De la velocidad al tocino, y del flamenco a la igualdad

Pasando revista el pasado sábado a la lista de los ministros –y las ministras– con los –y las– que José Luis Rodríguez Zapatero ha decidido rodearse para hacer frente a esta segunda legislatura, me vino a la memoria una de aquellas tiras cómicas que en los años sesenta el genial Quino hizo protagonizar a su inolvidable Mafalda. En ella, la pequeña y su inseparable Felipe aciertan a pasar por el salón de su casa mientras su padre se encuentra leyendo en el diario lo que a todas luces parece la noticia de una renovación ministerial, escuchándole al vuelo lamentarse:

– “¿Cómo podemos avanzar si seguimos teniendo a estas momias recalentadas de siempre?”.

Instantes después, la pareja pasa de nuevo por la puerta mientras el padre, que sigue enfrascado en la lectura, exclama esta vez:

–“¡Eeeh! ¿Pero a ese quien lo conoce? ¡Siempre improvisando…!”.

Ignoro si el propósito de Quino era ironizar sobre el pesimismo existencial del sufrido padre de Mafalda y, por extensión, de la clase media urbana en la que se encuadraba, o si pretendía criticar la vanidad de unos gobernantes tan endiosados como para considerar que su nuda voluntad era suficiente justificación para mantener a cualquier dinosaurio, o para sentar a cualquier indocumentado, en el Consejo de Ministros. Pero me temo que el juicio de ese personaje cuyo nombre jamás nos quiso revelar su creador, coincide al cien por cien con el mío.

Y es que mucho me temo que no nos van a hacer falta ni los cien días de gracia que habitualmente les conceden los periodistas a los ejecutivos para constatar que, en la conformación de su nuevo Gobierno, Rodríguez Zapatero ha errado cuando ha apostado por la continuidad, ha errado cuando ha preferido la renovación, y ha acertado únicamente cuando ha optado por soltar lastres como el de Cristina Narbona.

Para empezar, la decisión de mantener a Magdalena Álvarez al frente de la cartera de Fomento se me antoja toda una chulería, más propia de quien dijo de si misma aquello de “antes partía que doblá” que de quien nunca sale de casa sin la palabra “diálogo” en el bolsillo. Hablamos de una mujer que, sin descartar sorpresas futuras que acrecienten su leyenda, pasará a la historia por su condición de primera ministra reprobada por el Senado, y que permanecerá por mucho tiempo en el imaginario colectivo de los sufridos usuarios del transporte público por su pésima gestión de la alta velocidad, las cercanías, las líneas aéreas y los aeropuertos, y que ahora ve premiada su falta de talante con una generosa prórroga al frente de nuestras infraestructuras.

De despropósito mayúsculo cabe calificar el mantenimiento de Mariano Fernández Bermejo a frente de Justicia. Estamos hablando de quien en apenas un año al frente de este departamento ya ha dejado tras de si todo un rosario de desencuentros con el principal partido de la oposición, las asociaciones de jueces y hasta el propio Consejo del Poder Judicial; que manejó con dudoso criterio el asunto de las candidaturas de ANV; que se ha legado a si mismo un caos de consecuencias imprevisibles como consecuencia de la reciente huelga de funcionarios; y que –para que no falte de nada– fue vapuleado por el 9-M por sus electores murcianos. Así las cosas, no parece excesivamente malicioso suponer que la única razón para que Bermejo permanezca al frente de Justicia sea la de ahorrarle al erario público el coste de reformar de nuevo su ya famoso piso de la Castellana.

Y, por fin, y sin ánimo de exhaustividad, de despropósito planetario, cabría calificar el mantenimiento de Miguel Ángel Moratinos al frente de Exteriores. Estamos hablando del canciller que en apenas cuatro años ha dilapidado todo el capital acumulado por sus predecesores en términos de prestigio y presencia internacional, de quien ha liderado la transformación de España de un actor decisivo en la escena europea a un simple furgón de cola, y de quien ha sido incapaz de librarnos de las peligrosas amistades –Castro, Chavez o Morales– que el PSOE conquistó en sus años de oposición. Con estos precedentes, su mantenimiento al frente de la diplomacia española constituye la prueba más fehaciente –ex aequo con la foto de Zapatero sentado al paso de la bandera estadounidense o, si se prefiere, de su patética imagen en la cumbre de la OTAN en Bucarest, mirando al vacío mientras todos los líderes europeos y Bush conversaban animadamente– de que al Presidente del Gobierno la política internacional le trae mayormente al fresco.

Pero más abracadabrante todavía que la peculiar forma de valorar la trayectoria de sus ministros más veteranos, ha sido la manera de apostar por la innovación de la que Zapatero ha hecho gala a la hora de reconfigurar su ejecutivo y de incorporar a él nuevas caras.

En relación con lo primero algunas de las innovaciones de este Gobierno parecen fruto más de una simple ocurrencia que de una sopesada valoración de las necesidades del futuro. ¿Tiene sentido unir en un mismo Ministerio la Educación y las políticas sociales, cuando son cuestiones de naturaleza extremadamente dispar, y dotadas las dos de entidad suficiente como para justificar un departamento propio para cada una? ¿Puede entenderse que la creación de un Ministerio específicamente consagrado a la igualdad va a liberar al resto de los departamentos ministeriales de cualquier compromiso con ese fundamental valor constitucional? Y si, como cabe suponer, no es así ¿cuál es el sentido de encomendar a la responsabilidad de un concreto ministerio una tarea que compete a todos los poderes públicos sin excepción? ¿Es consciente Zapatero de que cada nueva redistribución de competencias, conlleva también una nueva redistribución de órganos, altos cargos, personal y fondos, y que ello tiene un gravísimo coste de implementación?

Y en cuanto a lo segundo, aunque un juicio definitivo ciertamente exija dejar gobernar al Gobierno, desde ya mismo parece razonable afirmar que poco más de medio año como portavoz de la oposición en materia de vivienda en el Ayuntamiento de Madrid no es un bagaje demasiado impresionante para una Ministra de Vivienda; como tampoco parece que haber ocupado hasta anteayer la dirección de la Agencia Andaluza para el Desarrollo del Flamenco constituya la mejor preparación para ocupar con conocimiento de causa el nuevo y flamante Ministerio de Igualdad. O quizás sí: tal vez Zapatero nos pueda aclarar si entre el flamenco y la igualdad existe una relación más profunda y trascendente que la que los castizos han conseguido hallar entre la velocidad y el tocino.

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