Guerra de Irak. El círculo virtuoso de Petraeus

Los informes de Petraeus y Crocker sobre la marcha de las cosas en Irak han sido lo previsible que cabía esperar. Secretos debe haber muchos, pero apenas los conocen. Los detalles, infinitos, pero no importantes para el cuadro general. Lo demás está al alcance de cualquier lector atento a lo que nos llega de Bagdad, con tal de que encuentre una fuente que no se lo juegue todo a perder la guerra para culpar a los americanos y a Bush, o sólo a Bush en el caso de que el medio en cuestión sea estadounidense. Requisito nada fácil de satisfacer, que exige, a su vez, no tener el cerebro irrecuperablemente fregoteado por los que ganan aquí si pierde la civilización allí. El general, el embajador y nosotros sabemos que la situación ha mejorado notablemente. Dista todavía de ser aceptable, y no digamos buena, y todo podría echarse a perder por las muchas fuerzas que hacen lo que en su mano está para lograr una derrota.

El militar y el diplomático han sido extremadamente cautos, enfatizando el carácter frágil y reversible de las numerosas mejoras conseguidas, proporcionando así a nuestros carroñeros titulares apropiados para mantener vivo el mensaje de desesperanza y antiamericanismo. Se han curado en salud para el futuro y soslayado algunos problemas de guerrilla parlamentaria en el Capitolio. Si las cosas siguieran el mismo curso en dirección y ritmo, mayor será el contraste entre noticias sesgadas y realidades esperanzadoras dentro de otros seis o siete meses, lo que nos situaría a las puertas mismas de las elecciones presidenciales. Aunque de ser así ya se encargarían los demócratas de que no hubiera nuevas comparecencias, porque un triunfo en Irak es una derrota en Washington para ellos. Todo lo contrario ocurrirá si el panorama se ensombreciera en Bagdad. Los senadores Obama y Clinton, que no se las tienen todas consigo, se anduvieron con pies de plomo a la hora de interrogar a los dos emisarios y pusieron sordina a sus habituales estridencias antiguerra.

Pero si nos despojamos de la cautela y arriesgamos un poco, puede que las cosas sobre el terreno estén algo mejor de lo que nos han contado. Porque lo que importa es la tendencia. En muertes y ataques estamos más o menos en el nivel de 2004, en el segundo año de la guerra. No es para saltar de contento. Pero entonces la situación iba paulatinamente a peor y cada hito del que se esperaba un cambio de rumbo venía a añadir una frustración más. Las maravillosas elecciones del 30 de enero del 2005 para una cámara constituyente son el ejemplo más destacado al que vinieron a sumarse las otras dos votaciones del año, el referéndum sobre la constitución del 15 de octubre y las elecciones parlamentarias del 15 de diciembre. Las de finales de enero asombraron al mundo y taparon la boca a los que tergiversaban hablando de una resistencia iraquí que lo era sólo de la minoría árabe suní. Pero no avanzaron la causa de la paz. Desde los momentos iniciales, el descenso hacia el abismo no parecía tener fin.

Tan pronto como se produjo el derrocamiento del sanguinario tirano, el país entró en un círculo vicioso cada vez más siniestro. Empezó de inmediato con el fenómeno de los alibabás, de infausto olvido, más que recuerdo, cuyo impacto nos alcanza hasta hoy. “¡Es la seguridad, estúpido!”, habría que haber dicho. Era la clave y no la hubo. Los que hubieran salido a vitorear la liberación echaron, asustados, doble llave a la puerta de su casa y contemplaron cómo se despedazaba el magro patrimonio estatal del país.
Después de la destrucción de la cúpula de oro, la venerada reliquia chií de Samarra, el 22 de febrero del 2006, el círculo vicioso se convirtió en espiral hacia el abismo de la guerra civil, con cien ignominiosos asesinatos diarios de varones civiles de casi cualquier edad a manos de los escuadrones de la muerte de ambos bandos, árabes suníes y chiíes.
Pero el pasado año la estrategia de Bush y Petraeus detuvo la espiral. La marcha a la guerra civil se frenó en seco. Ahora hay algunas esperanzas de que las mejoras en seguridad puedan llegar a poner en marcha un círculo virtuoso. La reconstrucción de las infraestructuras, muy vulnerables y objetivos prioritarios de los terroristas, llevaría electricidad y agua corriente a la población, cuya vida cambiaría. La seguridad en los oleoductos y en la reconstrucción de la estructura extractiva, de transporte y finalmente de refino, significaría una tremenda inyección de riqueza. Una economía que se reanima trae consigo empleo, jóvenes que dejan de estar ociosos, a disposición de todos los extremismos y con las milicias como único empleador. El cuento de la lechera, indudablemente. La gran diferencia es que ahora cada vez más iraquíes empiezan a atreverse a pensar que no es del todo imposible. Los obstáculos son enormes. El proceso no será ni rápido ni lineal. Habrá parones y retrocesos. Pero hoy por hoy, no es del todo imposible.

La condición sine qua non es, como siempre, la seguridad, y esta requiere una nutrida presencia militar norteamericana. Muy fácil y barato de decir cuando se contemplan los toros desde la barrera. Habrá que controlar Basora, aunque se está ya en ello. Romper el lomo a las milicias de Muqtada al Sadr, sobre todo en Ciudad Sadr, la inmensa barriada de chiíes pobres de Bagdad. Habrá que acabar definitivamente con Al Qaida en Irak en su último gran reducto, la ciudad norteña de Mosul. Todo eso son acciones militares que significan nuevos brotes de violencia y muertes. Pero el éxito militar traerá seguridad y paz. Sin presencia activa norteamericana no es de momento pensable. Poco a poco, las fuerzas iraquíes podrán hacerse cargo de mantener la seguridad allí donde haya conseguido establecerse, algo que todavía no han hecho, o lo han logrado en proporción demasiado pequeña. Si se quiere que todo se venga abajo no hay como precipitar la retirada estadounidense. Lo mejor de la intervención de Petraeus es que lo ha dicho.

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