Investidura sin apoyos para una estrategia conocida

El Rey encargaba a José Luis Rodríguez Zapatero la formación de gobierno y entregaba la propuesta al presidente del Congreso, José Bono. Éste convocaba el pasado lunes la sesión de investidura para el día siguiente.

Rodríguez Zapatero ha afrontado el primer trámite sin conseguir más apoyos que el de los 169 diputados del PSOE. La votación en una segunda vuelta el viernes 11 de abril se ha hecho imprescindible para lograr la investidura como presidente de Gobierno. En esta segunda oportunidad, a Rodríguez Zapatero le han bastado los mismos votos a favor de su candidatura.

A pesar de todo Zapatero se mostraba positivo, afirmando sentirse “más contento que hace cuatro años”. Su elección en segunda vuelta por mayoría simple resulta ser no obstante el menor apoyo que un presidente ha obtenido en la historia de la democracia. Tan sólo Leopoldo Calvo-Sotelo necesitó acudir a una segunda votación, no habiendo salido elegido en urnas, sino en sustitución de Adolfo Suárez y con mayoría absoluta.

Zapatero sólo ha obtenido la confianza de sus 169 diputados, mientras que los 158 del PP, ERC y UPyD han votado en contra y 23 de CiU, PNV, IU, ICV, CC, BNG y Nafarroa Bai se han abstenido.

Aparte de la investidura de Rodríguez Zapatero como presidente de gobierno, si algo ha quedado claro en esta jornada de inicio de ciclo es la conclusión de la necesidad de acuerdo por parte de los grandes partidos; PSOE y PP se muestran un paso más cerca de sentarse para abordar los asuntos de Estado. Es el punto positivo que se debe destacar ante un escenario que se presenta complicado tanto para el Gobierno como para la resolución de las grandes cuestiones pendientes.

Del resultado negativo de esta votación podemos sacar diferentes lecturas complementarias todas ellas. Una es que lo que estimábamos anticipadamente ha ocurrido, esto es, que Zapatero no ha logrado ser investido presidente del gobierno hasta la segunda vuelta de votación en el Congreso de los Diputados. Esta circunstancia es la primera vez que se da en nuestra democracia, y es signo ilustrador de la soledad a la que se ha abocado el candidato socialista por su mala política de pactos en la anterior legislatura, y la necesidad de rectificar y corregir errores en la presente.

Si bien los apoyos obtenidos en los años pasados incurrieron en un elevado coste para el Gobierno y para el conjunto de España, no es difícil imaginar que el precio de los acuerdos y el préstamo de respaldo parlamentario cotizarán muy alto en la presente etapa.
Precisamente porque Rodríguez Zapatero desea evitar el sometimiento a minorías y nacionalismos, el apoyo que necesitará de éstos en más de una ocasión le conducirá a tener que negociar la realización de todo aquello que amparó en la etapa anterior. Aunque desee iniciar una nueva senda, ésta arranca con una hipoteca política de elevado interés que los antiguos socios pondrán sobre la mesa en cuanto tengan oportunidad para ello. Éste es el escenario de arranque al que el mismo Zapatero se proyectó en la pasada legislatura y aunque en este momento decida prescindir de sus antiguos socios, éstos exigirán el cumplimiento paulatino de todo lo prometido, pactado, recogido en la nueva redacción de los estatutos de autonomía…

Si analizamos la situación a fondo pronto comprenderemos que el propio debate de investidura ha sido sometido al doble juego de Zapatero: de un lado mostrándose solitario y alejado de sus antiguos aliados, y de otro levantando carta y haciendo guiños de diversa índole cuya única interpretación es la de un mensaje previo para futuros acuerdos con los partidos nacionalistas. Así léase el compromiso explícito de publicar en un plazo menor a dos meses las balanzas fiscales; a este respecto cabe reconocer que hasta el día de hoy ningún Gobierno en España había consentido a esa premisa. En este sentido Zapatero ve el terreno despejado para lograr acuerdos puntuales con el nacionalismo catalán.

A este respecto nacionalistas vascos y catalanes postulaban muy caro el sí a Rodríguez Zapatero en la votación de investidura. Esto quedaba puesto de manifiesto tras la reunión del secretario de Organización del PSOE, José Blanco, y el portavoz socialista en el Congreso de los Diputados, José Antonio Alonso tras entrevistarse con los representantes de Convergencia i Unión (CiU), Josep Antoni Durán i Lleida, y del Partido Nacionalista Vasco (PNV), Josu Erkoreka. Estas reuniones han servido únicamente para constatar las diferencias en ideas y programas que alejan actualmente al Partido Socialista de estos partidos. Los nacionalistas, sin embargo, confían en que su negativa a apoyar la investidura de Rodríguez Zapatero no les impida llegar a acuerdos con los socialistas a lo largo de la legislatura. Estos partidos entienden que el PSOE tiene más que asumido que Zapatero no será investido en la primera votación y pretende además convertir en algo positivo su minoría para dar una imagen de que no comienzan condicionados por los nacionalismos.

Por otra parte, las reivindicaciones nacionalistas ya están sobre la mesa, y no nos son desconocidas: para CIU el único camino para el apoyo y el acuerdo pasa por el cumplimiento del Estatuto de Cataluña, y por la publicidad de las balanzas fiscales que afectan a la comunidad. En cuanto al PNV, éste reconocía a través de Josu Erkoreka, que su programa y el socialista coinciden bastante poco por lo que hay que buscar “espacios compartidos” si el PSOE desea su apoyo en momentos puntuales. Con esto no deja sino la puerta abierta a negociaciones futuras, que si bien no se dan en la investidura esperarán su momento durante el transcurso de la legislatura.

Esta situación un tanto paradójica revela la finitud o las cortas distancias de la nueva estrategia de Zapatero. La pretendida independencia de sus socios por excelencia, elegidos durante la pasada legislatura para materializar un recorrido político al margen de la colaboración con el principal partido de la oposición, durará tanto como el tiempo que necesite de acuerdos para sacar adelante su programa. Curiosamente en su discurso del debate de investidura Zapatero hacía un llamamiento al líder de la oposición Mariano Rajoy a colaborar en función de la responsabilidad otorgada en las urnas. En este sentido Zapatero intenta inducir a error: en primer lugar quien negó la posibilidad de acuerdos con el Partido Popular en la pasada etapa fue el propio partido socialista, dados los objetivos políticos que se había marcado de transformación social y apertura de un nuevo marco de organización territorial en España. Este llamado a la colaboración indica un deseo que pareciera venir de antaño, nada más lejos de la realidad. En este arranque de legislatura Zapatero quiere lanzar un órdago al Partido Popular con el que pretende atribuirle toda la responsabilidad de no haber llegado a grandes acuerdos en los años pasados. Esto claro, es actitud ya conocida del presidente Zapatero, lavarse las manos y mirar hacia otro lado como si nada fuera con él. Por otra parte, pretende vender la idea errónea al conjunto de la sociedad que el apoyo recibido por el Partido Popular en las urnas tiene el objetivo indiscutible de un apoyo tácito al Gobierno. Esto evidentemente raya la incongruencia dado que la principal misión del Partido Popular de cara a estos próximos años es la de realizar una labor de oposición a la altura de las circunstancias, renovada y ágil en la defensa de los intereses del conjunto de la sociedad española. Si de pactos y acuerdos se trata, ésa era la principal acción a la que deseaba encaminarse Mariano Rajoy si hubiera ganado las elecciones; de todos es sabido que el deseo del consenso ha sido su gran convicción y que si esto no ha sido posible era por la delicadeza de asuntos innegociables.

No obstante este deseo de grandes pactos no es sino una actitud de cara a la galería, marketing de entrada para el nuevo gobierno. Ya sabemos que el PSOE no ha hallado problema alguno en contradecir sus premisas básicas como partido nacional al negociar con nacionalismos cuestiones que afectaban directamente a la igualdad y solidaridad de todos los españoles. Ahora parece que la igualdad y las garantías que ofrezca el Estado le interesen algo más al señor Zapatero, lo suficiente para dar a entender que en el fondo nos equivocábamos con él, que sus intenciones de fondo eran otras.

Ha sido necesario todo un trabajo de transformación de objetivos y del discurso para presentar una nueva imagen de Zapatero, más acorde con la nueva situación que le ofrece la llegada de nuevo al Gobierno. Así para empezar, Zapatero reconocía públicamente errores y proponía un nuevo camino de “consenso”, que dependerá en gran medida de la voluntad real que él tenga para alcanzarlo. Tal y como se preveía en la etapa final de la campaña, con independencia del resultado electoral, esta legislatura está llamada a ser protagonizada por los grandes partidos nacionales; y las dificultades de entendimiento entre Rodríguez Zapatero y Rajoy tendrán que ser superadas si el Gobierno quiere reconducir un panorama torpemente proyectado en los años anteriores. De este modo sea con gusto o disgusto Zapatero se ha visto obligado a ofrecer acuerdos al arco parlamentario en varias cuestiones centrales: en materia de lucha antiterrorista, para la presidencia española de la Unión Europea, de cara a la renovación de los órganos constitucionales y sobre la financiación autonómica (cuestión sobre la que somete a pacto el mantenimiento del 50% del gasto público por parte del Estado).

Otro de los temas que ocupó gran parte del debate fue el relativo al reparto del agua, asunto de especial interés para CIU, motivo suficiente para que Zapatero anunciara el estudio del posible trasvase desde el Ródano como solución posible.

Aparte de la introducción de la necesidad de grandes pactos de Estado, Zapatero ha intercalado el reconocimiento de errores u omisiones con el fin de hacer borrón y cuenta nueva. Esta rectificación pública afecta a temas centrales como la situación económica, haciendo explícita la grave fase de desaceleración económica española y la prolongación de sus efectos a lo largo de los próximos años.

Un elemento adicional -que ya se intentó introducir durante la campaña electoral- asomaba con notoriedad manifiesta durante el discurso de Zapatero: la “asimilación” de España. Toda la cámara distinguía el tono abiertamente españolista del candidato socialista. Para escenificarlo adecuadamente Zapatero aludió con reiteración a “su idea de España”, algo nuevo en la conocida jerga de marca Z. En más de una ocasión repitió que “nosotros sí tenemos una idea de España”, intentando dar una respuesta a lo que ha sido una lluvia constante de críticas en los pasados meses con motivo de su escasa articulación de la idea de España.

En cuanto al espinoso asunto del diálogo con la banda terrorista ETA, Zapatero se limitaba a mostrar su intención de elaborar una “estrategia compartida” en defensa del orden constitucional con el fin de derrotar a la banda. Pero en ningún caso precisó si el nuevo pacto que ofrece excluye el diálogo con la banda. Ésta sigue siendo pues la principal incógnita sobre las verdaderas intenciones del presidente sobre la relación con la organización terrorista.

Y mientras Zapatero ha mostrado gran interés en ofrecer una imagen distinta de sí mismo, precisamente la antítesis de lo que ha sido hasta ahora, numerosos temas de imprescindible revisión están a la espera de una solución o miramiento político. Los problemas más acuciantes que afectan a España en este momento han aparecido de refilón en los discursos de estos días, y no podemos pasar por alto cuestiones que van a marcar la agenda política en los próximos meses. Zapatero llega así a su segunda investidura con una importante desaceleración económica, malos datos de empleo, el debate abierto sobre el futuro de la Justicia y la incógnita sobre qué pasará con la banda terrorista ETA en esta legislatura.

Precisamente Rodríguez Zapatero ha pasado por alto en su primer discurso -probablemente con toda la intención- algunos temas de obligada cita en estas líneas bien por su importancia, bien porque demuestran los desatinos de la iniciativa del presidente en la anterior etapa. Uno de ellos es el referente al Pacto para la Financiación Autonómica. Nada sabemos aún de sus intenciones respecto a la situación generada por el sistema de garantías económicas recogido en el Estatuto de Cataluña. Lo que sí sabemos es que el apoyo de CIU en los próximos meses dependerá de la aplicación y realización de lo recogido en el texto estatutario.

Otra iniciativa de la marca Zapatero que tampoco salió a relucir en el discurso del debate de investidura fue la estrategia internacional acuñada como Alianza de Civilizaciones. Dados los escasos ecos de la idea, su inoperatividad tras la experiencia reciente y la vaciedad de contenido en cuanto a programa político se refiere, está claro que Zapatero ha decidido guardar su idea en el cajón. Ahora bien, se nos plantea una pregunta obligada al respecto y es cuál será el programa de iniciativa exterior que marcará la acción internacional de España en los próximos cuatro años. Ya sabemos que no es la mejor asignatura de Rodríguez Zapatero, pero algo tendrá que proponer el Presidente sobre la proyección exterior de nuestro país, su influencia en el mundo y la recuperación de su papel como agente activo en asuntos internacionales para la actual legislatura.

En cuanto al futuro más inmediato, el nuevo Gobierno tendrá que hacer frente a numerosas cuestiones pendientes de solución y respuesta a corto y medio plazo. El ejecutivo de estreno deberá atender sin dilaciones este periodo de desaceleración económica e incertidumbre para reactivar la economía y evitar perder competitividad en un mercado cada vez más globalizado. La reordenación del panorama eléctrico, la aprobación de la planificación energética hasta 2016, la desaparición de las tarifas reguladas, la aplicación de las medidas del post-Kioto para combatir el cambio climático, la creación de empleo y de un plan de choque para los parados de la construcción y el impulso a la I+D+i y a las exportaciones para reducir el déficit exterior son algunos de los retos de la nueva legislatura, en la que el Ejecutivo socialista tendrá también que cumplir sus promesas electorales: devolver 400 euros a 13 millones de contribuyentes a partir de junio, abrir 300.000 nuevas plazas de guardería y aumentar las pensiones mínimas, entre otras medidas anunciadas durante la campaña electoral.

Muchos serán pues los temas que Zapatero tendrá que abordar si desea devolver orden y concierto a la realidad española, aparte de certidumbre ante la negatividad de los datos como son las previsiones de crecimiento del FMI. Esperemos que una más estrecha colaboración PP-PSOE lo hagan posible a partir de los próximos meses.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: