Batalla en el PP. Ser o no ser

Las elecciones generales marcan un antes y un después en la historia del Partido Popular. Rajoy perdió, pero logró un excelente resultado, que tiene un mérito innegable dadas las difíciles condiciones en las que tuvo que realizar su trabajo. Cuando a las pocas horas de conocerse los resultados algunos medios vinculados al centro-derecha pidieron su dimisión, nosotros defendimos su continuidad. No había razones para que abandonara, pero sí para que dirigiera muy personalmente la urgente renovación de la dirección del partido.

Parte de la autoridad ganada a pulso durante los últimos cuatro años Rajoy la ha dilapidado en unos pocos días. No administró bien los tiempos. Tardó demasiado en convocar a los órganos responsables y realizar los primeros nombramientos. Un retraso que contrastaba con la precisión con la que comenzó la nueva legislatura Rodríguez Zapatero. Él podía considerar que así reforzaba su autoridad o, quizás, que no había ninguna prisa. A lo peor, ganaba tiempo porque no sabía cómo reorganizar su equipo. En cualquier caso se equivocó.

Mayor error fue su discurso ante la Junta Directiva Nacional del Partido. Presentó una valoración de las elecciones en la que lo único que quedaba claro es que no era consciente de las graves insuficiencias manifestadas durante los cuatro años de oposición y, más en concreto, durante la campaña electoral. El clamor sobre la incapacidad a la hora de comunicarse con la sociedad o las críticas sobre la falta de convicción en la defensa de determinadas posiciones no parecen haber calado en su conciencia. Por el contrario, optó por transformarse en maestro de escuela y llamar al orden a algunos jefes regionales por no haber hecho los deberes. Rajoy parecía hablar de unas elecciones autonómicas, cuando lo que habíamos vivido eran unas generales trasformadas en referéndum sobre la política y la figura de Rodríguez Zapatero.

Los allí presentes quedaron estupefactos ante lo que estaban oyendo, lo que explica, que no justifica, el contraste entre lo que dijeron dentro y fuera de la sala. El Partido Popular tiene un largo camino que recorrer para convertirse, de una vez por todas, en una organización democrática. Los tiempos de Aznar, años fundacionales, han quedado atrás. Ahora toca asumir la riqueza de la diversidad y la necesidad del debate, aprender a canalizar las tensiones para incardinarse, de verdad, en el tejido social.

El tercer error consecutivo ha sido el nombramiento de Soraya Sáenz de Santamaría como portavoz popular en el Congreso de los Diputados. España tiene una larga tradición liberal-parlamentaria. Los cargos de representación, sobre todo cuando se está en oposición, corresponden a los notables, a las figuras que tienen un reconocido prestigio entre sus compañeros de filas, por gozar de autoridad y tener a sus espaldas una experiencia parlamentaria suficiente. Sáenz de Santamaría es una mujer inteligente, preparada y trabajadora, pero carece de autoridad y de experiencia. Sin embargo, eso no es lo peor. El gesto denota una preocupante debilidad de Rajoy. Está diseñando un equipo formado “por los suyos”, no “por los mejores”. No sólo quiere controlar su partido durante la legislatura, es que no se fía de los jefes de fila.

No parece necesario insistir en la idea de que José María Aznar no estaba dispuesto a ceder un ápice de poder, pero eso no le llevó al error de nombrar para esos cargos a personas de su estricta confianza. Álvarez Cascos o Rato, secretario general y portavoz, eran dos animales políticos en la plena acepción de los términos y, sobre todo, dos personalidades respetadas, reconocidas y temidas por sus compañeros. Para Aznar nunca fue un problema que tuvieran un perfil político muy definido, a la vez que una fuerte personalidad. Un partido es una suma de energías y para dirigirlo hay que saber mandar.
En unos pocos días el previsto Congreso ha pasado de ser una formalidad a convertirse en todo un reto. Rajoy ha logrado unir a todos sus cuadros en torno a dos ideas: que él ha perdido el norte y que no están en condiciones de plantearse un cambio en la Presidencia. Su liderazgo se basa en estos momentos no tanto en el respeto como en el miedo al vacío de unos jefes regionales sin experiencia en estos negocios. Crecieron bajo el férreo liderazgo de Aznar y no han tenido necesidad de resolver situaciones semejantes. Las claras y directas palabras pronunciadas por Esperanza Aguirre en el Foro de ABC les han asustado tanto como convencido de la necesidad de realizar cambios.

El debate está sobre la mesa y el partido parece haberse dividido, como ya hemos comentado en anteriores ocasiones desde estas mismas páginas, en un bloque más pragmático y relativista frente a otro comprometido a trabajar desde las ideas y los valores. Los primeros, demasiado proclives a asumir los análisis de PRISA, se sienten más “centristas”, un término político maravilloso que denota dos características: la renuncia a ser algo y la incomodidad de ser clasificado como conservador o liberal. “Centrista” está mejor visto en la Cadena SER y, piensan ellos, les puede abrir la puerta a bolsas de votantes hasta ahora inaccesibles.

Sin embargo, en política tan importante es sumar como restar. En unas elecciones, tan relevante como captar nuevos votantes es no perder a los tradicionales. No está garantizado que los más de diez millones de votantes que introdujeron la papeleta del PP en las urnas vuelvan a hacerlo. Los partidos son instrumentos que los ciudadanos utilizamos para canalizar nuestras preocupaciones en la esfera de lo público. Muchos de esos más de diez millones exigimos un claro compromiso con ciertos valores y no estamos dispuestos a tolerar inseguridades o renuncias. Debería preocupar a la dirección del Partido Popular el que muchos ciudadanos que les han votado hace apenas unas semanas se hayan sentido más y mejor representados por las palabras de Rosa Díez que por las del propio Rajoy en temas tan centrales como la unidad de España. No deben olvidar que los problemas que más preocupan a sus votantes no son de derechas o de izquierdas, sino de valores que están muy por encima de las clásicas divisiones partidistas.

El Congreso será el colofón de la “renovación” de Rajoy. Será un éxito o un fracaso. Le consagrará como líder o dejará abierto quién será el próximo candidato a presidente del Gobierno. Pero lo que nos importa a los españoles que hemos depositado nuestra confianza en el Partido Popular es que la renovación suponga un claro compromiso con el ideario liberal-conservador adaptado a la agenda política actual. Para relativismos nos quedamos con la versión original.

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