégico. España lideraba las reformas necesarias en el seno de la Unión Europea, había logrado en el Tratado de Niza un peso equivalente al de las otras grandes potencias europeas y por primera vez en muchas décadas había vuelto a ser un actor relevante en el mundo.

En su segunda investidura, Zapatero deberá afrontar un panorama diferente y sustancialmente peor que el que heredó para su primer mandato. España afronta una grave crisis económica con una fuerte desaceleración del crecimiento, un sector inmobiliario en caída libre, una inflación desbocada, destruyendo empleo durante varios meses consecutivos, unas familias fuertemente endeudadas y lo que es peor, con una sociedad que ha perdido en gran medida la confianza en su futuro económico. En estas circunstancias, la economía debería ser la gran prioridad del nuevo mandato de Zapatero, pero por lo que le hemos oído hasta ahora Zapatero tiene otras prioridades y lo único que ofrece es un equipo y una política continuistas que son precisamente los que nos han llevado a la situación de crisis actual.

En materia de terrorismo nos enfrentamos a una ETA que aunque mantiene su debilidad estructural ha incrementado su determinación de matar, como tristemente demuestran sus últimas acciones. Frente a la nueva ofensiva terrorista, Zapatero no cercena definitivamente la posibilidad de una negociación con los asesinos y sigue buscando sustituir el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo que garantizaba la unidad en la lucha contra el terror de la inmensa mayoría de los españoles por un nuevo pacto con los nacionalistas que sustituya la derrota de ETA por una paz sin vencedores ni vencidos. Zapatero permanece así prisionero de su fracasado proceso de negociación con los terroristas y parece incapaz de salir de ese error.

El tercer reto al que deberá hacer frente el nuevo presidente del Gobierno es el reto soberanista que le plantean las fuerzas nacionalistas. La debilidad parlamentaria sufrida en la legislatura anterior llevó al Gobierno socialista a embarcarse en una política de cesiones frente a las demandas de sus socios independentistas en la esperanza de poder encontrar un nuevo consenso en el modelo territorial del Estado. La realidad es que esa política de cesiones tan sólo ha conseguido exacerbar las demandas más radicales de los nacionalistas a las que ahora deberán hacer frente. La necesidad que en esta nueva etapa tiene el PSOE de los votos del PNV nos hace temer nuevas concesiones en un escenario en el que el margen para hacerlas sin afectar gravemente la unidad del Estado es prácticamente nulo.

Crisis económica, ofensiva terrorista y demandas nacionalistas son probablemente los tres principales desafíos a los que deberá enfrentarse el nuevo gobierno, pero no son ni mucho menos los únicos retos que debe asumir la sociedad española. Zapatero auto-hereda también un flujo migratorio incontrolado que ha más que duplicado durante su primer mandato el número de inmigrantes en nuestro país, un fenómeno que combinado con la situación de crisis económica puede generar en los próximos años problemas sociales muy complejos de gestionar. Por otro lado, nuestra educación está perdiendo terreno en relación con los países más desarrollados y eso puede tener consecuencias sumamente negativas a largo plazo si no se remedia. La inseguridad ciudadana sigue creciendo y puede constituirse pronto como una de las principales preocupaciones de los españoles.

A la espera de que lo que pueda proponer en su debate de investidura para hacer frente a estos desafíos, nada de esto parece ser prioritario para un Zapatero más preocupado por encajar el puzzle del nuevo gobierno que de buscar soluciones a estos problemas. Por el contrario, en lo declarado hasta ahora, las prioridades del proyecto de Zapatero seguirán siendo el avance en supuestos derechos y libertades que en muchos casos no son más que atentados contra la dignidad de las personas y contra los valores más arraigados en nuestra sociedad, una pretendida política social que tan solo busca el clientelismo político y que en las circunstancias actuales puede resultar profundamente contraproducente para nuestra economía, y una potenciada dimensión exterior en la acción de Gobierno que permita a Zapatero una salida de emergencia para huir de la complicada situación a la que debe enfrentarse en España.

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