! Que vuelva Lincoln !

“Nuestra libertad y, nuestra vida dependen de la preservación de la Constitución… que nuestros padres hicieron inviolable. El pueblo… es el dueño tanto del Congreso como de los tribunales, no para derrocar la Constitución, sino para derrocar a aquellos hombres que la pervierten”, Abraham Lincoln.

“La tierra de Lincoln” es un libro recientemente publicado por Andrew Ferguson sobre el impacto que sobre la América actual sigue teniendo el decimosexto presidente de los Estados Unidos. Considerado tradicionalmente como uno de los presidentes más importantes, fue además el más elocuente. Su condición de abogado le hizo llamar la atención al pueblo acerca de la importancia del respeto al Estado de Derecho como elemento capital de la civilización, y como hecho determinante para que el gobierno libre de los hombres para los hombres no desapareciera de la faz de la tierra.

Es curioso lo difícil que resulta en ocasiones entender para las personas de hoy que el respeto por la Ley es esencial para el triunfo del bien y de la libertad, con independencia de que parezca que existen atajos que nos darían soluciones más efectivas e inmediatas. Ya en los años cuarenta del siglo pasado le parecía esto sobremanera escandaloso a F. A. Hayek que reaccionaba con claridad frente a sus propios colegas universitarios – y entonces había Universidad en Inglaterra – cuando se sentían tentados por esas soluciones instantáneas. Sólo tenían un inconveniente. No respetaban el Derecho. Su conclusión definitiva sólo podía ser el advenimiento del totalitarismo y el ascenso a la cima de los peores.

El 4 de marzo de 1861, después de su primera elección a la presidencia, Lincoln declamó su discurso inaugural. No se puede decir que fuera el mejor de entre todos los suyos pues la calidad de palabra del torpe en apariencia Abe era muy habitual. Rivalizan como sus mejores intervenciones la pronunciada en Gettysburg, tras una de las más sangrientas batallas de la Guerra Civil, el bautizado como de la “Casa dividida”, tomado de unas líneas del Evangelio, el del nacimiento del Partido Republicano en 1856, del que se dice que los periodistas dejaron de sostener sus cuadernos para abandonarse en la emoción del momento, o incluso la elocución de su segunda inauguración cuando la guerra estaba ya prácticamente ganada. Pero en 1861 se trataba de demostrar hasta qué punto las naciones necesitan gobiernos de leyes y no de hombres. Hasta dónde el adanismo por reinventar el Estado de Derecho es la más peligrosa de las infracciones sociales.

Entrando inmediatamente en materia, recuerda el artículo constitucional que permitía que los esclavos fugitivos aunque hubieran huido a los estados libres del Norte, debían ser devueltos a sus propietarios. Qué duda cabe que quien declararía la emancipación unos años más tarde estaba en desacuerdo con ello, pero mientras fuera la Ley, debía cumplirse. Hacía poco que el Tribunal Supremo había declarado inconstitucional el Compromiso de Missouri, que permitía desatender esa disposición, en el famoso caso Dred Scott, pero, por repugnante que le pareciera, no podía hacer lo que le placiera hasta que no se cambiara la norma, con el consentimiento del pueblo.

“Juro hoy, sin reservas mentales, y sin ningún propósito de reconstruir la Constitución o las leyes mediante otras normas que las superen, y aunque elijo no concretar leyes del Congreso como dignas de ser aplicadas (El Compromiso de Missouri), sugiero que es mucho más seguro para todos, tanto en lo público como en lo privado, que nos conformemos, y cumplamos con todas aquellas normas que aparecen como constitucionales, antes que violar cualquiera de ellas, confiando en que acabaremos logrando la impunidad en cuanto hayan sido declaradas inconstitucionales”.

Tras afirmar que por primera vez desde que tomaban posesión los presidentes, la unión nacional estaba en peligro, aclara: “Sostengo que, de acuerdo con el derecho natural, y la Constitución, la Unión de estos estados es perpetua. La perpetuidad está implícita, aunque no esté expresa, en la ley fundamental de todas las Naciones. Se puede decir con seguridad que ningún Estado nunca dispuso un artículo en su ley orgánica que llevara a su terminación. Si continuamos ejecutando todas las disposiciones de nuestra Constitución, la unión se mantendrá por siempre, siendo imposible destruirla salvo que se actúe de manera no prevista en el propio texto”.

Luego, con absoluta claridad, precisa: “De nuevo, si los Estados Unidos no fueran propiamente una Nación, sino una asociación de estados, unidos meramente por la naturaleza de un contrato ¿Podría, como tal contrato, deshacerse pacíficamente por menos partes de todas aquellas que lo firmaron? Una parte de un contrato puede violarlo – romperlo, por así decirlo – ¿Pero acaso no son necesarias todas para rescindirlo legalmente?”.

Con lo cual, si lo anterior es cierto, entonces: “Se deduce de estas posiciones que ningún estado, motu propio, puede abandonar la Nación legalmente – y que por tanto los estatutos o decretos que se dicten en este sentido son ilegales, y que los actos de violencia, que se produzcan en uno o varios estados, contra la autoridad de los Estados Unidos, serán considerados insurrección o revolución, de acuerdo con las circunstancias”.

La conclusión es que “me ocuparé, tal y como la Constitución lo espera de mí, de que las leyes de la Nación sean expresamente cumplidas en todos los estados”. Sin embargo, “no entraré a negar o afirmar que hay personas en alguna sección u otra que buscarán destruir la Nación en cualquier caso, y buscarán cualquier pretexto para ello, pero si las hay; no necesito dirigirles palabra alguna. En cambio, ¿no podré hablar a aquellas que aman la Nación?” Por ello es menester explicarles si las razones que se plantean para romper esa Unión están fundadas. “Antes de embarcarnos en tan grave asunto como el que representa la destrucción de nuestro tejido nacional, con todos sus beneficios, sus memorias y sus esperanzas, no será acaso apropiado asegurarnos de las razones por las que lo hacemos ¿Nos arriesgaremos a dar un paso tan desesperado mientras exista alguna posibilidad de que los males de los que tratamos de escapar no tengan existencia real? ¿Nos arriesgaremos mientras que los males ciertos a los que nos dirigimos son mayores que aquellos irreales de los que pretendemos huir? ¿Nos arriesgaremos a cometer un error tan peligroso?”

Es hora ya para Lincoln de introducir el elemento de la discordia y la posibilidad de que la mayoría de americanos, mediante los mecanismos legales previstos para ello, decidan, en ejercicio de su soberanía, la abolición de la esclavitud, hasta entonces no prohibida expresamente. Pero si se elimina la “peculiar institución” a través de las reglas previstas, entonces “si una minoría prefiere la secesión a la conformidad a la norma, ejerce un precedente que, en su momento, la dividirá y destruirá; porque una minoría de entre ellos preferirá en el futuro la secesión a la conformidad (…). Por ejemplo, no podrá acaso una porción de la nueva confederación, un año o dos más tarde, separarse arbitrariamente de nuevo, precisamente de la misma manera en que porciones de la presente Nación desean separarse de ella”.

Enfrentado a las consecuencias de una eventual secesión, advierte de su efectiva imposibilidad: “Físicamente hablando no podemos separarnos. No podemos separar las respectivas partes las unas de las otras, ni construir un muro infranqueable entre ellas. Un marido y su esposa pueden divorciarse, y alejarse el uno de la otra, más allá del alcance de cada uno. Pero las diferentes partes de un país no pueden hacer esto. No tienen más remedio que permanecer cara a cara; y su relación, amigable u hostil, debe continuar entre ellos. ¿Será posible pues hacer que esa relación sea más ventajosa después de la secesión que antes? ¿Acaso los tratados entre extranjeros son más fáciles de hacer que las leyes entre compatriotas? (…) Imagínense que vamos a la guerra. No puede durar siempre. Cuando después de muchas pérdidas en ambos bandos, y ningún avance para nadie, cesa la lucha, las mismas viejas cuestiones, en cuanto a la relación entre todos, vuelven a presentarse”.

Pero en definitiva corresponde al pueblo decidir, pues las autoridades son sólo sus gestores, que ejecutarán lo que les pidan. “En el sistema de gobierno bajo el que vivimos, el pueblo ha proporcionado sabiamente poco espacio a sus gobernantes para que se equivoquen. Y con la misma sabiduría, ha querido que ese poco vuelva a sus manos en breves periodos. Mientras que el pueblo mantenga su virtud y vigilancia, ningún gobierno, por extremadamente malvado o loco que se vuelva, puede seriamente dañar al Estado en el corto espacio de cuatro años”. Y por tanto, la responsabilidad última de evitar la discordia reside en lo que quieran los ciudadanos:

“Incluso si se admitiese que vosotros que aparecéis hoy como insatisfechos, tenéis la razón en la disputa, sigue sin haber ninguna buena razón para la acción precipitada. La inteligencia, el patriotismo, el cristianismo, y una firme confianza en Aquél, que nunca ha abandonado esta bendita tierra, siempre podrán acomodar, en la mejor de las maneras todas nuestras actuales dificultades.

“En vuestras manos, mis descontentos compatriotas, y no en las mías, está la cuestión candente de la guerra civil. (…) No tenéis hecho nin-gún juramento al Cielo para destruir el Estado, mientras que yo habré hecho el más solemne para preservarlo, protegerlo y defenderlo”.

La Guerra Civil se declaró eventualmente causando la mayor mortandad en todas las guerras americanas, llevándose consigo a 600.000 personas. Un par de años después del discurso que precede, ante muchos de esos cadáveres, tras la batalla de Gettysburg, Lincoln pronunció unas pocas palabras. A pesar de decir que nadie las recordaría en el futuro, son hoy uno de los discursos políticos más afamados, y su contenido es una puesta al día del siglo XIX de la Oración Fúnebre de Pericles.

“Four score and seven years ago… “, empieza, haciendo una reminiscencia del nacimiento de la Nación americana con la Declaración de independencia. Elogia a los caídos en combate por preservar el futuro de la Unión. Pasado, presente y futuro. Concluye: “Nos toca a nosotros dedicarnos a la gran tarea que queda por hacer (…), decidirnos firmemente a que no sea vana la muerte de estos hombres, que esta Nación bajo el Señor, haya de alcanzar un nuevo nacimiento en libertad y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparezca de la faz de la tierra”.

Y si el agudo lector piensa que los acontecimientos de los últimos tres años en la Nación española tienen algún parecido; si piensa que existe la necesidad de alabar a los muertos, ensalzar su presencia, e iluminar el futuro con sus anhelos, para evitar males mayores, no queda sino elogiar su perspicacia. “Me he puesto muchas veces de rodillas, convencido de que no había otra cosa mejor que hacer”, dijo el excelso presidente.
Porque si se olvidan los principios básicos de la convivencia y del mínimo decoro moral exigible, desaparece el gobierno de los hombres libres, y con él, la libertad.

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