De la victoria y la derrota

La política es algo más complejo que un partido de fútbol, aunque a veces los hinchas de los partidos lo vivan como algo parecido. La sensación de derrota o victoria tiene que ver no sólo con la posibilidad que abre el resultado electoral de ejercer el poder, que en democracia en ningún caso puede ser absoluto, sino que depende también, y mucho, de las expectativas creadas previamente. En este sentido, las elecciones generales en España se han saldado con una victoria a los puntos del PSOE sobre el PP, pero por un escaso margen que apenas supera el 3 por ciento. Un resultado que permite seguir gobernando a Rodríguez Zapatero, pero que no han acabado, sino que incluso pueden haber acrecentado, las expectativas de Mariano Rajoy de poder llegar a ser en las próximas elecciones presidente del Gobierno de España.

El objetivo prioritario del PSOE era lograr una mayoría absoluta que le liberara de unas hipotecas nacionalistas cada vez más incomodas y que le diera legitimidad suficiente para poder proseguir con su agenda de reformas políticas y sociales radicales. Zapatero no ha logrado ese objetivo, a pesar de haber contado en su primera legislatura con una coyuntura económica ciertamente favorable, sólo empañada por los datos negativos de empleo e inflación en el momento final de su mandato. Es cierto que ha logrado ampliar su mayoría en cinco escaños, pero le faltan aún siete para poder garantizarse plenamente la estabilidad parlamentaria.

Por su parte, el objetivo del PP era ganar las elecciones. Rajoy tampoco ha logrado ese objetivo, a pesar de haber aumentado en medio millón su número de votos, lo que se ha traducido en seis escaños más de los que tenía en la pasada legislatura. Así, la brecha entre ambos partidos no solo no se ha ensanchado, sino que se ha reducido en casi dos puntos porcentuales. Este resultado legitima plenamente a Mariano Rajoy para intentar un tercer y definitivo asalto a La Moncloa.

En todo caso, el crecimiento de los dos grandes partidos españoles supone un descalabro de los partidos nacionalistas en general y de los socios preferentes de Zapatero, Ezquerra Republicana de Catalunya e Izquierda Unida, en particular. En su conjunto, la coalición parlamentaria que ha dado soporte al Gobierno socialista en la pasada legislatura pierde un total de 634 mil votos y no puede ya garantizar por si sola la estabilidad parlamentaria del Gobierno.

Las elecciones muestran además un leve desplazamiento del electorado español en una doble dirección: por un lado, hacia el voto a los grandes partidos españoles y, por otro, desde las posiciones de izquierda, hasta ahora mayoritarias en la sociedad española, hacia el centro-derecha. Así, tanto socialistas como populares han aumentado sus respectivos techos electorales. El dato quizá más relevante es el que sale de la suma de los porcentajes de las dos formaciones; entre ambos partidos suman el 83% del voto, frente al 80% que aglutinaron en las elecciones anteriores.

Respecto a la ubicación izquierda y derecha de los diputados en esta nueva legislatura, hay que destacar que están alineados en posiciones de izquierda un total de 178 diputados, frente a 172 de centro-derecha. En la legislatura anterior esa proporción era de 182 a 168 a favor de los partidos de izquierda. Hay por tanto una tendencia en el centro-derecha a aumentar su espacio electoral, aunque hay que señalar también que el posicionamiento político de los nacionalismos no de izquierda está más condicionado en su actuación parlamentaria por su ideología nacionalista que por su posicionamiento como fuerzas de centro-derecha.

Todas estos factores pueden conducir a la paradoja de que Zapatero se encuentre más incomodo parlamentariamente en la próxima legislatura de lo que estuvo en la anterior, y ello a pesar de contar con un mayor número de escaños propios. Por un lado, el pésimo resultado de sus antiguos aliados puede hacerlos mucho más renuentes a la hora de darle el apoyo que necesita para garantizar la estabilidad parlamentaria. Será difícil, por otro lado, que Convergencia i Unió esté en disposición de asegurarle un apoyo estable al Gobierno socialista en Madrid mientras en Cataluña está en la oposición. Finalmente, el PNV, embarcado en el plan soberanista del Lehendakari Juan José Ibarretexe, va a exigir a cambio de sus votos cuestiones que pueden resultar muy dañinas para la unidad de España y para el propio Gobierno de Zapatero. Incluso dentro de su propio grupo parlamentario es de prever una posición más exigente por parte de los diputados socialistas catalanes, principales artífices de la victoria socialista en España y que buscan cada vez más un espacio propio.

Es aún pronto para saber que línea de Gobierno va a adoptar Rodríguez Zapatero tras estas elecciones. La estrategia de hacer la oposición al PP desde el Gobierno es cierto que le ha permitido aglutinar en su seno todo el voto de izquierda, pero a la vista de los resultados, esa estrategia ha fortalecido aún más al PP que a él mismo. Es más, el frente anti-PP que se plasmó en el Pacto del Tinell en Cataluña y que se exportó después al resto de España parece una estrategia agotada que tan sólo puede llevar a una merma de sus apoyos y a una irreparable fractura social y política del país.

Zapatero deberá hacer frente en los próximos años a una crisis económica mucho más grave de lo que él mismo reconoce, a una previsible ofensiva del terrorismo de ETA y a una creciente tensión territorial provocada por los nacionalistas periféricos. En todos estos asuntos haría bien en buscar el acuerdo con el Partido Popular. La cuestión es si tendrá la voluntad y la capacidad de hacerlo.

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