La guerra que el PP no querría ganar

A estas alturas, con Sadam en el infierno, los yihadistas a la defensiva y la mejora sustancial de las condiciones de vida en Irak, nada debería resultar más agradable para la derecha española que abrir un debate pendiente sobre los últimos cinco años. Y es que, si se procede a establecer una secuencia de los acontecimientos sin caer en la perversión ideológica ni en el despiste político, debe concluirse que la decisión del Gobierno Aznar de apoyar la guerra contra Sadam Husein fue la correcta.

Desde el punto de vista moral, político y estratégico, el Gobierno del Partido Popular hizo sin duda lo más apropiado. ¿Discutible? Sin duda. Toda decisión estratégica lo es. Pero conviene no olvidar que la actitud mostrada por el Gabinete Aznar fue bastante menos vergonzosa que la de quienes acudían prestos a la llamada de Sadam para manifestarse contra la foto de las Azores y los marines americanos.

Durante años de posguerra, fuego y muerte han llovido sobre Irak, alimentando la indignación de una izquierda que ha mostrado más interés en condenar a Aznar y a Bush que a los criminales que vuelan mercados bagdadíes con camiones-bomba. En nombre de la “solidaridad con el pueblo iraquí”, la izquierda europea condenaba al despotismo a los iraquíes. En 2005, éstos acudieron en masa a votar a favor de una democracia llevada por los norteamericanos y en contra de una dictadura y de unos terroristas combatidos por los norteamericanos. Mientras, la izquierda abominaba de los soldados que escoltaban a esos iraquíes y exigía que se retiraran de aquel país, a sabiendas de que eso significaba dejarlos indefensos ante sus degolladores. La izquierda celebraba cada victoria yihadista en Irak como una victoria política en Madrid, Londres o Washington.

¿Se puede condenar la guerra y el terrorismo al mismo tiempo? Vaga forma de rehuir el problema. Si la democracia iraquí se consolida definitivamente, habrá sido gracias a la guerra contra la tiranía de Sadam y gracias a la guerra contra el yihadismo internacional. Y aquí el término medio resulta miserable: sólo cuando a uno, en nombre de la ideología progresista o la obsesión pacifista, le dan igual las víctimas puede ser equidistante, situarse entre quienes asesinan niños en un mercado de Faluya y quienes tratan, jugándose la vida, de impedirlo.

En España, la guerra contra la guerra había empezado bastante antes que los primeros bombardeos sobre Irak. Las bases morales e intelectuales del ¡No a la Guerra! se forjaron años antes de la foto de las Azores. Para la izquierda, con Rodríguez Zapatero a la cabeza, la guerra de Irak no fue más que la cristalización de un proyecto político liberal-conservador que había –y hay– que combatir. La deslegitimación del Gobierno de Aznar comenzó, cronológicamente hablando, mucho antes que la guerra de Irak. Se trataba de una operación de hondo calado. Ni era una guerra contra la guerra, ni lo pretendió ser jamás. Su objetivo era otro bien distinto.

En el libro Madera de Zapatero, el reelegido presidente del Gobierno define la entrada en la guerra como “la culminación [del] proyecto ultraconservador (…) Ahí culmina, ahí encalla, todo un intento de proyecto de situarnos como un país con ese pensamiento ultraconservador”. ¿Sorpresa? Poca: no era la guerra, sino el proyecto político del PP, lo que preocupaba a Rodríguez Zapatero cuando clamaba solemne por la paz.
Esto es lo que el PP no pudo o no quiso ver. No era la guerra el objetivo de la izquierda, sino el propio PP. Atacando la posición española sobre Irak, lo que creía y cree hacer el PSOE es atacar a la derecha española que osó alinearse con Estados Unidos.

La guerra de Irak, para la izquierda, es la encarnación concreta de una derecha belicista, mentirosa, antidemócrata y ultraconservadora, sea lo que sea lo que esto signifique para el inquilino de La Moncloa y la intelligentsia española. Pero, más allá del histerismo pacifista actual, lo cierto es que considerar la guerra como la consecuencia necesaria del liberalismo no es nada nuevo: pertenece a la tradición izquierdista, comunista, anarquista y socialista. Nada raro, entonces. La anomalía hay que buscarla en la respuesta del Partido Popular a la ofensiva ideológica y política que se le vino encima hace cinco años, y que aún hoy parece incapaz de afrontar.

¿Hizo entonces el Gobierno de Aznar algo de lo que el PP deba arrepentirse? ¿Qué exactamente? ¿Hay que hacer caso a medios como Tele 5, El País o Público? ¿A esos que desde mucho antes de que el primer misil impactara sobre Bagdad dudaban del carácter democrático y legítimo del PP? Entre balbuceos y miradas perdidas, los dirigentes de la derecha afirman que el gran pecado consistió en obrar de espaldas a la opinión pública. Como sí ésta fuese un ente ajeno a ellos mismos. Si la opinión pública se puso en contra de la guerra fue porque otros, ante la dimisión intelectual y cultural del PP, llenaron el hueco de la discusión con el mantra ideológico de la guerra-ilegal-inmoral-e -ilegítima; algo que, por otra parte, nadie jamás se ha ocupado de demostrar, más allá de las condenas solemnes y los aspavientos pacifistas.

Sin embargo, ha cristalizado la definición de la guerra ilegal, inmoral e ilegítima, pese a que los políticos, los intelectuales y los periodistas responsables de ello han mostrado un aberrante desconocimiento de la historia de las relaciones internacionales, de las reglas de la diplomacia y del discurrir del Derecho Internacional. Aun así, insisto, se han paseado ante la opinión pública sin oposición alguna. La ocuparon con un discurso eminentemente ideológico, que suplía sus carencias con excesos histéricos y moralistas. ¿Cómo fue posible? Sencillo: la política es una dialéctica, y la deserción cultural de la derecha política dejó el terreno libre para que la izquierda lo ocupara sin gran esfuerzo. Ocupación que, además, era previa a la derrota de marzo de 2004, y a la guerra de 2003. Se produjo antes, durante y después de los ocho años de gobierno de Aznar. Y abarcó también otros ámbitos.

No fue el 11-M ni la manipulación socialista en las horas previas al 14-M lo que hizo perder al PP las elecciones de 2004. Fue el propio PP, cuando lánguidamente decidió aceptar la imagen que la izquierda tenía de la derecha, una imagen que cargaba las tintas en la guerra de Irak pero que apuntaba bastante más allá, a los fundamentos ideológicos y culturales de la derecha.

La derecha política aceptó sin rechistar la versión izquierdista de la guerra, sin darse cuenta de que al hacerlo hizo suya también la caracterización histórico-política que le habían endilgado: belicista, mentirosa, antidemocrática. La fonoteca de la cadena Ser y la hemeroteca de El País están repletas de disculpas, disimulos y huidas de representantes del PP. Durante cuatro años, sus dirigentes han peregrinado a los medios desde los que se les llamaba asesinos para someterse a entrevistas-martirio, soportando una ira y un desprecio cada vez más crecientes, que ha resurgido con furia en el quinto aniversario de la guerra.

Pero este pavor no ha aplacado a los maltratadores. De hecho, cuando más ha intentado el PP escapar del estigma iraquí, más se ha intensificado la presión de la izquierda; cuanto más ha huido de sus decisiones, con más saña ha sido perseguido. La campaña electoral de marzo de 2008 y el aniversario de la guerra de Irak han sido el momento en que la derecha política más ha renegado de la guerra, la libertad y la democracia en Irak; y el momento en que la izquierda más le ha hecho responsable de los crímenes terroristas cometidos allí. Si la historia proporciona buenas enseñanzas, la de la actitud de la izquierda pacifista ante la derecha española es de las más clamorosas.

Desde el principio, ésta cargó con la sangrienta posguerra iraquí; no por un ejercicio de responsabilidad, sino porque la izquierda le señalaba con el dedo como culpable de cada muerte. Durante el año 2006, la izquierda se deleitó cargando sobre Aznar y el PP los apocalípticos crímenes de los de Ben Laden; y la derecha política consintió, pidió disculpas por unos crímenes que no eran suyos. Durante años, cuando las cosas marchaban mal, el PP admitió ser responsable de la barbarie terrorista. Y, claro, fue tratado con desdén y arrogancia por una izquierda con la que buscaba congraciarse casi obsesivamente.

Hoy, la victoria comienza a asomar en el horizonte iraquí. Por primera vez existe la posibilidad de un régimen humanamente digno para los iraquíes, sin miedo a la policía secreta de Sadam ni a los suicidas islamistas. Si a partir de ahora las cosas mejoran sustancialmente en Irak y la pacificación de los aliados se consolida, la victoria será un hecho. Victoria de Petraeus, de los norteamericanos. Victoria de quienes decidieron apostar por ella. Y posible victoria de quienes apoyaron la guerra hace cinco años.

Tras cuatro años duros, los éxitos norteamericanos en Irak podrían marcar el punto de inflexión en el debate político en nuestro país. Ahora debiera ser la izquierda quien diera explicaciones: si por fin los iraquíes pueden dotarse de un régimen decente no será gracias a ella, sino precisamente a pesar de ella, que pidió abandonar a los iraquíes a los designios de Sadam, primero, y de Al Qaeda, después. Si en uno, tres o cuatro años Irak camina hacia el progreso económico y la paz social, será porque los partidarios de la guerra se sobrepusieron a la presión de quienes querían forzarlos a abandonar.

Si la derrota en Irak implicaba una derrota política en España, la victoria allí debería ser, igualmente, una victoria aquí. Sin embargo, y estupefacientemente, no es así. El PP aceptó el resultado cuando las cosas en Irak iban de mal en peor; pero ahora que empiezan a ir bien se esfuerza en dejar pasar una victoria que le correspondería por derecho propio. Soportó, más mal que bien, la hiel de la derrota, pero se muestra incapaz de saborear la miel de la victoria y devolver a la izquierda parte del desprecio recibido.

Y es que el problema no está en la guerra. Antes de 2003, el PP aceptó la visión que de la derecha tenía la izquierda, tanto en lo cultural como en lo ideológico y moral; una visión, por tanto, que afecta a la propia concepción del mundo, del hombre, de la historia. La guerra de Irak es sólo un pequeño episodio para esa ideología progresista que se lanzó con toda la furia contra el partido liberal-conservador. Y éste aceptó una filosofía que ni es ni ha sido la suya. Sumergida en este pozo ideológico progresista, la derecha política no pudo hacer frente en su día a la derrota en Irak, y, lo que es peor, ahora se muestra incapaz de cosechar los frutos de la posible victoria.

No lo ha hecho en 2008, y, con guerra de Irak o sin ella, tampoco podrá hacerlo en 2012, porque el problema no son ni las armas de destrucción masiva ni la prisión de Abú Ghraib. El problema es que el ¡No a la Guerra! es el no de la derecha a ser ella misma.

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