Vivir en un “think-tank”

Ya es bastante ilustrativo que no exista una traducción sencilla al castellano para el término think-tank, tan usual en el mundo anglosajón. Todos los intentos para intentarlo han fracasado, desde el poco agraciado “bus de pensamiento”, al más elegante “círculo de ideas”. En España estamos acostumbrados a los institutos universitarios, pues vemos con lógica que sea la universidad la fuente de conocimientos; y también lo estamos, aunque en menor medida, a que los gobiernos cuenten con sus unidades de planificación o prospectiva. Pero entre esos dos extremos reside la vida de los think-tanks, a saber, entidades privadas que se dedican al estudio, análisis y prospectiva sobre los principales asuntos de nuestra sociedad.

En nuestro país, la legislación ni es generosa ni está preparada para las necesidades de los think-tanks. Aquí o se es una fundación, o una asociación cultural, o una sociedad mercantil. Los think-tanks son entidades sin ánimo de lucro, aunque eso no quiere decir que no puedan cobrar por sus productos o que lleguen a trabajar sobre un tema específico por encargo. Cualquier think-tank que se precie exige un presupuesto significativo si de verdad quiere tener una producción relevante y tenida en cuenta.

¿Pero qué produce un think-tank? El jugador de baseball americano Yogi Berra decía que “hacer predicciones es muy complicado, particularmente sobre el futuro”. Pero ese es, precisamente, el lugar donde tiene que competir los think-tanks. Explicar el pasado es el terreno de los historiadores y aunque nadie este libre del peso de la Historia, no es esa la función ni la orientación de los analistas que trabajan en estos centros. Su papel no es sólo el de explicar los fenómenos complejos de nuestra realidad, sino, sobre todo, intuir las tendencias emergentes y avisar de los posibles mañanas y con qué políticas e instrumentos públicos y privados poder actuar para evitar esos escenarios menos positivos y alimentar los que más lo puedan ser. En todo think-tank existe una perpetua tensión entre el corto plazo y la mirada más lejana, pero los más reputados intentan mantener vivo el análisis de lo que puede llegar a ser. Es más, aciertos y desaciertos sobre el futuro más o menos inmediato suele servir de una buena referencia sobre la calidad de los análisis y estudios producidos en un centro. Lógicamente, nadie quiere consejos de alguien que no acierta ni una.

Suponiendo que cuenten con una aportación financiera suficiente –que en el caso nacional suele ser la excepción- la savia de los think-tanks estriba en sus analistas. Ellos, al fin y al cabo, son los motores de su producción intelectual. No debe confundirse intelectual con académico. Un think-tank ideal sería el lugar de encuentro entre universitarios, acostumbrados al rigor y la disciplina del saber, políticos o funcionarios con experiencia práctica en el desempeño del poder, y analistas propios, que combinen lo mejor de cada caso. En Estados Unidos este cocktail perfecto se logra gracias a dos puertas giratorias: la primera, entre universidades y think-tanks, de tal modo que profesores pueden pasar una temporada más o menos larga en el seno de uno de estos centros, con una producción más orientada hacia los temas de actualidad, pero con la profundidad de su formación; la segunda, entre la administración y los think-tanks, que permite que políticos y expertos que salen de los gobiernos apliquen sus conocimientos en un entorno más reflexivo y analítico durante un cierto tiempo antes de dedicarse a otros menesteres. Por último, hay un tercer factor que no suele darse tampoco en España, que los analistas más profesionalizados, saltan de un think-tank a otro con relativa facilidad, aportando en cada caso las experiencias previas, pues ya sabemos que cada organización tiende a desarrollar su propia cultura y visión.

En nuestro país, los casos que han pasado de un lugar a otro, de la universidad a centros, o del gobierno a los mismos, se pueden contar con los dedos de una mano. De hecho, y desgraciadamente, los think-tanks que podrían denominarse como tales, también son muy escasos numéricamente hablando. Y eso a pesar de que en algún momento cundió la fiebre del “póngase un think-tank a su servicio” y proliferaron muchos centros pequeños dependientes en la mayoría de los casos de la ambición de entidades locales, regionales y empresas con ambiciones. Pero un think-tank es algo que exige paciencia, tiempo para cultivar, dedicación y dinero. Sus resultados, en el mejor de los casos, sólo se ven después de meses o años, a veces cuando los motivos que motivaron a sus mecenas ya han desaparecido. Por eso el panorama español resulta tan desolador.

Lo ideal para un think-tank es vivir de donaciones privadas y desinteresadas. Pero no suele ser el caso. La participación del gobierno, directamente o a través de subvenciones, suele ser más bien la norma. Hasta qué punto eso merma su independencia y claridad de juicio lo dejo en manos del lector. Mi opinión es que el dinero público siempre tinta la agenda de un centro de estudios, por muy generoso que sea el gobierno. Hay otros modelos, como la financiación por parte del Parlamento, como en Alemania. Aquí las fundaciones de los partidos políticos reciben subvenciones según su apoyo electoral, pero estas instituciones no siempre responden a los criterios de lo que es o debe ser un think-tank. Su agenda es, lógicamente, profundamente política.

En cualquier caso, sean cuales sean las míseras condiciones de vida y trabajo de los think-tanks españoles, una sociedad que no valora sus trabajos y los sostiene, es una sociedad abocada a aceptar las ideas de otros, que si las producen. Los think-tanks son vitales para poder elaborar una doctrina nacional, nuestra visión específica sobre lo que nos interesa y lo que no. Son también un instrumento democratizador, porque con sus análisis se puede enjuiciar mejor lo acertado o erróneo de determinadas políticas. En los think-tanks se dan dos cualidades muy importantes: ser capaces de hacer pedagogía para que la opinión pública esté mejor informada, pero también contribuir a que los gobiernos y las entidades públicas adopten decisiones más meditadas y mejor aconsejadas. O que puedan corregir los posibles errores de una manera más rápida y eficaz.

A pesar de todas las dificultades expuestas, tengo que decir que yo estoy más que satisfecho con mi propia experiencia profesional en España. Muchas de las cosas que defendíamos en el GEES allá por los 80 y principios de los 90 se vieron hechas realidad más tarde. Y en ese sentido, los esfuerzos se vieron, en cierta medida, recompensados. Poco puede haber más gratificante para un think-tankero que comprobar cómo un gobierno sigue sus recomendaciones.

Claro, que el clima político lo complica todo un poco más. Cuando no hay más que polarización social y la norma es la ausencia de consensos básicos, la labor de un think-tank tiende a politizarse igualmente. No necesariamente en el sentido de apoyar a un partido concreto, pero sí defender una cierta visión, la visión de lo que quieren para su país. Nada de que sonrojarse, lo contrario sería lo verdaderamente absurdo. Eso sí, se defienda lo que se defienda, hay que hacerlo desde el rigor y la honestidad. Porque en eso estriba el éxito de cualquier think-tank.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: