La princesa y la mendiga

noviembre 3, 2009

 Rose’s Turn

Morir de éxito. En Nueva York muchos de los restaurantes, tabernas o pubs se están muriendo de éxito. No hablo de esos establecimientos que la célebre guía Zagat anuncia como lugares “para ver y ser visto”, me refiero a esos pequeños locales emblemáticos que contribuyen a las relaciones de barrio y en los que uno se refugia del tiempo odioso del invierno para consolarse con una copa y unos clientes aficionados a pegar la hebra. Estos lugares no cierran por falta de clientes sino por la codicia de los propietarios que en tiempos de bonanza subieron los alquileres de tal manera que han convertido las aceras en una sucesión de carteles de “se alquila”. Uno de aquellos lugares era Rose’s Turn, donde yo me solía acercar cuando el alcohol de la cena había hecho su efecto y querías compartir esos momentos de felicidad ilusoria. El Rose’s Turn era un sótano tan acogedor como sucio, tan oscuro como alegre; era lógico sospechar que entre tus pies corrían cientos de ratones, que al calor de esa oscuridad y de las canciones de Broadway debían vivir a sus anchas. En el Rose’s Turn se cantaba. Los camareros eran cantantes profesionales. Tenía algo de bar de ambiente sin serlo. Tenía algo de mariconada festiva y desmadrada. Tras la barra solía reinar una negra de unos sesenta años, compacta: el pecho y el abdomen unidos de tal manera que parecía uno de esos taberneros orgullosos que llevan la barriga siempre un paso por delante de ellos. Para rematar ese aspecto solía lucir un sombrero de cowboy. Era una dama dura a la que le traicionaban los ojos, que despertaban una simpatía inmediata. Se llamaba, se llama, Terri White. Cuando el ambiente estaba caldeado y la gente tan borracha como para desatar sus emociones, Terri se colocaba tras el micrófono y cantaba con mucha garra la canción de la carcelera de Chicago o uno de esos estándares trágicos en los que se cuenta lo poco que te quiere la gente cuando las cosas te van mal. A Terri le caían entonces dos lagrimones, tan compactos como su abdomen, enormes, que le mojaban la cara entera y nos encogían el corazón. Entonces, como si quisiera saborear en soledad los viejos fracasos, salía de la taberna a fumarse un cigarrillo. De vez en cuando esa cantante con pinta de sheriff sacaba a alguien del público a cantar. Una noche la tomó conmigo y, atemorizada ante su autoridad, canté, Bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez. Repetí esta frase cuatro veces y luego me bloqueé. Patético. “No importa, me dijo ella, se nota que has puesto todo tu corazón en esas palabras”. Era muy sarcástica. Pero, ay, Rose’s Turn, ese refugio para amantes de las viejas canciones, cerró, y a Terri la perdí de vista hasta que esta semana vi su rostro en el periódico con una historia a la altura del personaje: al cerrar la taberna se quedó sin trabajo y a consecuencia de eso y de la ruptura con su novia perdió su apartamento. Durmió durante tres meses en un banco de Washington Square, a dos pasos del viejo pub, rodeada de mendigos que en su día también tuvieron piso y trabajo. Por orgullo no le dijo a nadie que estaba en la calle. Con lo que ganaba cantando una noche en un pub mantenía su móvil, se alimentaba de fideos chinos y lavaba la ropa. Una noche, un policía que la admiraba de las veladas del Rose’s Turn la vio caminando de madrugada por la plaza. Ella, la que fuera reina de la vitalidad, parecía el fantasma del desconsuelo. El policía se puso manos a la obra y le encontró un apartamento gratis. Terri fue recuperándose de la depresión, volvió a enamorarse y ahora ha vuelto a Broadway, donde en su juventud cantó con Liza Minnelli y donde en su madurez la rechazaron. ¿Es éste un final feliz? No creo. Lo sería si se contara en el cine. Es una historia tan cinematográfica como genuinamente americana: tocar fondo y levantarse, morir y renacer, reinventarse, tener más vidas que un gato. Lo que nunca se cuenta es lo que uno se deja en el camino. En ese mismo Broadway donde actúa Terri vi esta semana a Carrie Fisher, aquella princesa Leia de La Guerra de las Galaxias. Carrie, que parece veinte años mayor de lo que es, ha escrito un monólogo sobre su vida. ¡Qué vida! Nacida en Hollywood, hija de superestrellas (Debbie Reynolds y Eddy Fisher), cuenta cómo papá dejó a mamá por Liz Taylor; cuenta los diferentes matrimonios de papá y mamá, el suyo con Paul Simon; lo devastador que fue para ella el éxito de la Princesa de los Moñetes, de la que se hizo un merchandising brutal (¡hasta una muñeca hinchable!); su adicción a las drogas, al alcohol, su trastorno bipolar… Una velada dedicada a airear los trapos sucios familiares, las adicciones, los fracasos (“mi segundo marido era homosexual”). Todo contado con una vis cómica envidiable. ¿Es esto un final feliz? No creo. Su salvación ha consistido en hacer una exhibición de sus desgracias, convertirlas en materia humorística, pero no hay un solo momento de reflexión sobre la soledad a la que arroja la enfermedad o el alcohol. Todo se soluciona con: “¡El show debe continuar!”. Pero el aspecto de Carrie Fisher nos revela lo que ella no se atreve a contar: la desgracia ha convertido a la princesa que fue en una anciana prematura. La verdad siempre salta a la vista.

(FUENTE:Elvira Lindo)

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Encuentran al cómplice de Madoff ahogado en su piscina de Miami

octubre 27, 2009

Jeffry Picower

El fiscal sospecha que estafó 9.200 millones de dólares

Los paramédicos intentaron reanimarle durante 20 minutos, en vano

El multimillonario y filántropo estadounidense Jeffry Picower, descrito como el mayor beneficiario del fraude de Bernard Madoff, murió el pasado domingo ahogado en la piscina de su mansión, en Miami. La policía está investigando la muerte del inversor, de 67 años, como un caso de ahogamiento, según informan los medios locales. Su esposa y un ama de llaves encontraron a Picower inconsciente en la piscina de su mansión frente al mar -llamada Casa del Sud. El matrimonio Picower mantenía una amistad con Madoff, quien cumple una pena de 150 años de cárcel tras ser declarado culpable de un fraude de $ 65.000 millones. CÓMPLICE DE MADOFF El fiscal en el caso Madoff, Irving Picard, había dicho en documentos presentados ante la Corte de Bancarrotas de Nueva York que Picower fue cómplice en la estafa. Parte de la presentación de Picard dice: ‹ “Basado en la investigación del fiscal hasta la fecha, Picower fue el mayor beneficiario en la estafa de Madoff, habiendo retirado directamente o a través de las entidades que controlaba más de $ 7.200 millones del dinero de otros inversores.” › El multimillonario enfrentaba una demanda por estos $ 7.200 millones, y otra más por 2.000 millones que el fiscal demandó en mayo. INTENTOS DE REANIMACIÓN El diario Palm Beach Post ha publicado que Picower no respiraba cuando fue sacado de la piscina y que los paramédicos trataron infructuosamente durante 20 minutos de revivirlo en el lugar. La cadena local WPTV citó al jefe de bomberos de Palm Beach, que ha declarado que la esposa y la criada de Picower dicen que el inversor había ido a bañarse a la piscina y que 15 minutos más tarde lo encontraron tendido en el fondo. Marcia Horowitz, una portavoz del abogado de los Picower, William Zabel, dijo que la familia estaba devastada por la pérdida. ‹ “El señor Picower tenía problemas de salud. Sufría de Mal de Parkinson y tenía problemas médicos relacionados con su corazón.” › Picower figuraba en el puesto 371 de la última lista de los más ricos publicada por Forbes, con una fortuna valorada en $ 1.000 millones. FRAUDE DE MADOFF EN PALM BEACH .Madoff encontró muchos inversores para su estafa multimillonaria en la acaudalada comunidad de Palm Beach donde también tenía una residencia, que fue confiscada junto con otros de sus activos. El colapso de la estafa en diciembre pasado devastó familias y organizaciones de caridad en la comunidad costera, una de las localidades más ricas de Estados Unidos. El escándalo llevó a una serie de suicidios entre los inversores participantes. En diciembre, el francés Thierry Magon de la Villehuchet, cofundador de la administradora de fondos Access International, fue encontrado muerto con sus muñecas cortadas, desesperado por la pérdida de hasta 1.400 millones de dólares de sus clientes en la estafa de Madoff. En febrero, un ex soldado británico, William Foxton, de 65 años, se suicidó tras perder los ahorros de su vida en el esquema fraudulento. 

  (FUENTE:PD)

Por qué la economía esquivará otra Gran Depresión

octubre 26, 2009

CRISIS2

El día 30 de octubre de 1929 -al día siguiente del martes negro- la agencia de noticias United Press distribuía entre sus abonados un despacho que rezaba: “A consecuencia de las pérdidas experimentadas por el desequilibrio del cambio de la Bolsa de Nueva York, David Korn, un gran tratante de carbones, ha atentado contra su vida en un momento de desesperación”.

El parte de sucesos no acababa ahí. El cable continuaba: “Igual caso de perturbación ha causado la noticia  de las pérdidas experimentadas a un dirigente de la industria del tabaco llamado Anthony Schneider. Este se dejó caer desde un décimo piso de Nueva York. Se sabe -continuaba el despacho- que no son estos los únicos casos de tragedia originados por las bruscas depresiones de la cotización bursátil”.

Primera diferencia entre la crisis del 29 y la actual. Los grandes inversores  arruinados por el batacazo bursátil ya no se quitan la vida. ¿Por qué será? Un año después de los movimientos telúricos en el sistema financiero mundial no hay noticias de que haya aumentado la tasa de suicidios entre los grandes financieros.

Segunda diferencia. Las autoridades monetarias en lugar de practicar una política deflacionista (como en el 29) han trabajado a fondo para asegurar la liquidez y evitar la metástasis. Y para lograra ese objetivo han puesto en circulación ingentes cantidades de dinero sin fijarse demasiados en la garantías depositados por sus deudores. Y todo ello en un escenario de  tipos de interés históricamente bajos (prácticamente nulos en el caso estadounidense). Han llegado incluso a tragarse su propia ideología permitiendo que los bancos centrales moneticen los déficit fiscales mediante la adquisición de deuda pública.

Tercera  diferencia. Frente a lo que opinaban el presidente Hoover y las autoridades monetarias de EEUU hace ahora 80 años, los gobiernos han intervenido de forma decidida para hacer frente a la crisis. Han olvidado, por decirlo de una manera sencilla,  aquel principio que dice que el Gobierno no debe usurpar funciones de la economía privada. O dicho en otros términos, se ha comprobado que la economía no se reequilibra sola después de un shock de estas dimensiones.
Políticas proteccionistas

Cuarta diferencia. Frente a lo que ocurrió después de 1929, se ha demostrado que las políticas proteccionistas son la antesala del infierno. El célebre arancel Smoot-Hawley (que elevó en 1930 el arancel de 20.000 productos no estadounidenses y desató una guerra comercial a ambos lados del Atlántico) es una buena prueba de ello. Cuando los gobiernos han puestos trabas burocráticas o arancelarias al libre comercio, ha aumentado el paro, como ocurrió en los países más desarrollados durante los años 30. Salvo algunas escaramuzas entre China y EEUU (automóviles, neumáticos o carne de pollo) no hay razones para creer que en los últimos dos años –pese a tratarse de la mayor recesión desde 1929) haya habido una escalada intensa en el número de trabas comerciales. El proceso de globalización sigue con paso firme. Y precisamente gracias a que las economías emergentes no se han contagiado de la crisis (al menos de forma radical) el mundo no ha entrado en bancarrota.

Quinta diferencia. Como ha escrito el historiador económico Peter Temin*, las autoridades fiscales de la época se sintieron obligadas a no tomar acciones expansionistas en sus políticas de gasto, pese a que la economía se contraía de forma cada vez más acelerada. Temin cita el caso del proyecto de ley que aprobó el Congreso en 1931, y que permitía a los veteranos de guerra pedir préstamos contra un fondo de pensiones que se había creado en 1925. Hoover, Andrew W. Mellón y sus colegas decidieron que en aras de mantener la pureza ideológica, negaron la expansión fiscal, y eso echó leña al fuego de la recesión. Ahora, las deudas públicas están creciendo de forma intensa (otra cosa es la sostenibilidad de esa estrategia)

Sexta razón. La obsesión de las autoridades estadounidenses por conservar el patrón oro alentó la Gran Depresión. Hoy, por el contrario, los tipos de cambios entre las principales monedas son flexibles, y eso evita rigideces en el sistema económico. El euro cotizaba a 1,36 dólares en agosto de 2007 –al comienzo de la crisis crediticia- y hoy lo hace a 1,50, con continuos vaivenes en el tipo de cambio. Aquel error costó muy caro a la economía mundial, que tuvo que afrontar un largo periodo deflacionista.

Séptima razón. La quiebra del sistema financiero mundial ha podido evitarse gracias a la nacionalización de entidades en bancarrota o a las inyecciones de capital (con dinero público), dispuestas para restaurar el equilibrio patrimonial de la banca.   Los expertos han situado la primera crisis bancaria en diciembre de 1930 con la quiebra del Banco de Estados Unidos, pero hubo dos más en 1932 y 1933.

Racionamiento del crédito

Ben Bernanke, el actual presidente de la Reserva Federal, es un estudioso de la Gran Depresión, y a la conclusión que llegó hace algunos años era que el pánico bancario operó a través del racionamiento del crédito. Eso obligó a las empresas a buscar sistemas de financiación alternativos, lo que provocó un aumento de los tipos de interés no oficiales. Los agentes económicos estaban dispuestos a comprar dinero a cualquier precio. Y muchas entidades pequeñas se lo prestaban para ganar cuota de mercado pese a la erosión del valor de los activos de los tomadores del crédito. En 2009,  por el contrario, la banca ha puesto en su frontispicio algo así como lo primero es la solvencia, y eso explica que hayan cerrado el grifo con el beneplácito de las autoridades económicas. Como dice el historiador Temin, hay que tener cuidado para no tirar al bebé con el agua de la bañera.

Octava razón. En el caso europeo, los sistemas de protección social amortiguan el golpe, y los Estados cuentan con suficientes instrumentos para evitar el colapso del modelo social. En EEUU ocurre algo parecido, aunque la protección social sea financiada con fondos privados. El desempleo no ha alcanzado los niveles trágicos del periodo de entreguerras pese a tratarse de la recesión más pronunciada desde los años 30. Ni siquiera en España, donde el enorme volumen de economía sumergida y la estructura familiar mitigan los efectos del desempleo.

¿Quiere decir esto que el fin de la recesión está cerca? El profesor Jesús Fernández-Villaverde ha recordado recientemente que la economía se enfrenta a un círculo vicioso similar al que se produjo en Japón en la década de los 90. Por entonces, los bancos se encontraron con un efecto perverso. “Si dejaban que la empresa a la que habían prestado y que estaba en fuertes dificultades se fuera a la quiebra, el crédito aparecía como fallido y había que provisionar. Si, por el contrario, se seguía dando préstamo a la empresa y esta se mantenía malamente a flote, no hacía falta reconocer la pérdida y el regulador miraba para el otro lado. Total, que al final, las empresas con menos perspectivas eran las que recibían los préstamos en vez de las que hubiese sido conveniente desde el punto de vista de la eficiencia”.

Este realmente es el peligro. Los economistas han aprendido las lecciones del pasado, pero hay cosas que se enseñan y otras que se olvidan o se desconocen. O dicho con otras palabras. A la luz de lo sucedido en 1929 se sabe lo que no hay que hacer, pero apenas se conoce lo que hay que hacer para ahuyentar la recesión. Ese el problema. El mundo tardará todavía años en digerir la orgía de dinero barato a la que ha asistido en los últimos 20 años, y que en última instancia explica el nacimiento de las dos burbujas que se han pinchado: la inmobiliaria y la crediticia.  No estará de más recordar que Roosevelt tomó posesión de su cargo en marzo de 1933, es decir, casi cuatro años después de que estallara Wall Street. Falta todavía mucho tiempo.

 ( FUENTE C. Sánchez )